¡FERRERO, EL DEMÓCRATA, JA, JA, JA!
Podríamos decir que a este camarón no se lo lleva la corriente, sino que este se va del brazo con ella. Las virtudes para acomodarse en el poder son innegables en don Carlos Ferrero Costa. Fujimorista hasta la hora nona, el hoy reemplazante de la doctora Merino se pone sobre sus hombros la responsabilidad de capear el enésimo temporal de este gobierno ducho en torpezas.
El panorama arrabalero que nos envuelve no podía “ofrecernos” mejor personaje como el de este ex miembro de Cambio 90-Nueva Mayoría. Para ponerse la soga al cuello don Alejandro Toledo es todo un virtuoso. No hay en el escenario político un tipo con mayor rabo de paja que el ex presidente del Congreso. Si Beatriz Merino se descalabró fácilmente ante cuestionamientos éticos comprobados pero superables (la Chonati y su parentela empleada en la SUNAT), qué no habrá de ocurrirle a una tremenda joyita como Ferrero.
Hagamos memoria, don Carlos se distinguió durante el fujimorato por ese argumentar calmo y ecuménico que entre condescendiente y cínico avalaba sin reparos cada una de las tropelías más trastornantes del ahora prófugo ex presidente. Personalmente, aún recuerdo con total nitidez cómo el estrenado Presidente del Consejo de Ministros promovía con emocionada erudición las bondades de la Constitución Política de 1993, precisamente aquella carta que cuando fue Presidente del Congreso (una vez caído Fujimori) alentó modificarla con igual alegría, convencimiento y soltura.
Él no sólo apoyó el golpe de estado del 5 de abril de 1992, sino también las sucesivas reelecciones de Fujimori y las leyes de amnistía en favor de los militares violadores de los derechos humanos. Todo lo justificaba con el mote de que “nuestra democracia es imperfecta”. Propuso a Montesinos (tenido como el paladín de la pacificación) como Ministro del Interior con el afán de callarles la boca a los críticos a la vez que ensalzaba al mafioso asesor presidencial que por estas fechas solía obsequiarle esas fastuosas canastas navideñas de mil dólares.
¿Es este el hombre que le va a dar nuevos aires al país? A lo mejor don Carlos esté pensando usar el perfume de las anfitrionas para refrescar el ambiente, especialmente luego de las últimas encuestas que le dan a Toledo un ridículo 10% de aprobación.
Es lo único que puede hacer. Al encargado de apuntalar al régimen a través de una alta cirugía política hay que tener cuidado. El drama de Beatriz Merino fue no poner las cosas en claro desde un principio, en cambio, por lo que conocemos de Ferrero, la cualidad del “caserito del SIN” (según el congresista Sibina) es precisamente no aclarar nada.
Él, que muy bien podría suscribir la famosa frase de Groucho Marx, señores estos son mis principios, y si no están de acuerdo, tengo otros, es el que tiene que apaciguar las aguas de un mar de idas y venidas y poner los puntos sobre las íes. Cosa por demás complicada para quien ha demostrado que la coherencia no va con él. No olvidemos que como Siura y Espichán, Ferrero es parte de la galería de rostros de la sinrazón que respaldaban ese criollísimo desprecio por los valores constitucionales y de la ética más elemental.
La misión que se le ha dado es la de, mismo fray Martín de Porres, darle de comer en un mismo plato a perro, pericote y gato. Pero dárselas de regalón como premier va a ser muy complicado. Allí no hay vicepresidencias que multiplicar ni incremento de planillas de asesores que engordar, aunque sí una lluvia de millones que el paquetazo-reforma de Merino le ha legado a las fauces populistas de un Perú Posible que no querrá quedar en ridículo el 2006.
Quizá ese don de la ubicuidad que lo tiene en vigencia desde los días más duros del fujimorato podrá servirle para alargar los tiempos y mecer a los ansiosos opositores de un Toledo cada día más a la intemperie. Mas ello sólo será capitalizable desde la “pura política”, no desde lo social. Jugar al embromamiento puede ser un suicidio, aunque Ferrero sabe muy bien cómo zafar el cuerpo para no pasar a mejor vida y seguir fungiendo de civilizado y respetable.
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