NUESTRA LEGALIDAD ANTIMERCADO
Hernando de Soto ha dicho en CADE que el principal problema del Perú no es económico, sino legal. Para un viejo liberal esto no es más que una perogrullada, pero en un país como el nuestro “perogrulladas” de esta ralea nunca estarán de más.
Cierto, este tipo de advertencias jamás dejarán de ser necesarias en un paraje donde el respeto a la Ley, al contrato y a la propiedad privada no son precisamente las constantes. Así es, nuestra lejanía para con estos valores propiamente jurídicos nos ubica en las antípodas de la civilización y del progreso.
Derecho delivery
Quizá en los pasillos del Poder Judicial esto último cobre matices mayúsculos. El cohecho y coima campea por doquier, obviamente en directa proporción al espíritu de una legalidad que ya lleva doce cartas fundamentales en su haber. En ese sentido, nuestra vocación por el caos y el desorden nos es “constitucional”.
La falla proviene de la manera en que hemos asumido el derecho. Es absurdo pensar que un elemento tan valioso pueda provenir de seres tan discutidos como los políticos, empero así es. Nuestra legalidad es hechura de estos, en las más de las veces, impresentables personajes.
En ellos el sentido común solo es concebible si es que no colisiona con sus manías y ocurrencias. Desde las ínfulas del legislador cualquier berrinche o muy personal negociado puede trocarse en ley. Ese es nuestro drama. La criollísima propensión a la sacada de vuelta y al compadrazgo es lo que configura a lo legal.
El derecho no puede continuar siendo una arbitraria fabricación de un puñado de individuos. He ahí el yerro que nos ha arrojado a los extramuros del primer mundo. Esto es lo que nos ha sustraído de la lógica y rigores de un concierto que lo único reclama es reglas claras, transparencia y sometimiento a los pactos.
El mercado solo exige un campo predecible de acción. Apartarse de lo antojadizo y voluble, esto es lo que este demanda para existir, de lo contrario la marginalidad será la salida. Y como no hay nada más frágil y maleable que lo político, la solución habrá de estar en tratar de proscribir injerencia de este factor.
No a las excepciones
Hay que romper con esta visión de lo jurídico. Esto es importante, la apertura de mercados no sabrá obsequiar sus bondades si es que proseguimos bajo una legalidad turbia y mercantilista. Tenemos que abandonar esa tara. La dádiva y el privilegio deben ser abrogados en favor de un orden igual para todos.
La Ley no debe hacer distingos. Todos sin excepción deben ser medidos por el mismo rasero. El auge del libre comercio no será nunca producto de la venia de un gobernante, sino fruto de la franca operatividad de nuestras libertades.
Para que ello aflore solo hay que bregar para que la burocracia estatal y los políticos no insistan en entrometerse en nuestras vidas. Debemos luchar para que nadie decida por nosotros. La insignificancia de nuestra economía y el escaso apego al derecho no son accidentales.
Tanto la prosperidad como el atraso que padecemos es por culpa de esta mañosa institucionalidad. Ni las coyunturales “emociones” de un caudillo ni los enfermizos delirios de un demagogo pueden reemplazar lo que desde nuestros derechos y propiedad juzgamos. Ninguna alquimia legislativa puede suplantar nuestras juridicidades, siendo que sin ellas todo desarrollo es un completo imposible. |