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AHORA A QUIÉN CREEMOS
Después del show de la última semana, con comunicados, conferencias de prensa, entredichos, desmentidos y un sin fin de adjetivos; luego de encuestas en picada, huelgas por doquier, de viajes privados con fondos públicos, violencia dosificada a través de los medios, parlamentarios en éxtasis demagógico promoviendo reducir sus sueldos, comisiones endilgadas de videos con “terroristas arrepentidos”, sesudos tribunales que dicen ser guardianes de la constitución y secuestros de por medio, ¿a quién le creemos?
Por ejemplo, los agremiados al sindicato “único” de trabajadores de la educación, muy prestos y hábiles con la frase punzante, han lanzado pullas a la alicaída imaginación de los gestores del quehacer gubernamental. Les han pedido, como si la imaginación estatal la vendieran por kilos, que busquen la manera de agenciarse de los recursos necesarios para solventar sus demandas salariales. Les han pedido ser más creativos, innovadores e imaginativos para poder solucionar problemas ajenos. Si ellos mismos, no pueden solucionar sus propios problemas, es casi imposible que solucionen los de terceros. Si estos son los profesores que forman a los futuros peruanos del mañana, ¿a quién le creemos?
Las encuestas son otro tanto. Emiten cada 15 días y desde diversos frentes, y a tono con los desatinos gubernamentales, cifras que desdicen a más de uno. Buscando paliar la ineficiencia burocrática, los hacedores de política buscan explicaciones, leen entre líneas y reinventan la política para así poder justificar sus empleos. La culpa no es nuestra, los otros son los culpables, nosotros somos honestos, trabajamos de manera dedicada y paciente, “estamos en política para continuar contribuyendo en la gestión del desarrollo de nuestras regiones y por ende del Perú”, la política de la avestruz. Si las encuestas otorgan más credibilidad al ex presidente Fujimori que al primer ministro Luis Solari, a estas alturas, ¿a quién le creemos?
En los anquilosados estamentos burocráticos y a iniciativa del poder ejecutivo, que mantenemos con nuestros impuestos, los burócratas de turno han tenido la valentía de vociferar a los cuatro vientos que han recapacitado y, presas del remordimiento y pánico, han manifestado, en un acto de reflexión democrática, lo siguiente: si, nuestros sueldos son muy elevados, no estamos a la altura de las circunstancias, el país se desmorona, y si esto ayuda en algo, pues intentémoslo.
Si el cálculo político confiere dignidad a cada frase que en el congreso se emite, insistimos con la pregunta que da pie a estas líneas. ¿A quién le creemos?
Los depositarios de lo que llamamos orden constitucional, se la han emprendido contra aquello que dicen defender. Integrada en su totalidad por jubilados políticos, juzgan y dictaminan a su mero antojo. Como si el país fuera su chacra disponen de las más oscuras formas de demoler no sólo los pocos pertrechos de lo que queda de constitucional, sino que suministran el detonante y los explosivos para dar cuenta de las arcas fiscales. Si estos jubilados –vaya delirio, como si los políticos supieran para que sirve una constitución– eran nuestra última línea de defensa, ¿ahora en quién creemos?
Si los burócratas de turno desean que el gobierno dure hasta el 2006, deben empezar a reconocer que han fallado y corregir sobre la marcha. Es un acto de reflexión, de mudar las formas y comenzar de nuevo. Minimizar la pompa y el alegato fosforescente, no a pulso de las encuestas, sino a cambio de comulgar con un discurso claro y preciso, exhibiendo que se vira para bien, con propiedad y altura. Las oportunidades no se han hecho para desperdiciarlas. Así, si que desean que se les crea, es mejor moderar la letra que de garabatos se compone poesía. |