| |
|
DINA PÁUCAR Y LOS COPYRIGHTS
De la campaña auspiciada por el burocrático INDECOPI hace un par de meses, en su infructuosa lucha contra las copias ilegales de software, música, vídeos y afines, recuerdo sobretodo al adiposo ser que, enfundado en el más huachafo y colorido de sus trajes de divo chichero, saltaba una y otra vez sobre un mar de discos y cassettes. Los destruía bajo la conmovedora convicción de con ello le daba su merecido a esos que le robaban inmisericordemente.
Obviamente, aquí cabe preguntarse, ¿cuánta verdad hay tras aquello que sostienen los detractores de la mal llamada “piratería”?
Primero que nada, ¿para qué sirven los derechos de propiedad?. Imaginemos que en una comunidad se descubre una mina de oro y que nadie puede reclamar para sí su propiedad, pues pertenece a “todos”. Lo que va a ocurrir es que, al ser un bien escaso y al existir muchas necesidades a satisfacerse, “todos” tratarán de aprovechar el bien, generando conflictos y, tal vez, sobreexplotándolo.
Entonces, la asignación de derechos de propiedad tiene como finalidad incentivar el uso racional y eficiente de los bienes escasos.
Cuando una idea o creación artística abandona la mente de su autor, se expande como el humo, se reproduce. Deja de ser propiedad exclusiva de su creador e ingresa al dominio público. Pero hay que tener en consideración que, con los bienes intangibles como éste, ocurre un hecho singular: quien lo entrega, no lo pierde, sucediendo que a partir de ello mucha gente, en simultáneo, pude estar en “posesión” de la construcción literaria o artística. No es como un cuadro o una silla que lo tiene uno o lo tiene el otro.
No tiene ningún asidero establecer derechos de propiedad cuando el bien es abundante. Sin embargo, a través del copyright la ley confiere al autor de una obra —incluso después de publicarla, hacerla pública— el derecho de controlar su reproducción y beneficiarse tantas veces como se realice una copia de ella. La ley crea, de esta manera, una escasez artificial.
Según sostienen sus ardorosos defensores, eliminar los copyright “mataría la música”, impediría que los artistas se dediquen a crear pues se eliminaría el incentivo pecuniario para hacerlo. Craso error. Pierden de vista que las regalías obtenidas en virtud de estos derechos no son sus únicas ni mejores fuentes de ingreso.
Pensemos si no en los cultores de la tecnocumbia o el folcklore. Dina Páucar, Rossy War o Abencia Meza ganan mucho, pero mucho más, con los conciertos que ofrecen a carpa llena. ¿Ustedes creen que toda la gente que abarrota estos cónclaves hubiera pisado estos lugares si no fuera porque un día los descubrió invirtiendo tres monedas en una copia “ilegal”? Si fueran conscientes de este hecho, regalarían sus cassettes o discos a condición de hacerse cada vez más populares.
Por eso, antes que perder el tiempo luchando por sus copyrights, deberían dedicarse a realizar no sólo conciertos, sino también, por ejemplo, esas rentables campañas publicitarías (con la Telefónica, ¿no, Sra. Páucar?) que la fama puede permitirles.
En el mismo sentido, y ya en el campo de la producción bibliográfica, muchos dan por descontado que publicar un libro no es un negocio rentable. Y sin embargo, lo hacen. ¿Acaso han perdido la razón? No. Entienden que se trata de una inversión a largo plazo, con lo cual se promocionan, se construyen un nombre, incrementan su “capital de marca”. Marketing personal, dirían los expertos. Bienvenida la fotocopia, con tal que los conozcan.
En conclusión, señores, la piratería no es mala. Es una respuesta adecuada de los afectados por un monopolio innecesario y perjudicial. desbordecapital@hotmail.com |