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Con suma piratería

Medio Lima ha visto Shrek 2 un mes antes de su estreno. Verla en el cine, no obstante, será un placer diferente. Para todos hay en un mercado libre. Pero, esto lo ignoran en Indecopi.

Un proyecto de ley pretende criminalizar el consumo o circulación de las copias mal llamadas piratas y encarcelar a quienes las proporcionan. De aprobarse, medio Perú (o, casi todo) debería ser castigado. Consagrar un privilegio monopólico como este es atentar contra los consumidores.

La diferencia de veinte dólares por un “original” y de dos soles, por una “copia” de un mismo producto es irrefragable. En ambos hay ganancia, pero el costo lo asume el consumidor.

Esta gran diferencia sólo se debe a que no existe una clara noción y límite en cada derecho. Bajo el soberbio nombre de derechos intelectuales caben ambigüedades que deben esclarecerse.

Dos conceptos distintos

Hay que distinguir: una cosa son los derechos de autor y otra, los derechos de copia o copyrigths . Por los primeros se respeta la paternidad del creador y la inalterabilidad de su creación. En los segundos, la difusión o distribución de la obra.

Una vez que sale de su mente, el autor puede vender la exclusividad. Quien compra estos derechos debe asegurarse de distinguir su producción. Cuando esta es aprehendida por otro, forma parte de la propiedad de este último, pero no puede atribuirse la obra.

Es así como se divulgan las creaciones o ideas. Sobre estas no debe haber privilegios arbitrariamente disfrazados de juridicidad. No hay nada inmoral, y menos aún ilegal en querer disponer de aquello que se ha aprehendido al pagar por ello.

Es como pretender que si alguien registra la ensalada de frutas, prohíba a los demás, por ley, la elaboración de ensaladas de fruta. Idéntico razonamiento existe con cualquier comercio, (o, en el caso de patentes, por ejemplo, de medicamentos).

Son la eficiencia, la variedad y el precio lo que atrae a las grandes mayorías hacia la edición pirática (el adjetivo es borgesiano). La calidad del producto adquirido decide la elección del ofertante. Si este último se desprestigia, el costo del error será menor.

Esta es la esencia del sistema de mercado libre, por definición, “producción en masa para la satisfacción de las masas”. Los negocios, obviamente, no son eternos. Se renuevan o adaptan o se anquilosan y frustran. Si alguien ofrece un producto de manera más eficiente, debe competir.

La gloria del creador

El artista, por otra parte, busca la eternidad (o, por lo menos, ser recordado unos trescientos años). No condiciona su creatividad a lo material. Esta diferencia lo endiosa. Así, está más allá del bien y del mal.

Es por ello que, por ejemplo, el mundo celebra hoy el centenario del Bloomsday . James Joyce, padre de éste y autor del Ulysses , a perdurado en la memoria por su genial plasmación de la belleza. Si negoció bien o mal la exclusividad de su arte es preocupación semejante a la que adoptamos todos por nuestros propios negocios.

Creando una barrera artificial se restringe la divulgación del conocimiento o de la cultura. Es como querer monopolizar los recuerdos. Pero, tal como la mente es refractaria a toda coerción, la restricción política no puede impedir esta legítima difusión: empobrece el proceso civilizador.

desbordecapital@hotmail.com

 

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