El circo del mercantilismo
El segundo vicepresidente amenaza con renunciar. No se ría, es verdad. Pide que se prorroguen las salvaguardas contra las prendas textiles chinas, si no, se va.
Pero, eso no es nada. El ex ministro fujimorista de Trabajo, Jorge Mufarech, ha dicho que: “si no fuera congresista, ya hubiera quemado el Ministerio de la Producción con el ministro adentro.”
Así, pese a tener familiares en el negocio textil, el otro Mufa dice actuar por principios. “Está decidido a marcar las distancias con Perú Posible y con el Gobierno antes de claudicar a sus ideas y no hacer lo que considera adecuado”.
Para él, pues, puede ser adecuado velar por los intereses de su familia. Pero, como ello lo hace a expensas de las demás familias peruanas, deja de ser inmoral, para convertirse incluso en una delincuencial preferencia. ¿Hasta cuándo?
Tres funciones, tres.
Gracias a Los Chistosos estos personajes caen hasta simpáticos. Pero, ello no debe servirles de indulgencia. Esa es una vía para la impunidad. No deben haber privilegios.
Las salvaguardas han operado desde la Navidad del año pasado. Han sido un buen regalo para sus propulsores: la Sociedad Nacional de Industrias y los empresarios textiles de Gamarra.
Quienes han pagado el obsequio, no obstante, no son los confeccionistas chinos (Ellos buscaron otros mercados). Lo han pagado los consumidores nacionales.
Hay demagogia en sus posturas, como en defensa de todo proteccionismo. Sin tecnicismos, la lógica con la cual se defiende la producción y diseños “nacionales” es la misma con que se prohíbe la difusión de las copias tildadas de piratas.
Ambas, sin embargo, son contrarias a la que propone la venta de medicamentos genéricos. Las consecuencias son, obviamente: medicinas más baratas; pero, conocimientos y vestidos más caros. Tienen que ser coherentes.
Si las confecciones chinas son de tan mala calidad, eso lo debe juzgar (libremente) el consumidor. La necesidad primaria de vestimenta no puede tornarse onerosa por coacciones o privilegios legales.
O-oiga, caballe-ero
Pero, dice Waisman: “A los exportadores no les interesa el país: venden toda su producción al exterior. A los importadores, lo único que les interesa es lucrar –y, sentencia—: Es lo que se llama mercantilismo puro”. Por eso le dicen payasito, Waisman.
Mercantilismo es precisamente todo lo contrario. Es cuando ciertos “empresarios” buscan prebendas o privilegios del gobierno para no competir o desalentar a su competencia. Esas son, en este caso, las salvaguardas. No confunda.
Cree, también, que la única manera de desarrollar al país es promoviendo el “pleno empleo”. Ello, no obstante, sólo significa que el Estado deba tener la suficiente injerencia para controlar todas las actividades económicas. Ni más ni menos.
Los puestos de trabajo no se dan por ley, se crean mediante la competencia. Si no, sobran. Y, ello deviene en ineficiencia. Ese costo lo asumen quienes subsidian este empleo artificial: los demás.
Mientras mayor libertad haya en una actividad económica, más gente se dedicará a ella. Pero, esta debe mutar de acuerdo a las exigencias del público consumidor. El límite, naturalmente, siempre es el respeto por el derecho ajeno. ¡Fuera los corruptos!
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