La corrupción de las drogas
Si las drogas viajan en avión presidencial, ¿por qué se fulminan, sin juicio previo, avionetas civiles con presuntos traficantes? Si existen más de doscientos mil cocaleros potencialmente insurrectos, ¿por qué en lugar de protegerles su propiedad se los busca someter?
“Proteger” a los adictos de sí mismos (y, a los demás, de ellos), no sólo ha destrozado nuestro siempre precario sistema de libertades y garantías. Desde cuando se inició la proscripción, ninguna de las tres fuerzas armadas o policiales se ha librado de tener altos mandos y subalternos involucrados en escándalos por tráfico de estupefacientes.
El primer (y, último) zar antidrogas peruano, Ricardo Vega Llona, ha reconocido el fracaso de la muy imperialista “guerra contra las drogas” y hasta es partidario de la legalización, en privado. En público, se expone a la furia de los funcionarios antinarcóticos afectados en sus muy lucrativos intereses.
Del lado de la izquierda, Rolando Breña también se ha adscrito en privado a lo que en público considera políticamente incorrecto decir: libertad para los campesinos de cultivar y comerciar con la ancestral fuente de alcaloides: la coca.
Cada vez más intelectuales lo reconocen: la solución no es “legalizar” ni malgastar adictivamente el dinero de los contribuyentes, como hacen en Devida y afines. Ello –sostienen—, sólo multiplica los terribles efectos colaterales de la proscripción.
El film Sweet sixteen de Ken Loach (ganadora del Cannes 2002), por ejemplo, hace tiempo que se vive en nuestra realidad… ¡con niños menores de 12 años! Si la tentación no fuese tan irresistible, algunos vulgares corruptores no reclutarían impúberes atractivos para diseminar estimulantes adulterados en los colegios bien o en las escuelitas fiscales. (Ni, tampoco –según el atribulado rumor popular—, se hubiese caído en el mar de Ventanilla, aquel fatídico Fokker pleno de testigos, un aciago 8 de diciembre).
Legalizar las drogas es como legalizar el pisco, la papa, los perfumes, o la literatura erótica. Obedece a una visión autoritaria del Derecho. Crea un monopolio tanto o más corrupto que el actual, producto de su prohibición. El peligro subsiste al seguir sujetos al arbitrio del funcionario estatal.
Que no cunda el pánico: con fármacos más poderosos circulando, no ha existido en la historia de la humanidad un bacanal de psicotrópicos tan apabullante como el propiciado con su proscripción legal, desde hace casi un siglo. De lo que se trata es de reinstaurar la sensatez mediante el único medio natural de establecer la justicia: el intercambio voluntario entre adultos responsables. Así, “el problema” y sus riesgos, tornarán a sus cauces normales.
Históricamente, se incauta sólo el 5% de las drogas. El 95% restante, circula libremente. Ese porcentaje, producto de la política prohibicionista, multiplica exponencialmente el precio y torna irresistible el negocio.
Ya en artículos anteriores he explicado cómo se comporta el mercado ante ello y, también, cuáles son los efectos de los fármacos. En libertad, entidades como Cedro deben competir por informar correctamente antes que por “tratar”. Y Devida se revela como una estafa mayúscula (algo que saben muy bien los sacrificados campesinos)
En conclusión, pues, las drogas se corrompen si se las adultera; los hombres, si se los deja disponer con impunidad de las libertades y las propiedades de los demás, legal o ilegalmente. www.acrata.org
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