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Tras el cuarto poder

Quitarles la licencia si pierden su independencia. Esa es la “democrática” solución que Veeduría Ciudadana propone contra los medios radiales y televisivos.

Con sus firmas, miles de ciudadanos se adscriben a propiciar una intromisión directa en la línea editorial de los canales y estaciones de radio. Buscan su control.

Esta alternativa, no obstante, es tan arbitraria como el mal que pretenden corregir. En lugar de anular la causa (el agente corruptor) se dirigen contra su consecuencia (el presunto corrompido).

La congresista Gloria Helfer se ha excusado. Afirma que sólo le ha dado trámite a esta aspiración “popular”. Pero, junto con el Presidente del Congreso, Henry Pease –al suscribir ambos este proyecto—, han sido fieles a su ideario expropiador. Nunca van a cambiar.

¿Ignoran, acaso, que mientras los gobiernos sean los “propietarios” del espacio radioeléctrico concesionado, esa reclamada independencia estará siempre a merced de la manipulación estatal?

Contra la censura
Iniciativas como esta son rezagos de una infatigable tentación totalitaria. Controlar lo ajeno sin asumir el costo es el sendero hacia un mundo sin libertad.

No debe prosperar. Quien quiera una programación a su gusto debe pagar por ella. Sólo así, al establecer un contrato, puede reclamar. Un derecho, para que sea legítimo, no nace de otra manera.

Por el contrario, aceptar el regalo sin mirarle los dientes es la tragedia de todo lo gratuito. Este es el caso de las frecuencias y la señal abierta. Pero, ello no es óbice para justificar ninguna intrusión en la empresa privada.

Los televidentes y radioescuchas, al recibir las noticias u opiniones, no son meros asimiladores pasivos. Cada quien sintoniza o no el programa que mayor credibilidad o simpatía le merezca. Naturalmente, corre el riesgo de hacer una mala elección y estar desinformado.

Pero, ello ocurre de acuerdo a sus prioridades en cuanto a información. Son los consumidores quienes deciden. No es al revés. George Orwell precisamente decía que, al fin y al cabo, la libertad es poder decir lo que los demás no quieren escuchar.

Lo que es de todos es de ninguno
El espacio radioeléctrico no es de todos. Esa es solo una monserga para engañar a incautos y poder justificar las expropiaciones.

Toda propiedad es privada porque significa exclusión. Y, sólo es propietario quien puede disponer del bien. En este caso, es el Estado quien se lo reserva para sí. He aquí la amenaza hacia la libertad.

Ayn Rand clasifica como fascista a este tipo de sistema. El liberalismo –define— propugna la propiedad privada de los medios de producción. El socialismo, por el contrario, impone la estatización. En el fascismo, todo es del Estado y éste los cede en uso. Sólo así puede mantener el control sobre todos.

La indefinición de los derechos de propiedad es lo que impide la clara asunción de responsabilidades. Al ser el espectro un espacio sólo dado en concesión, es el gobierno (o, sus funcionarios de turno) quien tendrá siempre la oportunidad de manipular la programación.

La mejor alternativa es asignar derechos de propiedad en este espectro. Ello no sólo nos librará del arbitrio estatal sino que hará más rentables a estos servicios y, del mismo modo, definirá mejor la responsabilidad de sus propietarios.

 

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