En política no se presume la inocencia
El congresista Solari se ha defendido con ataques. Como si estuviese acorralado. Su desafortunada reacción ante el endeble informe del programa de De Althaus no se justifica. Si lo cuestionan por indicios de vínculos impropios o de presunto enriquecimiento ilícito, debió refutar tales especulaciones. No hacerse el ofendido.
No puede, pues, alegar presunción de inocencia, como pretende. Una investigación periodística no es un proceso judicial. Sólo por pertinencia se hace extensivo este principio jurídico. En política, por salubridad, sucede al revés: todos son culpables hasta que demuestren lo contrario.
Quienes entran en la disputa del poder público deben saber a qué se exponen. El control sobre su ambición debe ser constante y permanente. No puede existir confianza hacia quienes disponen coercitiva e impunemente de lo que nos es más caro: nuestros derechos y patrimonios.
Esa posición de privilegio y ventaja sobre los demás, debe ser contrapesada con un cuestionamiento implacable de todas y cada una de sus actividades y operaciones. Son los ciudadanos los que deben controlarlos a ellos. No al revés.
La confianza nace del respeto mutuo en los acuerdos de voluntades. Ello funda el derecho. Mediante la política, la gente se ve obligada a acatar no sus acuerdos responsables sino lo que los políticos les imponen. Estos no descubren y consagran cuáles son las leyes que propician el orden, sino tratan de construir el que a ellos les parece o conviene. De ahí la necesaria desconfianza hacia estos “bienintencionados”.
Sucede que en el Perú, la manera más rápida de ascender social y económicamente es mediante la incursión en la política. La democracia ha demostrado ser demasiado generosa con estas gentes. De otro modo jamás podrían ostentar algún reconocimiento. Para ello se “encumbran” sobre sus pares. Medran del trabajo de los demás.
Demasiada libertad tienen los políticos
No es gratuito que todos prometan sacarnos de la pobreza con el dinero ajeno. Ese es su negocio. ¿Cómo podrían renegar de este sistema aquellos que secretamente aspiran a valerse de él para sus propios fines?
Pero, ese no es el camino. Sólo se sale de la pobreza si se garantiza la protección de los bienes personales. La seguridad que da ello es la que propicia los intercambios. Mientras más rápidos sean estos, más rápido se incrementará el capital; esto es, la riqueza. No hay ningún misterio ni espíritu por descubrir. He ahí la esencia de la prosperidad: libertad del mercado fundada en la protección de los derechos de propiedad.
Los pobres son pobres porque los políticos los ilusionan con las riquezas ajenas. Los quieren tanto que sólo desean que sean cada vez más. Por eso no les reconocen sus propios derechos. Son el substrato de su ineptitud, la fuente de su prosperidad, su razón de ser.
Lamentablemente, el Perú no tiene una tradición de libertad sino de sumisión.
Debe acabarse con ese servilismo que pretende intocables a los “poderosos”. De otro modo, estos nunca nos dejarán salir del subdesarrollo.
Ejemplos de que hacen lo que les da la gana, por citar algunos de los tantos que a diario se suceden, son: 1) Toledo, ufanándose de méritos que no le corresponden, cuyas ínfulas últimamente lo han llevado a maltratar a los alcaldes arequipeños. 2) La campaña proselitista de la Premier en las zonas marginales, ni más ni menos que con el dinero de los contribuyentes. Parece que se trata de no perder vigencia, como decía la olvidada Susy Díaz (personaje que hizo lucrativa la estupidez).
Si Solari puede acreditar la transparencia en sus transacciones nada tiene que temer por su honra. Han habido escasas, pero honrosas excepciones. No obstante, lo que priman son las horrorosas decepciones. Esto es, cuando ha habido verdadera voluntad de investigarlos.
Con todo, el periodismo no debe cejar en su vigilancia de quienes se supone deben ser nuestros empleados, no nuestros soberbios “gobernantes”. Estos últimos son para quienes les place el yugo. |