LEGISLADORES SIN DERECHOS
Si Cicerón viera que la Ley y el Derecho están en manos de un antro llamado Congreso de la República no dudaría en pedir volver a ser ejecutado. Sólo con husmear los currículos de cada uno de los personajes que habitan ese malquisto recinto uno entra en pánico. Empero, si estuviéramos ante angélicos parlamentarios el núcleo del problema no cambiaría: no podemos catalogar como Ley cualquier ocurrencia de estos tipos.
Esto no es una invitación a la anarquía. Todo lo contrario, es una invitación a ponderar la auténtica dimensión de la Ley y del Derecho. Esa aberrante concepción que juzga que la Ley es sinónimo de aquello que garabatean los políticos, eso sí que es una franca invitación al caos. Leyes con nombre propio, de afición expropiatoria y/o simples cantos a la estupidez es lo único que se puede esperar.
Y ello no sólo se da solamente por la chusca calidad moral o intelectual de nuestros congresistas, sino por burdos pilares constitucionales que los sostienen. El regirnos por un orden que asume que el mero antojo de unos cuantos puede terminar convirtiéndose en Ley para todo un país es lo que nos ha colocado en esta endémica vocación de desprecio por el Derecho. Cierto, ello es lo que termina alimentado toda una visión mercantilista y pendenciera de lo jurídico; como se dice, hecha la ley, hecha la trampa .
A partir de estos soportes poco o nada se puede aguardar de un legislador. Este sólo será útil en la medida en que se ciña a las pautas que emanan de los derechos de las personas. Únicamente sometiéndose a estos cánones podemos estar seguros que lo arbitrario y pendenciero ha sido dejado de lado para darle paso a cada uno de los delicados hilos que componen lo jurídico. Un universo de cosas que no brota de la caprichosa entelequia de un burdo Mufarech, de un repulsivo Valdéz o de una plagiadora como Yanarico, pero tampoco de un honesto y respetado Henry Pease.
Para nada, el derecho es un producto estrictamente social. Uno tiene derechos no porque estos estén insertos en un texto llamado constitución. No, uno los tiene por el sólo hecho de vivir en sociedad, de juzgarse y ser juzgado como un hombre libre, dueño de sí mismo y de lo que logra a partir de su propio esfuerzo o fortuna.
El reconocer y respetar los predios de los particulares es lo que forja la civilización. Esta no viene gratuitamente ni de súbito. Igualmente, el derecho tampoco nace por obra y gracia un legislador. Este, como el que más, deberá de someterse a él. Es decir, las heredades de los individuos preceden a cualquier tipo de reivindicación. Así, si alguna labor le habrá de quedar a esos abusivamente calificados como padres de la patria, esa no será otra que la de concentrarse en resguardar los fueros de los privados a través de la efectiva limitación del poder del Estado.
Esta debería de ser la exclusiva tarea de los legisladores. Con ello la Ley y el Derecho volverían a tener esos visos de civil superioridad que las legislaturas le han birlado. Que el insano provecho de unos pocos se revierta en provecho de todos únicamente es dable a partir de una noción no política y privatista de lo jurídico. Sólo bajo esa vocación es que nos acercaremos a la civilidad, jamás desde esta imperante legalidad que absurdamente nos empuja a la marginalidad para ser libres
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