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¡Que se vayan!

“El que gobierna soy yo”, ha dicho Toledo. Y ello resuena como el arrogante desdén de un impotente absoluto. No sorprende, pues, que a la mitad de su mandato haya alcanzado el error estadístico. Ya no se le acepta.

Ha sido un demagogo muy angurriento. Las falsas expectativas que sembró durante y después de su campaña, han dado sus violentos frutos. Su vacancia o renuncia es inevitable. Si se queda será peor.

Temporalmente aplacaría a las masas enardecidas. Sería una señal de cambio. Habría tiempo para colocar las cosas en su lugar. Un orden que aspira a ser libre, debe ceñirse a reglas claras, no a dubitaciones.

La democracia no es la turba. Tal como la mentalidad del esclavo teme a la falta de amo, algo semejante ocurre con quienes piensan que habrá caos y anarquía si se van él y su camarilla. No es así.

Ninguna sociedad se desintegra ni perece por falta de gobernantes. Es el orden intrínseco de los intercambios lo que la cohesiona. Esta es la base del orden jurídico y del orden político.

Son las distorsiones que causa la imposición de este último los que ocasionan la frustración y las revueltas. El desborde de violencia popular de estos días es solo una de las consecuencias del desgobierno (en el “año de la gobernabilidad”). Pero, ésta no se resuelve con falsas promesas ni con represión policíaca.

Si la turba amenaza la propiedad pública y privada, otras son las medidas que se deben adoptar. La masa no razona. Como todo rezago animal, su cohesión se debe a la percepción de miedo y de agresión foránea. Por ello, reaccionan.

En general, pues, es la frustración del respeto a lo propio lo que genera la violencia. Si bien, nadie puede coaccionar a otro a hacer lo que no quiere, la regla de la turba contraría a la de la democracia. Por ello, debe saberse cuáles son los límites de las pretensiones que se exigen. Ninguna debe superar a lo que le corresponde.

Algo tan elemental como mantener un orden que se ajuste a la protección de concretos derechos de propiedad no ha sido posible gracias a que, por vía política éstos se han relativizado y vulnerado, para favorecer a los amparados por el poder de turno… Esa es la percepción que explica el aún 4 %.

Toledo es un bluff . Tarde se ha entendido que los títulos académicos no garantizan ni inteligencia ni sensatez. No es un líder. Es un embaucador, un arribista. Y, ahora, un indeseable, a quien nadie respeta. ¿Cómo se respeta a quien no lo merece? ¿Por ley?… Debe irse.

El “peruposibilismo” (cualquier cosa, menos una ideología) hace tanto daño a la democracia como el marxismo o el fascismo. Está, eso sí, perfectamente representado por Toledo: un inca-paz.

“No es suficiente que esteamos bien”, dice. Ruega que el “efecto del chorreo , resuelva el problema del empleo”. ¿Qué puede esperarse de este sujeto?

Alguien que confunde la democracia con el privilegio personal y el clientelismo no debe ocupar el sillón presidencial. Menos aún su camarilla.

Ello incluye al vivazo de Ferrero, quien sobrevive haciéndose el muertito. A Popy, que no va a caer solo. A Raúl Diez Canseco, quien sigue pasando piola. A Eliane Karp… En fin, un largo etcétera que incluye a quienes pagan sus cupos por puestos de trabajo.

desbordecapital@hotmail.com

 

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