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Los intelectuales frente a Humala
Observamos con preocupación la pasividad y complacencia de algunos intelectuales y líderes de opinión ante al denominado “fenómeno Ollanta Humala”. Esto obedece a muchas razones: su modesta formación ideológica (que les impide reconocer si el mentado candidato es fascista, socialista o sabe Dios qué), candidez sobre los reales alcances de sus descabelladas propuestas (“es imposible que, ya en el poder, lleve a cabo ese radical discurso electoral”), pereza mental (son incapaces de desarticular sus ilógicos argumentos), la cómoda neutralidad de los que no quieren quedar mal con nadie (“no estoy a favor ni en contra”), supuesta elegancia (“no soy de los que hace carga montón”), necia y pusilánime estrategia (“si lo atacamos, se hará cada vez más fuerte”), temor a ser etiquetados con inservibles clasificaciones (“sólo la torpe derecha lo ataca”) o descarado oportunismo expectante (“es probable que luego nos convoque para asesorarlo [ya Velasco Alvarado lo hizo]”).
En una sociedad en la que prevalece la división del trabajo, el rol de los intelectuales es el de convencer, persuadir y dirigir a la opinión pública, y advertir sobre aquellas ideas que son nocivas para el conjunto. Es cierto que en esta labor tienen que compartir el oficio también con otros individuos que directamente asumen ese papel (los líderes políticos, los artistas, los deportistas, etc.), pero esa función es, por especialidad, estrictamente de ellos, quienes son generalmente los que proveen ese insumo de ideas que esos otros creen haber descubierto “por su propia experiencia”.
Es por eso que en la coyuntura actual es necesario atacar frontalmente a este nuevo y tropical führer, que faltando el respeto al sentido común desea asaltar el poder aprovechando el desconocimiento de nuestras “bienintencionadas” mayorías y de la débil situación de nuestros dirigentes e instituciones políticas.
En principio, es paradójico que este etnoiluminado sea un feroz crítico del lamentable estado de la educación de nuestro país, cuando es justamente gracias a esta postración que ha podido gozar de la inicial simpatía de la mayoría de esos pobres usuarios de esa gran estafa (me presto la expresión de León Tratenberg) que es la educación pública peruana. En un país culto e informado su movimiento político y sus insensatas propuestas serían pintorescas y ridículas, expresiones minoritarias en una nación que se ufana de la variedad y de la amplia libertad que gozan sus ciudadanos.
Pero estamos en el Perú y peores cosas nos han pasado. Hasta programas apocalípticos como los de Sendero Luminoso tuvieron cierto atractivo en su momento entre ¿las masas?, no precisamente, pero sí entre muchos intelectuales que hoy incluso ocupan cargos públicos.
En un momento en que la economía nacional está en una situación ligeramente estable, con cifras y proyecciones optimistas en el corto y mediano plazo, no es posible que nos demos el lujo de retroceder y dar más ventajas a verdaderos y más poderosos rivales, como son aquellas naciones que en este momento compiten con nosotros por recibir más inversiones y recursos para crecer.
Recordemos que Chile tiene como objetivo nacional ingresar antes de su bicentenario, el 2010, al grupo de países desarrollados. Con ese objetivo impulsa una agresiva economía exportadora, con tratados de libre comercio con el mayor número de países con mercados atractivos. Sus políticos, a estas alturas, debaten acaloradamente sobre cómo asignar eficientemente los impuestos de los contribuyentes.
El Perú, con una mayor variedad de recursos naturales, con su estratégica posición geográfica, con casi el doble de población (que, en el particular caso peruano, por su diversidad de razas y culturas, implica una mayor riqueza en conocimientos e información) que el país sureño, con su historia y destinos naturales propicios para un turismo a gran escala, y con la gran posibilidad de invertir las remesas de ese gran número de emigrantes que tiene en el mundo, está en toda su capacidad de hacerlo antes de su propio bicentenario, el 2021, y si no, muy cerca de ello.
Con ese objetivo es que necesitamos hoy, prioritariamente: a) estabilidad y reglas claras para el largo plazo (sólo así la inversión privada, nacional o extranjera, será duradera y se asentará permanentemente aquí); b) óptimos servicios de educación, salud, administración de justicia y seguridad ciudadana, con recursos privados y públicos eficientemente asignados; c) instituciones sólidas: que las instituciones teórica y constitucionalmente autónomas e independientes lo sean también en la práctica; d) un sistema político con partidos organizados, democráticos y con cuadros competentes en todas las áreas de la actividad pública (si ese sistema es bipartidario, mejor); d) una prensa independiente más inquisidora y profesional que, en forma paralela a los partidos de oposición, fiscalice implacablemente a los gobernantes. Un advenedizo, improvisado, incapacitado e inescrupuloso como Humala, ¿puede sinceramente garantizarnos esto?
Miércoles 25 de Enero 2006
Carlos Atocsa García |