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Sueños de coca

Devida tiene una gran aspiración: hacer que las 53 mil toneladas de hoja de coca que se cultivan anualmente en el Perú se conviertan en 9 mil. Según ellos, esta última cifra es lo que el mercado nacional consume de manera lícita. Claro, “según ellos”, porque la realidad y la globalización dicen otra cosa.
Se olvida que la coca es un producto como el que más. Que está sujeta a las leyes de la oferta y la demanda, que es susceptible de ser negociada y traficada. Justo lo que hace que los afanes represores del famélico Estado peruano y del mismísimo todopoderoso EEUU fracasen rotundamente.
Quizá sea una total monserga recordar que cuando el alcohol era ilegal en los años 20 y 30, los únicos que ganaban con ese “no chupar” fueron las mafias organizadas (y las desorganizadas también). Pero nunca está de más revisar el pasado, pues con ello queda en claro que las prohibiciones siempre terminan alentando lo prohibido. Así pues, no hay mejor manera de alentar a consumir una cosa que prohibiéndola.
Eso es lo que hizo el Estado peruano cuando en 1978 se le ocurrió reprimir el cultivo “ilegal” de la hoja de coca. Es decir, el único y verdadero culpable del auge y existencia del narcotráfico es el propio Estado. El es el primer promotor del surgimiento de las mafias que antes de la prohibición simplemente no existían.
De esta suerte, cuando se nos dice que la erradicación del cultivo de la hoja de coca ilegal es una obligación porque lo manda la ley, entonces cambiemos la ley. ¿Por qué perseguir a gentes que hacen legítimo aprovechamiento y uso de sus tierras? ¿Por qué mandar a prisión a miles de personas que tan sólo satisfacían la necesidad de un cliente? ¿Por qué colocar a ese cliente como un marginal y delincuente cuando en puridad no lo es?
El Estado no tiene ningún derecho a prescribir qué es lo que podemos o no podemos meter en nuestros cuerpos. Darle la posibilidad de hacer ello (como efectivamente la tiene) es obsequiarle una por demás ofensiva e inútil “gracia” moralizadora. Ofensiva porque comienza a vernos como unos perfectos incapaces, como unos seres estrechos y disminuidos. Inútil porque su afán controlista se habrá de estrellar con la realidad que dicta el mercado, la economía, las cifras.
Cuando Devida reclama un presupuesto de US$3,749 millones para realizar “una efectiva labor”, lo único que está diciéndonos es que la lucha está perdida. Es aceptar una derrota, pero gritando a los cuatro vientos que “se puede seguir peleando”. Mismo Quijote, pero junto a un Sancho Panza altamente sospechoso. Si se considera que desde 1995 a la fecha EEUU ha colaborado con algo más de US$310 millones para los programas de desarrollo alternativo, ¿cómo se puede entender tamaña cifra?
Obviamente no pueden leerse esos casi cuatro mil millones de dólares como un monto posible de obtener. Sin lugar a dudas estamos ante una confesión de parte: que todo es inútil. ¿Cómo combatir contra un enemigo que logra obtener ganancias, sólo en el mercado europeo, de más de US$7 mil millones?
De hecho que la solución no estará en radicalizar la prohibición del cultivo de la hoja de coca y el tráfico y fabricación de otras sustancias, sino en su total liberalización.

Publicado en el Diario Correo de Lima - Perú el 24/04/2005

   

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