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LA GLOBALIZACIÓN DISMINUYE LA POBREZA

Una reciente encuesta mundial entre 38,000 personas en 44 naciones del orbe arrojó ingratos resultados para los enemigos de la globalización.

A partir de la década pasada y fruto de políticas pro mercado y de apertura comercial, los países en desarrollo han recibido positivamente los frutos de la integración económica y de lo que hoy se conoce mundialmente como globalización.

Es mas, a partir de la década de los ochenta se experimenta una reducción significativa en el número de personas en extrema pobreza en el mundo. Y es que: “Los encuestados culparon generalmente a sus gobiernos locales y no a la globalización por las enfermedades de sus países”

En general no es de extrañar esta opinión, expresada por los más pobres del planeta, ya que ellos no pertenecen a ningún grupo económico, y menos aún a algún grupo de presión.

David Dollar, Director de Políticas de Desarrollo en el Banco Mundial, en la The Pew Global Attitudes Project, “encontró que no solo era una actitud generalmente positiva sino que había más entusiasmo para el comercio exterior y la inversión en países en vías de desarrollo que en países ricos”

Por ejemplo, en los países ricos el 27% de los encuestados pensó que la globalización tiene un efecto negativo sobre sus países, a diferencia de Asia y África Sub-Sahariana donde estas cifras no superaron el 10%.

Ahora bien, a propósito del esfuerzo por integrarse al mundo y promover políticas pro mercado, que países como nuestro vecino del sur promueven con resultados muy exitosos y nos lleva años de ventaja, el Perú en donde se encuentra.

Pasando por implementar programas que vinculan más al estado con el quehacer de la economía, limitando a los agentes privados de iniciativas más rentables. Promoviendo la creación de nuevos impuestos, dando tumbos entre medidas efectistas a medio camino con iniciativas poco ortodoxas, hemos llegado a extremos casi de ensueño.

En el Perú, desde los desmanes promovidos contra la privatización de empresas públicas en Arequipa, cuotas de poder casi prestadas y las medidas de tributarias de los últimos días hay muy poca diferencia.
Y es que las cifras siempre cuadran. No se puede jugar al “estado benefactor” y luego inventar nuevos impuestos para cumplir con los “beneficiarios”. A no ser mejor parecer, que para el caso es menester preguntarle a Alan García.

Los pilares de la globalización: la venta de empresas públicas, las reformas y reducción del estado, eliminar los privilegios y el desrregular los mercados para que la empresa privada emprenda lo que sabe hacer muy bien han quedado relegadas.

Necesitamos un gobierno y un ministro de economía que diga al país, para comenzar, que no va a subir los impuestos. Necesitamos fomentar la creación de nuevos empleos y no espantar al capital extranjero. Cada año 200 mil nuevos jóvenes ingresan al mercado de trabajo y no es broma. Necesitamos potenciar el consumo interno y no detraerlo, fomentando la cultura del ahorro y la austeridad. No necesitamos aumentar los ingresos fiscales, sino disminuirlos. No necesitamos más ministerios y empleados públicos ineficientes —entiéndase maestros y otros— sino empresas competitivas aquí y en el exterior.

No necesitamos castigar la inversión ni desaparecer lo que a juicio de algunos ya no existe: la clase media. Necesitamos alejarnos del presente, del corto plazo. Dar un paso atrás y observar todo el cuadro, la pintura en su conjunto, no las pinceladas improvisadas.

Siempre se prefiere lo más fácil y demagógico: prometer ha expensas de los que producen. Y si los que producen son un reducido número es seguro el final.

Ahora bien, si los enemigos de la globalización ya dejaron las piedras y los palos y visten de cuello y corbata, y para lo que nos ocupa son los gobernantes de turno, en el futuro no nos quejemos cuando los primeros ocupen en lugar de los segundos y nuestro país se aún más pobre que ayer.

     

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