A LA DERIVA
Al premier Ferrero no le gusta que le recuerden su pasado. Ha calificado como “prensa adversa” a toda aquella que le canta sus verdades. Pretende hacernos creer que él es la víctima de una conspiración periodística.
Argucias de este tipo le han permitido sobrevivir, políticamente hablando. Busca con ello eludir las críticas y seguir paseando en bicicleta. Si hasta hace solo un tiempo atrás se quejaba de que no le daban cobertura a sus actos, ahora pide una tregua (para poder cobrar “su” plata el próximo mes).
Lo grave es que no ofrece ninguna propuesta. Carece de norte ideológico. Está tan perdido en la orientación de la cosa pública como todos los arribistas que, para nuestra desgracia, han aterrizado juntos en este gobierno.
No va a haber reforma del Estado (¿Qué entiende por reforma y qué entiende por Estado?). Solo se amenaza con más impuestos. Nada promisorio se avecina.
¿Cuál es su “onda”?
Según él Beatriz Merino fracasó porque ésta no encontró las circunstancias que pensó se iban a dar. ¿Cree él acaso que las condiciones le son propicias para que coordine quién sabe qué entre ministros que tampoco saben cómo? ¿Puede él decir cuál es la directriz a seguir?
Ferrero, no obstante, resume su “onda” en dos puntos: primero, manejar los recursos con transparencia; y, segundo, conseguir más recursos para poder atender las urgencias sociales. Ello es todo cuanto considera necesario para sostener el sistema menos malo: la democracia.
Un poco (demasiado) tarde para que este régimen pueda hablar de honestidad. A estas alturas, los escandaletes han saltado a todo nivel. Y, no hay organismo gubernamental que no esté carcomido por la corrupción. ¿Cree, acaso, Carlos Ferrero que va a cambiar esa tendencia?
La justificación del apoyo hacia los más necesitados, por otra parte, no se logra sino empobreciendo más a quienes generan la riqueza. Es más de lo mismo. Si sus palabras significan más impuestos. No cabe duda de que no va a durar.
Hacia una transición.
Lejos de ofrecer una salida, su designación solo demuestra que se ha entendido muy mal lo que es el sistema democrático. No se trata de durar hasta las próximas elecciones. Como decía Popper, se trata de hacer una transición pacífica en cada cambio de gobierno.
Es tiempo de ir pensando en esta solución, antes de que los azuzadores de la envidia y el resentimiento aprovechen la inevitable insatisfacción que producen los populismos como el de Toledo.
No se trata de ser fatalistas. Algo similar ocurrió en el quinquenio de Alan García. Por cumplir con la “formalidad” constitucional, los yerros de su administración del Estado continuaron desbarrancando nuestras economías. Y, esto, naturalmente solo sucede cuando el Estado se mete a hurgar en los bolsillos de los particulares.
Este gobierno ha tocado fondo. Carece de legitimidad. Si más del 80% se opone a los designios de esta nefasta administración, ¿cómo pretende imponer lo que solo conciente una décima parte de la población?
Pero, la democracia no es la imposición de una mayoría o una minoría sobre otras, sino el respeto a los iguales derechos de los demás. Cuando esto se entienda es probable que ningún político pueda causar tanto daño por el solo gusto de mantenerse en el poder.
|