Teoría de la conspiración
La semana pasada, quien fuera abogado de la testigo de la falsificación de los planillones para la inscripción de País Posible renunció a su defensa y se presentó, vía microondas, en el programa de César Hildebrandt, para descalificarla.
Al despedirse, lanzó una arenga tipo “patria o muerte”: A la orden. Siempre por el bien social del país , dijo. Probablemente ese sea su lema. Pero, renunciante o despedido, no puede negarse que ello suena al libreto que espetaban los personajes que pasaron por la salita del SIN.
“Si hablo, pongo en riesgo al Estado”, revela Almeyda. Y, su vocación de sacrificio para preservar un orden “superior” también la comparte con generales, ministros y demás favorecidos por el régimen fujimontesinista.
Rosa María Palacios, por otra parte, estuvo más alerta cuando el abogado de Bavaria elaboró una “teoría de la conspiración”, supuestamente promovida por AmBev o por El Comercio .
En general, la periodista no se dejó sorprender y notó que el informe con “la auténtica hoja de bitácora” (donde ya no se registra la detención de Jaime Carbajal, en el aeropuerto de Albrook, con el millón 700 mil dólares) fue evacuado justo el día en que Torrijos asumía la presidencia de Panamá, donde esta empresa es igual de significativa.
¿Coincidencias? Puede ser. Se dice –para desorientar— que dentro de las teorías de la conspiración, todo es posible. No obstante, algunos hechos son más plausibles de darse que otros.
Destruir pruebas o tornarlas dudosas; desacreditar a procuradores, periodistas y testigos (y, en su momento, a jueces y fiscales), parece ser la estrategia de la mafia (llamada indistintamente familia delincuencial, Estado o corrupción pública organizada).
Las confabulaciones a veces engarzan con una facilidad pasmosa. Y, sin paranoias, hechos distantes o sin aparente conexión entre sí, no deben ser tomados tan a la ligera. Siempre que sirvan a un mismo fin, deben ser sometidos a más de una suspicacia.
“Roba, pero hace obra”
Mediante el aparato estatal es muy fácil hacerse de privilegios y de patrimonios ajenos. No hay ninguna abnegación en inmolarse por este sistema. Si no, se acaba el negocio. La conspiración, entonces, viene del Estado.
Es por ello que los más honestos se alejan del aparato estatal como si de la peste se tratara. De lo contrario, asumen (o, intuyen) serían rebasados. Nadie que haya estado ahí puede asegurar lo contrario. Nadie.
Podríamos quedarnos callados y proseguir nuestras actividades, lejos de quienes día a día disponen de lo que nos es más caro. Pero, no es así. Cada acto sin fiscalizar, cada proyecto hecho ley, favorece a “alguien” allegado y perjudica a los demás. ¿Se puede seguir siendo impasible?
El término “idiota” se acuñó en la antigua Grecia contra quien no participaba de la cosa pública. Evitar ser esquilmado obligaba a participar para poner freno a cualesquier arbitrariedad. Son patrimonios y libertades concretas las que se pierden con cada intrusión política falazmente “desinteresada”.
“El poder corrompe. Y, corrompe absolutamente, cuando es absoluto”, sentenciaba Lord Acton. Y, esta regla se cumple en cualquier organismo, público o privado. Sólo un recíproco control de frenos y contrapesos, puede esgrimirse contra ello.
En nuestro país, no obstante, la democracia está lumpenizada . Favorece el ascenso de los de más baja ralea. Aunque la ciencia de la memoria demuestra que ello es inherente a todo Estado, aún en los más aristocráticos.
Si Pericles no se hubiese hecho de la vista gorda durante sus sucesivos gobiernos, un siglo de la Historia no llevaría su nombre. Hubo multimillonarias corruptelas en las arcas públicas griegas tanto entonces como ahora en cualquier país del orbe.
Hay que aceptarlo. Existen límites para la corrupción, la violencia y el engaño. Son propias del trato cotidiano. Pero, la degradación moral debe quedarse en el ámbito privado, en donde es menos dificultosa de descubrir y sancionar. Enquistada, como está, en el poder público, invariablemente, lo pervierte todo.
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