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ALTO A NUESTROS INCIVILES POLÍTICOS

Si el grueso de la población supiera lo que económica e institucionalmente nos cuesta a la totalidad de los peruanos cada ocurrencia de nuestros legisladores, obviamente otra sería la situación. Se convertirían en un activo e insobornable freno a ese patológico afán por eternizar el arte de vivir de los demás.

No hay por qué ofenderse. Cada norma y hasta cada desafortunada declaración acarrean sus consecuencias, siendo la más inmediata el directo resentimiento y la afectación nuestros contados capitales, desde el más rico (que en el Perú son lamentablemente escasos) hasta el más pobre (la inmensa mayoría). Así, pues, cuando escuchamos que en Congreso de la República se está a punto de expedir una ley sobre esta o aquella materia hay que ponerse en guardia ante, de seguro, un intento más por pasarnos la factura.

Esa es una constante que no es exclusiva de nuestra poca imaginativa y nada abnegada clase dirigencial, sino que es parte de la lógica misma del que concibe que, si ha llegado a ocupar tan alto cargo dentro Estado, se encuentra, por esa misma razón, plenamente facultado para proceder como un sátrapa. Como diría cualquier estrenado funcionario público que recién ha sentado su “humanidad” en algún jugoso puesto ministerial, “pide lo que quieras compadre que el pueblo paga”.

Esto lo hemos visto en el pasado, lo seguimos viendo en el presente y de proseguir con las cosas sin modificación alguna entonces tendremos que seguir padeciéndolas hasta que los números en rojo nos pinten la cara con el grito de “quiebra”. Sólo así se aprende. La desgracia argentina es producto de que nadie les puso un efectivo “alto y hasta aquí nomás” a estos seres que coligen que no hay nada sagrado en sí mismo, excepto ellos. No prosigamos con aquella ceguera que únicamente sabrá ir minando, como siempre, ese nuestras alicaídas arcas, y, desde allí, nuestras moralidades y autoestima.

La descapitalización del país es básicamente por obra y gracia de un esquema que perpetúa el imperio de una legalidad de la que unos cuantos gozan a sus anchas mientras que el inmenso resto marcha por una marginalidad que, hasta al presente, no es asumida como “la solución”.

Así es, son aquellos sectores hasta hace poco vistos por sobre el hombro por el establishment empresarial y político los que mantienen en pie al país. Ello lo hacen desde una convicción lo suficientemente práctica y elemental como para evitar siquiera asomarse por esa intrincada y desalentadora tonelada de normas y disposiciones que los diferentes gobiernos y parlamentos han instituido para desgracia general.

Si los comerciantes que dan trabajo a miles de compatriotas se sometieran a las dudosamente románticas exigencias en aras de la “justicia social” y la “dignidad humana” hace mucho que hubiesen sucumbido. Esto no es casual. Es parte de la esencia de un mundo hasta ahora incomprendido, el que se maneja una visión simple, y por ende sabia: no se puede hacer caridad en estado de falencia.

No hay secretos. Si es que hay que tomar la decisión entre el “vivir” o el “morir” no se puede apostar por lo primero dándole la espalda a la realidad. Esa es la cuenta pendiente que tenemos. El edificio de fantasías e ilusiones que en el que los políticos nos conminan a “gozar”, como ellos gozan (con nuestra plata), no va más, si es que alguna fue viable. En ese tenor, lo que se debe de hacer es romper con el vicio de los demagogos, que es el ser generosos con lo ajeno.

No más inútil papeleo y formularios ni mucho menos falsos ideales de una solidaridad concebida como una esquilmación. Desterremos la pesada carga de vernos forzados a renunciar al sentido común para alinearnos a esa castrante, burocrática y onerosa existencia de los que, desde sus calculadas ínfulas, nos impelen un encausamiento que ni ellos, cuando tengan que regresar al día a día, estarán dispuestos a cumplir.

En conclusión, apostemos por las gentes se mueven en un llano y silvestre discurrir, esos hombres y esas mujeres que, como tú y como yo, sólo ansían respirar al margen de los que exclusivamente apetecen alcanzar y/o mantener esa efímera e incivil fama que el poder otorga.

 

   

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