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¿Otra vez el INP?

El espíritu Instituto Nacional de Planificación (INP) deambula por los pasillos del poder. Ahora, esperanzado en una nueva reencarnación, a iniciativa de presidente Toledo, reclama sed de justicia.

Sus defensores alegan que esta vez no fallarán. Las experiencias pasadas (la junta Militar de 1962 que creó el primerísimo INP, el gobierno de Belaunde y el desastroso período de García) son sólo piedras en el camino.

Aunque dicen no copiar las experiencias recientes, como los Consejos Locales de Planificación Pública del presidente venezolano Hugo Chávez, o las más antiguas, los 40 años de planificación en Cuba; sin embargo, de algo no queda duda: su afán de complicarle la vida a los demás.

¿Qué es la planificación?
La planificación no es como algunos la identifican “un proceso racional, sistemático e integrado, que establece planes y programas con objetivos definidos y metas concretas y evaluables.” (Editorial de El Peruano, Viernes 15-11-03)

Por el contrario, identificada con los sistemas autoritarios-la planificación–busca manejar al individuo y sosegar su iniciativa. Anteponerla al servicio de los altos interés de la sociedad y de los gobernantes de turno. Muy al margen de sus propias y muy subjetivas aspiraciones personales.

La planificación, aparejada con las fines de la sociedad, más que con los medios adecuados para alcanzarlos, ignora un hecho fundamental: la forma en que un país crece.

Y toda la experiencia occidental enseña que si la torta a repartir no se incrementa, un país no crece

La solución
La generación de la riqueza no necesita de planificadores. La historia del Perú es un buen ejemplo (los años en que el INP fue desactivado fueron los de mayor crecimiento económico, inercia de la cual gozamos hasta nuestros días).

Es la implementación de políticas orientadas a interferir menos en la creación de riqueza, desrregular mercados, impulsar concesiones, eliminar licencias, aranceles, subsidios, los que multiplicarán la prosperidad. No son los planificadores quienes saben como multiplicar la riqueza, son los empresarios los encargados de esa tarea.

Argumentar que las empresas, sean grandes o pequeñas, planifican, es desconocer por completo cuan útil es la planificación.

Las empresas planifican para competir en el mercado. No planifican el mercado, como es la intención de todo burócrata planificador. No se puede planificar la sociedad, son los individuos los que planifican para conseguir sus metas dentro de ella.

Las buenas intenciones no bastan
El burócrata planificador sólo piensa en conseguir sus objetivos (distribuir la riqueza) muy a pesar de si la riqueza se incrementa o no. Nadie duda de las buenas intenciones de los planificadores, nuestra critica gira en torno a los medios.

Aunque ellos quieran decidir sobre lo que podemos comerciar, a quien debemos comprar, como debemos educar a nuestros hijos, que libros están permitidos leer o cuanto es nuestra justa remuneración por nuestros salarios; finalmente, los individuos encontrarán la forma de burlar la directiva del planificador.

Más burocracia
Con la iniciativa del Presidente Toledo de poner en la agenda la creación del Centro Nacional de Planificación Estratégica, sólo obtendrá más burocracia. El presidente asegura que “será una institución pequeña, no burocrática”. Sin embargo, a propuesto que tenga una vida útil de cómo mínimo 20 años.

Hasta la saciedad ha quedado demostrado que las instituciones promotoras y reguladoras de la economía no funcionan. Allí esta Indecopi–por ejemplo–que de ser concebida para proteger a los consumidores se ha convertido–como toda entidad estatal–en una institución presta para el cabildeo y los favores.

     

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