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LLUVIA DE UNIVERSIDADES (NACIONALES)

Todos quieren su universidad nacional. No hay provincia del Perú (y quizá ni distrito) que no juzgue que merece contar con una casa de estudios superiores. “Para qué tienen que viajar tan lejos los muchachos si es muy simple convertir cualquier pampón en un Sorbona”. Tal es como se razona. Al fin de cuentas, siempre habrá un demagogo suelto en plaza dispuesto a comprarse este tipo de reclamos efectistas.

Así, estamos ante la resultante del discurso chusco y barato de quienes sólo reclaman todo para sí a cambio de nada. La patente expresión de un orden de cosas que privilegia la forma antes que el fondo, la pose antes que la sustancia. La universidad como una cuestión de estatus.

De este piso es que emana el grito oportunista de quienes buscan no sólo socavar la lógica y el sentido común que nos dice que la inteligencia y el saber no son precisamente democráticas, sino que también tienen un precio. Esto es lo que hay que extirpar. Si queremos adentrarnos hacia una efectiva modernización del Estado lo peor que podemos hacer es insistir con esquemas que sólo han sabido de corrupciones y fracasos. ¿O es que acaso no sabemos que hace décadas las universidades nacionales son feudos de determinadas mafias partidarizadas?

Si se quiere jugar al discurso de la “educación pública” como sinónimo de civilidad y de “democratización” entonces seamos consecuentes y renunciemos al Estado como dispensador de la “felicidad suprema” para pasarlos a las ruidosamente estrenadas regiones. ¿Por qué un habitante de Maynas tiene que pagar con sus impuestos la educación de un puneño? Cada gobierno regional debe de cuidar por lo que tiene en su suelo, pero sobre todo lo que sus propios habitantes han concebido. Así, si quieren universidad, entonces que les cueste su plata. Que asuman los riesgos de sus propias elucubraciones y caprichos.

Quizá ello no logré darle definitivo fin al manejo ciego e irresponsable que los grupos políticos hacen de las universidades nacionales, pero ciertamente aproximará este universo de problemas a las gentes de su jurisdicción. La premisa debe de ser la de acercar a la universidad pública a su respectivo “público” para que este tome directo conocimiento de lo que acontece con aquella institución que en su momento demandó y que existe por y desde su peculio.

Sólo bajo patrones de esta índole podemos tomar el toro por las astas y enfrentar esta hola de reclamos por crear universidades nacionales a diestra y siniestra. De lo contrario únicamente se estará llevando a las provincias cada una de las taras e inconvenientes que la administración estatal sabe obsequiar desde su capitalina distancia.

No hagamos que los más que escasos recursos que posee la universidad nacional se esfumen por iracundias y arrebatos de esos que para ponerle nombre y apellido a sus ocurrencias no saben de reparos ni delicadezas, sino de pura arbitrariedad. Pobre José María Arguedas, no sólo se traficó con sus restos mortales por puro oportunismo, sino que ahora ese oportunismo se institucionaliza: Arguedas pasará a ser una universidad más, de esas que agonizan y viven en la mendicidad hasta el fin de sus días. Y justamente en esa Andahuaylas que no precisamente amó.

desbordecapital@hotmail.com

   

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