¡ARRIBA LAS MANOS, SOY EL MESÍAS!
Aunque parezca paradójico, esa vocación por creerse el salvador de la patria es ya una palmaria muestra de nuestra modernidad. Claro, si asumimos que lo moderno es un George Bush blandiendo sus misiles como en su día un templario agitaba su espada contra el infiel o que ese infiel, en versión Al-Qaeda, le diga a España que su intención es recuperar los territorios musulmanes, entonces cualquier disparate está permitido.
La característica que ha venido confirmándose a lo largo de estos de ya más de quinientos años de Edad Moderna es la afirmación del yo por sobre cualquier otra querencia. La magnitud de este fenómeno es tal calibre que cada vez que alguien ha expresado un argumento disidente con su ego inmediatamente comienzan a surgir por doquier los efluvios de su mutilante pero a la vez vano esfuerzo. Y ello porque la marca de esa apetencia que pretende confundirse con lo comunal, con lo colectivo, ya le es inocultable. Así es, la subjetividad que lo llena todo se trasluce por doquier.
He ahí la semilla que derrumbo a la Antigüedad. En ese sentido, hay algo fascinante en medio toda esa febril, desembozada y hasta a veces conmovedora forma de manifestarse “expedito” para treparse en la cima del poder político. Ciertamente lo que llama la atención no son aquellas confesiones casi religiosas de verse a sí mismos como mesías o salvadores, sino esa pérdida de vergüenza por el ridículo que hasta hace poco limitaba al que más.
Ese desparpajo es el que me conmueve y me torna optimista. Lo demás sobra. Sería ingenuo, sino bobo, concebir que estas aficiones filantrópicas y asfixiantemente querendonas sean limpias y sanas de cabo a rabo. Para nada, lo positivo no puede estar en esas caretas llenas de color y de perfume, sino en el exclusivo hecho de este desborde de subjetividad y de energía. Esto es lo que deberíamos sopesar para curarnos de una vez por todas de esa enfermiza pero a la vez mañosa letanía de una “refundación” nacional.
Verdad, mientras continuemos coligiendo este tipo embestidas seudomesiánicas en toda su extensión escaso o nulo será lo benéfico. La individualidad sólo será fructífera si es que se le extirpa cualquier conexión con lo directamente político. En esa misma medida, lo político sólo será conveniente si es que brota de aquellos que se mantienen en lo puramente privado.
Ello sería una feliz regresión al concepto original de publicum . Es decir, aquello que emana del universo de los individuos, jamás del Estado. Lo republicano ( res publicum ) tiene su simiente en este discurrir que existe a partir de los hombres en su más llano proceder. Aquí cada quien busca su rumbo, la satisfacción de su interés, y en esa búsqueda va construyendo una estela de pautas, convicciones y valores que ni el más sabio de los seres podrá siquiera remedar por sí solo.
El mundo moderno está hecho desde estos hilos. Cualquier alternativa extraña a este orden únicamente nos indicará una propensión al destejido. Así, mientras más apuntemos a zanjar las distancias entre lo antiguo y lo moderno mejor será el piso que nos agenciemos. Es más, deberíamos comenzar a repensar el Perú desde aquí. Pero no como un ideal, sino como una contundente realidad.
Obviamente, ello demandaría un desapego por esa fascinación por el poder político que nos devora los sesos y las alternativas. El bullidor anhelo por secuestrar las riendas del Estado para edificar utopías nos es al unísono un síntoma de vitalidad y una tara. Es como el agua limpia que se pierde en el desagüe. Totalmente inaudito que se prosiga con esas ganas locas por hacerse del mando para curarlo todo como un chamán.
Bailamos al compás de lo moderno y de lo antimoderno con la misma soltura. Poco importa si los redentores provienen de la naftalínica derecha, del melindroso centro, de una izquierda de pantalones acampanados y de camisas de kilométrico cuello. Mucho menos interesará si es que estos “desprendidos” vienen de “todos los lados”, como es que dicta la moda. La carencia distancias entre lo eminentemente social y lo político es lo que nos estropea el panorama.
La escandalosa primacía de esto último sobre lo primero empuja a una marginalidad que debería enrostrarnos tanto la total posibilidad de no depender del Estado y de sus onerosos agentes. Pero ello también debería de advertirnos de una constitucionalidad en ciernes, tan ligada a la subjetividad que aqueja lo moderno pero que a la vez, como todo lo moderno, lleva consigo la simiente de lo anacrónico. Esto es lo que nos coloca a la intemperie frente a esa explosión de atolondrados egos que nos amenaza en cada víspera de una elección.
Es el drama de vivir a expensas del efecto “tinka” que alienta a esa fauna de seres que ansían fervientemente darle el golpe de su vida, y, desde ello, “voltear” la suerte de todo un país pero con ello a la cabeza. Sentarse sobre esa cúspide de improperios y pullas que es el poder, pasando por los atracos y las amistades que se pierden (y otras que “inesperadamente” se encuentran), es el máximo anhelo de toda una gama de lúmpenes, desempleados, magísteres, doctores y místicos.
Asumen que una vez apoltronados en el solio presidencial todo se tornará muelle y posible. Mismos enviados del Señor, para los que creen en el señor . ¡Y guarda con los “predestinados”, esos son los peores!
Vaya indigencia, si tuviéramos al menos una institucionalidad capaz de hacer que este conglomerado de chuscos posesos afecten mínimamente al dinamismo que desde lo privado se pare, otra sería nuestra suerte. Sin lugar a dudas, la savia del derecho jamás nos tocó ni por asomo. Todo lo opuesto, nuestra legalidad no es más que el viperino producto de esos tipos que hoy más que nunca se decantan como los auténticos marginales. Ello es lo que son los políticos. Precisamente a lo que aspiran los alumbrados de nuestra época. Si Lombroso viviera descubriría en la sola contemplación de sus cráneos y fisonomía toda una compleja jama de convicciones deformadas por sus pretensiones fundacionales.
Se imaginan a Rómulo y Remo poniendo primeras piedras en estos tiempos. O a un Manco Cápac hundiendo su vara de oro en un Huanacáure de cartón. Serían el hazmerreír. Quién va decir que ha sido amantado por una loba. Quizá venga por ahí alguien que pregone que las hormigas y los roedores fueron sus ángeles guardianes. No en vano el cuento de que “fui lustrabotas y vendedor de tamales cuando niño” es una siempre conmovedora y efectiva variante de los mitos antes citados. Empero, aún así, la magia que los envolvía se esfumo hace mucho.
Desde esta certidumbre el discurso de un Mesías contemporáneo tiene el mismo nivel de autenticidad y santería que el de un predicador evangélico. No te cura mientras no sueltes tu diezmo. No olvidemos que el político es el inmediato sucesor del sacerdote. En apariencia su mensaje es palpable y racional, mas su postura pontificante lo delatan como un hermano , como un cofrade de lo oculto y inexplicable.
Así pues, la manera de vislumbrar los hechos por parte de un “estadista” tiene la misma calidad de “calma”, “hondura” y “comprensión” que la de un Juan de Patmos al momento de redactar su Apocalipsis . Pura efervescencia. Locura. Arrebato. Quien crea no podrá pedir mayores explicaciones, sólo deberá seguir y decir que su Amo su separó los mares aunque él más bien recuerde que lo hicieron como cualquier profano.
El mundo antiguo podía permitirse estos desvaríos porque su brevedad y pequeñez demandaba una empatía de tal calibre entre los hombres que reclamar lucidez y lógica hubiese sido una solicitud lapidaria. En cambio, en la mentada Modernidad estos niveles de subversión son bienvenidas. Desde ello, pensar en “redentores” o “incas resurrectos” nos informa ya sólo de aprovechados y timadores, y ello porque en esta hora lo numinoso se ha esfumado.
Lamento decirlo señores, ya no hay cabida para refundaciones de ningún tipo. Esta certeza no viene de gratis. Bien pudiera decir que cada “esfuerzo” de los ineptos, crápulas y truhanes que han pasado por el poder ha rendido sus frutos, pero ello sería someterse a lo anecdótico. Lo palmario es que estos tiempos no van más con paternalismo de ninguna índole. La fuerza de los social es de tal magnitud que soslaya sería un crimen. El fracaso de la república se debe a estas convicciones que apuestan por lo quimérico antes que por lo tangible. Ello no es extraño. El estar por la constitución número trece refleja a las claras nuestra nacional propensión a lo bárbaro e incivil, ciertamente las antípodas de lo que reclama este nuevo orden, este mundo que, como el de ayer, amenaza continuar siéndonos ajeno.
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