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A SEGUIR PRIVATIZANDO, Y LA EDUCACIÓN TAMBIÉN
A muchos les repugna expresarse en torno al privatizar. El verbo ha caído en desgracia. Incluso sus principales defensores le han dado la espalda. Prefieren ignorarla o, peor aún, buscando salvar las formas, hurgan en el lenguaje para encontrarle dudosos sinónimos.
Otros la vinculan a oscuros intereses, al afán de lucro o la inmoralidad del beneficio. No es socialmente bien visto convertirse en un vendedor de cuanto activo o bien inmaterial se disponga, aunque esta concepción sobre privatizar de por sí sea errada. Por ejemplo, los políticos no la ven como una aliada, por el contrario le temen, e incluso, la detestan. Aunque, después de todo, de los políticos se puede esperar cualquier cosa.
Y en razón a los sucesos de los últimos días, con marchas promovidas por avezados transportistas, muy hábiles para el chantaje y la intimidación, maestros que no son el mejor ejemplo para sus alumnos y un sin número de otros incongruentes personajes; el privatizar se concilia con los reclamos —precisamente de aquellos que dicen ignorarla o detestarla— que permitirán, como es de esperar con toda política de apertura, resultados gratamente positivos.
Dejar, por ejemplo, que fruto de la reciprocidad propia de los principales interesados, profesores, padres de familia y promotores educativos resuelvan situaciones referidas a sueldos, innovación curricular o recursos educativos es una actitud en este sentido. Privatizar las decisiones sobre sueldos, premiando los talentos y tonificando las debilidades arrojará resultados muy superiores a los ostentados en la actualidad. La oportunidad se torna inmejorable, y los colegios privados son solo una muestra de ello.
Y pensar que algunos se quejan que estamos inundados de políticas de apertura y competitividad, cuando es precisamente esta última la que más se extraña. Quizás muchos de estos activistas antimercado añoran los años en que el Estado todopoderoso fijaba las pautas, ese lugar donde era más seguro obtener un trabajo en los regazos del gobierno de turno, que a dejado a merced de los vaivenes de la idoneidad y la innovación.
Si queremos que nuestros maestros obtengan un mejor ingreso dejemos que sus habilidades y su formación profesional estén a merced de quienes requieren de sus servicios. Que la competencia, la innovación y la capacidad de adaptarse a los cambios determinen sus salarios y no una prebenda del Estado. Que su “dignidad” sea resultado de su esfuerzo por ser innovadores y no fruto de su capacidad para intimidar.
No dejemos en manos ajenas decisiones que le compete a la sociedad toda, ese es el vituperado mercado. Que el Estado no fije los sueldos de los maestros, que los maestros decidan por su cuenta y riesgo cuánto es lo que deben de ganar. Que tengan el valor de enfrentarse de una vez a la prueba ácida de los negocios y la competencia, que no se escuden en la conformidad, el fastidio y la ineptitud. Que acepten el reto de ser los líderes que alguna vez quisieron ser: los futuros formadores de los peruanos del mañana, y no unos simples petardistas que se mueven hacia los linderos de lo antisocial para arrancarle no sólo una remuneración sino un paso hacia la sociedad sin clases. Son los que escogen el camino fácil de la presión y la prebenda.
Para frenar esto separemos de una vez por todas al Estado de la Educación. Privaticemos las decisiones que sólo a nosotros, los consumidores, nos interesan. Sólo así dejaremos de formar hornadas de jóvenes impregnados de valores ajenos a la realidad, los seguros detractores del cambio y de la competencia, ya casi miembros de honor de una generación más de jóvenes sin futuro. |