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Abogados del diablo

Demasiados abogados, concluye el Informe de Luis Pásara para el Ministerio de Justicia. Demasiados timadores y chupasangres. No otra cosa cree que salgan de las Facultades de Derecho (ah, sí, taxistas).

“Si éstos son los futuros magistrados –declara—, estamos ante el cáncer de la administración de justicia”. Su diagnóstico, sin embargo, no es desacertado. Sucede que ( ¡primicia, chocherita! ) no es ninguna novedad.

El abogado chupasangre es el equivalente del médico matasanos o el de la caricatura de cualquier profesión u oficio. Ninguna se salva. Es parte de una satirización popular que llama al orden. Ese no es el problema.

Ya en el siglo XVIII, el doctor Mandeville desnudaba, en su Fábula de las Abejas , el papel de los abogados en la circulación de la riqueza. Hablaba de Los abogados, cuyo arte se basa en crear litigios y discordar los casos, etc. etc.

Mucho antes aún, en la antigua Roma, descollaron los burladores de esa ciencia que, como decía Cicerón, permitía a cada quien saber qué es lo que le pertenece.

Hoy, sin embargo, de esta original ciencia de la libertad tenemos muy poco; perdidos, como estamos, en una maraña de sigilosas perversiones legalistas. En lugar de que el Derecho sea un freno del poder, ha sido consagrado como su instrumento.

A luchar por la justicia

Un abogado –escribe Leoni— debe saber cómo funciona el sistema legal (y, cómo no funciona). Sólo así puede aconsejar a su cliente. El abogado, pues, se forja en la práctica no en las aulas. La cátedra debe dar las herramientas, debe enseñar a pensar.

Pero, las universidades han perdido su esencia. No se ilustra, se adoctrina. En las facultades de derecho se forman “técnicos” en legislación, no litigantes ni, mucho menos, juristas. Basta con memorizar códigos y leyes.

No se enseña a indagar en las razones del intercambio o de la naturaleza humana. Se trata de imponer un orden ajeno a ellos, diseñado al gusto y conveniencia del político. Por eso, tradicionalmente nuestro sistema legal no empata con la realidad.

Su “administrativización” ha destrozado al Derecho. De manera vertical, pues, prima lo político sobre lo jurídico. Sin saberlo (o, peor aún, a conciencia) se copian modelos desarrollados durante la entronización de regímenes autoritarios. Como no se investiga sino se subrayan separatas, nada se discute. He allí el problema.

El farsante y el estafador son descubiertos, tarde o temprano. La competencia contribuye a ello y, también, a determinar los honorarios. Un abogado, pues, subsiste por su propio prestigio. De ahí su valía.

Abogado de los diablos

Si hay una sobre oferta de abogados eso lo sanciona el mercado, en este caso, los demandantes de su sapiencia. No obstante, la antigüedad tampoco es sinónimo de eficiencia. En este caso, se puede saber tanto por viejo como por diablo.

No es cerrando temporalmente las facultades ni restringiendo la admisión como se solucionará el problema. No puede negarse que las decisiones se toman en libertad. Y, cada quien debe asumir el costo de sus propias decisiones: postulantes, al estudiar; y, clientes, al escoger.

El cáncer de la administración de la justicia estatal no está en el deplorable nivel académico (a todo nivel). Es el sistema legal y el monopolio estatal que, al restringir la competencia, impide, desde su creación, que destaquen los letrados por vocación.

Pero, el problema de fondo es que aún en el debate constitucional sólo se buscan reacomodos para un status quo imperante. No se habla de principios de igualdad y libertades sino de instaurar coercitivamente meras conveniencias (Como el gremio médico reivindicando ese nefasto privilegio de la cédula viva, por citar un ejemplo). Esa es nuestra desgracia.

Bart Simpson también se imaginó un mundo sin abogados: El sol radiante y un arco iris sobre la verde pradera que acogía a una feliz muchedumbre danzando la ronda. Vana ilusión para un mundo en permanente conflicto.

desbordecapital@hotmail.com

 

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