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Controlando el poder

La mejor forma de controlar el poder es entreteniéndolo. Distraerlo desde su vanidad, desde sus aires de importancia. Algo así como tirarle un hueso para que se distraiga, para que se aparte lo más posible de nosotros agitando desesperadamente sus alas, garras o patitas.

Ahora que se ha desechado la opción de la bicameralidad, no se debe de perder la perspectiva de ponerle freno al desmesurado poder de los políticos. Mientras que estos estén más distantes mejor para nosotros, más libres seremos. Así, hay que incapacitarlos de verdad.

No hay país que no viva con estos “flagelos”, empero sólo países como el nuestro han hecho del Estado en general y del Legislativo en particular el “motor” de su tercermundismo. Palmario, depender en grado sumo de lo que desde el poder se haga o no se haga es una evidente muestra del alto grado de incumbencia que la política tiene en el Perú.

Ello nos empuja a una institucionalidad perversa e incivil, donde ya únicamente se será libre por excepción. Ni siquiera por vacíos legales (la tierra de nadie), pues si estos existen es que no hay fehacientemente posibilidad de hacer nada. Todo está hecho para obstaculizar a la gente, nunca a la inversa: que esta obstaculice lo que la inmoviliza, lo que no la hace explotar y dar lo mejor de sí.

Esta es la “institucionalidad” que tenemos. Un orden donde se padece por permitir que la política nos diseñe el día a día y el futuro. Un esquema que acusa una ausencia de control, donde no se ha logrado que el Estado y sus secuaces se recreen son sus pequeñeces, sino que son estas las que nos devoran a nosotros.

Verdad, lo que urge llevar a cabo es que lo político se encierre en su mundo y que de ahí no salga. Ya que se suele sentir en el cielo, que en el cielo se quede. La apuesta por la bicameralidad bien pudo estructurarse desde este influjo, mas la intención era insistir en los defectos.

Igualmente los asomos parlamentaristas tienen esa pretensión. Desde él se sinceriza la mayestática presencia de un Presidente de la República constitucionalmente irresponsable haciéndolo un mero muñeco de torta (que no es poca cosa), a la vez que pone en tierra a un Parlamento que hasta ahora sólo sabe pedir cámara para lanzar dardos a cualquiera menos a sí mismo.

Y ello porque se rompe la “impunidad verbal” de los líderes políticos. Hablar no cuesta nada, decir sandeces tampoco. Pero abrir la boca sabiendo que el impacto de esas palabras bien puede catapultarlo al cargo de Presidente de Consejo de Ministros es harina de otro costal. Aquí la escopeta de dos cañones será menos ruidosa y más racionalmente propositiva.

Si a esto le agregamos la renovación por tercios (o mitades) del Congreso, entonces las ínfulas absolutistas se deshacen en el acto. Sin sintonía con los electores y la opinión pública no hay manera de perdurar. ¿Esto último animará a la demagogia? Si se nos tiene cogidos del cogote por obra y gracia del voto obligatorio sólo se puede esperar una gran distorsión. Exactamente, el relajo pro lumpenesco que no se podrá encontrar (en la misma proporción) cuando el voto nace del que realmente quiere sufragar.

 

   

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