LOS FUNERALES DE MADAME “JUSTICIA”
“¿Cuánto me vas a costar?” Esta es la interrogante que lanza todo aquel que busca adquirir, rentar o disfrutar de algo o a alguien. El válido juego del comprar y vender que ha hecho de este mundo un infinito campo de interrelaciones que hace mucho que no sabe de fronteras. Contundentemente, un existir carente de mayores límites, salvo los de su prosaica pero lícita apetencia.
Esta es la pauta que rige a este rotundo presente. Nada escapa a este canon. La civilización se ha forjado desde esta senda. En tal medida, plantear o insistir en un sistema de justicia ajeno a estos visos es, incuestionablemente, una postura altamente anticuada. Justamente, ello es lo que tenemos entre manos.
Nuestro esquema de resolución de conflictos, al ser de esta traza, resulta por demás perverso. Al negar estos supuestos se delata como irracional. De aquellos parámetros que jamás ponen sus ojos y sentidos en lo medular de este fenómeno: el individuo.
Esto es gravitante. Al no contarse con este factor se deja de lado lo práctico y creativo. Se soslaya que le génesis de cualquier exigencia reparadora tiene su núcleo en este acontecer. La mutilación de la posibilidad de resolver nuestros problemas de forma privada y personal significa, a la par, una grosera expropiación a la facultad de ejercer nuestros derechos del modo que mejor juzguemos conveniente.
En este caso, el asumir que el remedio a una dificultad con otra persona puede tener una solución diferente a la mentadamente oficial sigue coligiéndose como una excepción a una regla carcomida por sus vicios. Ello es un tremendo error.
Lo único que se logra con esto es relegar el capital (tanto el contable como el humano) a un plano estrecho y secundario, cuando en verdad es por este intermedio que se erige lo jurídico. Ello es relevante a todo nivel, tanto en el campo de los grandes negocios, con el extraordinario auxilio que le brinda el arbitraje, como con la presencia de los muy respetados y rurales jueces de paz no letrados en las lejanas comunidades de nuestro Perú.
En ambos ejemplos el Estado no desembolsa un solo centavo. También, en estos dos universos tan disímiles, las gentes que emplean tales instancias lo hacen de forma voluntaria, haciendo uso de su libertad. Tampoco hay imposiciones de por medio.
De esta suerte, ¿es dable proseguir con esta suerte de monopolio judicial que nos arrastra a todos al fracaso? Por qué no plantear vías alternativas y competencias como las antes señaladas para que rompan de una vez por todas la exclusividad que detenta el Poder Judicial en esta materia.
Esta es la médula del asunto. La eterna torpeza mirar el bosque pero no reparar que antes que nada se tiene delante de las narices una enorme variedad de árboles. Una gama de apetencias y singularidades que, de proseguir este lacerante status quo, la sociedad jamás podrá obsequiarse lo mejor de sí, sino todo lo contrario, precisamente aquello que hoy impera.
Cierto, la indecencia y corrupción que hoy tiene secuestrada a la justicia formal es la innegable muestra de unos recursos (empuje y dinero) mal encausados. ¿Qué hubiese ocurrido si en lugar de engordar la connivencia y el delincuencial compradazgo se hubiera canalizado estos “esfuerzos” hacia lo puramente privado? De hecho, las cosas serían muy distintas.
Por el bien de todos enterremos lo más rápido posible a este pestífero y contaminante difunto. No tenemos por qué soportar un orden como el actual, en el que la propiedad y el derecho quedan supeditados a una especie de callejón oscuro en los que auténtico interesado (los litigantes) jamás habrán de saber, fehacientemente, qué es lo que les va a pasar, y ello porque los únicos conocedores de cada línea y rincón de la trama serán los indolentes agresores. Puntualmente, esos burócratas que, rotulados como “servidores públicos”, solo saben extender la mano para estrangular un billete que perfectamente debió haber tenido un fin mucho más sano, siempre justiciero, nunca malviviente.
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