Del amor y otras drogas
Si alguien entra en su jardín y destroza sus rosas porque, con ellas, se fabrican elixires de amor, ¿cómo reaccionaría? Si, además, lo golpean por reclamar y le confiscan sus bienes porque, con sus rosas, favorece la promiscuidad y la “depravación”, ¿cómo se sentiría?
¿Justificaría el arrebato de su propiedad por prohibir los estragos que causan el amor, el afrodisíaco y las rosas? Algo exactamente igual ocurre con los cultivos de coca o de amapolas. Puede ser peor: si se droga (enamora), por prejuicio o ignorancia, será tenido por un despreciable subhumano.
De amor se agoniza, pero no se muere. Por amor, en cambio, se llega al cenit; a la dicha y al orgasmo. También, por amor (o, por falta de amor) algunos roban (o, favorecen al suegrito), matan o, inextricablemente, se suicidan. Eso depende del grado de experiencia, conocimiento y sensatez de cada quien. ¿Tiene usted la culpa?
Aprendiendo de las drogas
Literalmente hay drogas que incineran el cerebro. Nadie en su sano juicio se perjudicaría con alguna salvajada botánica si desconoce su dosificación. Las virtudes benéficas y terapéuticas que poseen, no obstante, se las niega u oculta con esta proscripción. Como consecuencia, a falta de vehículos de embriaguez conocidos, se empuja a inexpertos y atorrantes hacia fármacos peligrosos, sintéticos o adulterados.
En puridad, pues, no hay drogas “buenas” o “malas”. Ese es un calificativo moral. Sólo hay drogas de buena o mala calidad. O, un buen o mal uso de ellas. Del mismo modo, no hay rosas buenas o malas, sólo filtros bien o mal elaborados.
Con todo, no es amor lo que provocan algunos fármacos, pero sí éxtasis místico, euforia o placer. Eso es lo que se reprime desde hace un siglo. Otros, sin embargo, producen analgesia, templanza o sopor: mitigan los dolores y el desánimo. La página www.mind-surf.net/drogas , por citar alguna, nos brinda más información sobre sus efectos, usos medicinales, mitos, íncubos y súcubos.
Desde sus orígenes, el hombre ha convivido con drogas de todo tipo y ha sabido domesticarlas. El narcotráfico, pues, sólo existe, desde hace un siglo, por su prohibición. Que no lo engañen. Si se prohibiese el amor, porque también mata, agobia o arruga, ¿osaría llamar depravado a Dante o a Petrarca?
El amor y la falta de amor provocan signos y síntomas semejantes al de los fármacos y al síndrome abstinencial. Padecerlos puede ser voluntario o involuntario. Debe ser una decisión individual entre gente responsable: No dejamos que un niño se “pervierta” por amor. Pero, quien siempre es tratado como un niño jamás madurará.
No puede haber debate serio sin información. Y, el mejor libro sobre el tema es Historia de las Drogas de Antonio Escohotado. Ello, pese a que la histeria, el prejuicio y la desinformación abonan a favor del mito de su malignidad.
Tolerancia
Poco antes de suicidarse Kurt Cobain, el genial vocalista de Nirvana , compartía sus fármacos con el septuagenario poeta William Burroughs . Más sereno (o, menos atormentado), este último murió muc ho después, en apacible vejez. ¿Paradójico? ( Oh, no. Not me. I never lost control ).
Las drogas no son para todos. Algunos congenian su inteligencia con ellas o sin ellas (como los Beatles ). Otros, simplemente, sucumben y se les ayuda, como se ayuda a un accidentado o a un no correspondido. Si estigmatizamos al drogadicto como delincuente, tal marginación lo estropeará como persona. Tal como toleramos al enamorado intransigente o al ebrio desaprensivo, nada dista de poder convivir y entender a otros humanos mucho más “ensimismados”, en todo el sentido de la palabra.
Para bien o para mal, las drogas –como el amor— sólo potencian lo que tenemos dentro. Y, el inalienable derecho a disponer de lo nuestro, incluyendo nuestro propio cuerpo, lo estamos cediendo por miedo o, peor aún, por ignorancia. De esta se enriquecen narcotraficantes y perseguidores, esos falsos moralistas.
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