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EL GRAN SATAN O EL GRAN PATAN

Las sanciones económicas y comerciales contra países que vulneran los derechos humanos aun se mantienen. Como ejemplo Cuba, China y Libia, entre otros. Sin embargo, si quien los realiza es el Gran Gendarme, no vemos atropellos a los derechos humanos.

Nadie reclama cortar relaciones económicas con el país de las estrellas. Por el contrario se anhela ser una estrella más en su prístino cielo.

Pero el Gran Satán en palabras de Jomeini quizás solo sea un Gran Patán. Es una patanería pretender la defensa de la libertad en nuestras sociedades sojuzgando y humillando a naciones indefensas. Naciones que ha sido victimas de dictadores apoyados por la política norteamericana. Es una patanería presionar al mundo libre a firmar contratos para acceder al comercio.

La propuesta de libre comercio no nos debe tomar desprevenidos. Nos ofrece algo de acceso a su mercado a cambio de mayor apertura en el nuestro. Ganémosle por apuesta de mano. Vayamos más lejos y no le debamos nada. Reduzcamos unilateralmente nuestros aranceles. Eliminemos las empresas estatales. Clausuremos los centros burocráticos. Apostemos por la libertad económica y política. No nos humillemos ante un poder que nos quiere hacer cómplices de su política inhumana.

Para acceder al visto bueno estadounidense se nos exige y/o sugiere aprobar su política externa. ¿Es posible querer ser socios de un asesino? Aquí juzgamos a Montesinos por corrupción. A los militares y policías envueltos en la guerra de baja intensidad. Y a los políticos mañosos que permitieron tales genocidios. Pero el gobierno peruano no ha protestado contra los mismos procedimientos efectuados en Afganistán, Palestina e Iraq. Llevados a cabo por el gobierno norteamericano.

Tenemos en Latinoamérica una regia tradición. El Inca o jefe tribal ordena, la miríada de siervos acata. El Virrey indica, la colonia actúa. El Presidente sugiere, la democracia se postra. Aquí no podemos quejarnos. Casi siempre se ha vivido o aspirado a vivir en servidumbre.

Algo aprendimos de los europeos, la noción de libertad, de igualdad de derechos ante la Ley. Los estadounidenses plasmaron estos ideales en sus normas de convivencia y en sus leyes. Pero el miedo acrecentado y azuzado con fines políticos amenaza esta tradición. Un gobernante con delirios de cruzado medieval ha iniciado un baño de sangre. Se escuda en lo más sagrado de la humana raza: la libertad. Tiene a dos naciones bajo fuego cruzado y pretende extender el conflicto. Y nosotros peruanos desprevenidos. Ignorantes de lo que ocurre allende nuestros cerros, adoptamos la política del avestruz en la Cancillería. Además, nuestra embajada en Washington hará de odalisca para atraer al nuevo sultán del mundo y obtener “ventajas económicas”. Toda esta política servil es nauseabunda. Indigna de hombres libres. ¿Hemos de reinventar la virilidad y el coraje?

Si necesitamos abrir mercados solo debemos cerrar filas ante la corrupción. Debemos exigir un sistema judicial imparcial. Destrabar los mercados eliminando la frondosa legislación. Respetar y hacer respetar los contratos. Simplemente declaremos un arancel único y no superior a dos dígitos. El país se vera invadido de productos e insumos para la producción. Si las zonas francas son buena idea. Que el Perú sea una sola zona franca. Ejemplos no faltan: Alemania y Japón luego de la gran guerra. Hong Kong, que es la maestra del coloso amarillo.

El mercado libre nos liberara de ser cipayos de la actual política del gobierno norteamericano. Salvemos la dignidad y seamos realmente independientes.

La defensa de la libertad no puede ser parcial. La libertad económica se enlaza con la libertad política. Eso lo saben los norteamericanos. Su Independencia se basa en tal axioma. En Latinoamérica se buscan otras combinaciones. Inútilmente. Y en Norteamérica se abandona, lamentablemente.

La lucha contra el terrorismo no pasa por la destrucción de la legalidad. Perú ya lo comprobó. ¿Cómo ser coherentes con un mea culpa nacional y al mismo tiempo darle la mano a Bush? La defensa de nuestra libertad y seguridad no justifica la agresión (ni el silencio ante ella) a naciones que ningún daño han causado.

El castigo debe alcanzar sólo a los culpables, debidamente procesados.



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