LA TRAGEDIA DE LA COCA Y LA DE LOS COCALEROS
La milenaria hoja de la coca, que alguna vez fue orgullosamente incluida en el escudo de armas nacional, es presa de la ignorancia más rentable de los últimos tiempos. Su violenta erradicación, por hordas fanáticas y discutiblemente moralistas, ha dado motivo a que miles de cocaleros atraviesen la cordillera y marchen hasta Palacio de Gobierno para evitar tal devastador atropello. Han exigido, además, trato justo y la liberación de su dirigente Nelson Palomino.
Aunque mascar la hoja ya no se criminaliza (como durante el incario cuando ello era privilegio sólo de algunas castas; o, como hace unas décadas, por aberración intelectual), su uso persiste en ser controlado por el Estado, el mismo que, para apuntalar sus pocas inteligentes propuestas, va “sembrando” el campo con una gama de penalizaciones y represiones en un importante sector de la agricultura. Así, la substitución paulatina de las más de 60 mil hectáreas destinadas a su producción, por los eufemísticos cultivos alternativos que se les impone a estos campesinos, no hace sino ocultar el problema de fondo: la conculcación de sus derechos de propiedad. He ahí la razón de su pobreza.
Según la Empresa Nacional de la Coca, esta entidad sólo comercializa una décima parte de las 30 mil toneladas métricas que se producen al año. Una sexta parte se distribuye de manera informal y el resto, 22 mil toneladas, “es usada con objetivos no conocidos”. O, para ser más honestos, parecen servir para la producción ilegalizada de cocaína, el alcaloide principal de la hoja, fuente de éxtasis y de remordimiento.
De ser así, pues, habría que proscribir también la cal, las conchas del mar o las cenizas vegetales, ya que la ancestral costumbre de mezclarlas, al chacchar, aumenta en diez la concentración del fármaco en la sangre. Y el resultado no es otro que el placer, verdadera causa de su represión.
En general, «las drogas» no son ni buenas ni malas –pues estos son calificativos morales—, son sí peligrosas si no se las dosifica con prudencia o si se las adultera o se las suple con sucedáneos sintéticos, en cuyos últimos casos hablamos de envenenamientos.
Por su parte, su Prohibición ha engendrado tal distorsión en el mercado que, dado el riesgo a la escasez, el precio del producto se multiplica sideralmente. Y, al ser actividad tan lucrativa, los delincuentes no tienen escrúpulos en tratar de ampliar sus ventas a niños e irresponsables, menos aún de procurarles garantía alguna. Ése es el origen del narcotráfico. Y, por ello, éste y los funcionarios antinarcóticos prosperan con cada arremetida, en un sospechoso círculo vicioso.
Aún así, esa cruzada moral y política iniciada a principios del siglo pasado ha arraigado tanto en el vulgo y en la legislación que «la droga» es el Belcebú contemporáneo. Debido a ello, la mayor parte de los más de 25 mil agricultores empadronados en el Perú, padece severas restricciones e intolerables vejámenes a sus derechos. Se les ha expropiado la libertad para disponer de lo suyo. No pueden, pues, tener ninguna seguridad sobre lo que, con justa razón y derecho, les pertenece.
El mito que ha engendrado al monstruo del narcotráfico ha doblegado al gobierno. Ante ello, la alternativa no es la legalización, sino un mercado libre que vuelva las cosas a sus cauces normales. Ello, en contra de lo que se pretende hacer creer, no acrecentará el consumo de estupefacientes, como no aumentaron las brujas tras la Inquisición o los alcohólicos después de la Ley Seca.
Con todo, ni los elogios del Inca Garcilaso ni los de Unanue ni los de Markham sobre las magníficas virtudes medicinales de la hoja parecen pesar ahora a su favor: el vigorizante de la farmacopea andina yace por los suelos, en las devastadas chacras de los marchantes, prontas a ser literalmente carcomida por sus enemigos
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