BIEN VALE UNA MISA...
No cabe duda que la inicial ligereza de aceptar un cargo sin poner los puntos sobre las íes le está pasando factura a la doctora Merino. El centro de sus actuales disquisiciones debe apuntar por ahí. Si se queda o si se va dependerá de los resultados de sus personales cálculos.
Su falta de previsión política la ha puesto al lado del impresentable Rául Diez Canseco. Es verdad que ello es una exageración, no se puede equiparar su caso con el del todavía Vicepresidente, pero su escaso tino no podía ofrecerle otra cosa. Lo sucedido solo es resultado de una “vocación” por el servicio público que suele arrastrar hacía esos “malos hábitos” que al grueso de los políticos los eleva hasta el nirvana.
Esto debería preocuparle sobre manera a quien hasta antes de la denuncia de Hildebrandt era uno de los bolos presidenciables. Por lo menos hasta el martes en la noche la mitad de la clase política, con García Pérez a la cabeza, le exigía al presidente Toledo que la mantenga en su cargo. Obviamente, esto no era otra cosa que el consabido acomodo de una oposición siempre afecta a colgarse de los deseos de las masas, pero a la vez buscando que esta futura adversaria se “queme”.
Sabían que mientras más tiempo se mantuviera en el poder menores serían las posibilidades de Merino para el 2006, sobre todo si es que tenía que llevar a cabo una siempre impopular reforma del Estado, por eso es que le exigían mayor decisión y celo para con su impopular misión. Pero ella ya había dicho que la reforma no iba a ser traumática, a lo mejor ahí estaba el “secreto” de un éxito que todavía no sabemos si sigue en pie.
Hasta el martes en la noche el extraño respaldo a la doctora Merino era sólido. A pesar que no tenía, no tiene y quizá no llegue a tener nada que mostrar, el apoyo era categórico. Cierto, en sus casi seis meses de gestión doña Beatriz no está en condiciones de exhibir ningún logro. Su mal llamada reforma del Estado y la enésima expoliación tributaria que nos ha endilgado no tienen por qué llamarnos al optimismo.
Lo único que se nos ofrece es mayor gasto y despilfarro, en ese sentido, ¿de dónde brotó esa presunta conformidad de un 66% de encuestados? ¿O es que acaso ello no es más que uno de esos imponderables que dibujan la esencia nacional, es decir, esa muy peruana convicción de vivir de las vanas ilusiones, o un mañoso dirigismo de los políticos cazurros?
A la luz del último paquete tributario estaríamos insertos en la lógica del “más me pegas, más te quiero” que hacía de la premier un singularísimo desideratum (lo deseado). La criollísima autosugestión de encandilarse fervientemente por lo que aún no se ha cumplido y quizá nunca se cumpla. Innegablemente, el loco anhelo de un cambio total sin que se nada cambie. Una constante que desde antiguo nos está siendo onerosa. Únicamente así es como se puede entender tanta predilección para quien solo trabaja para perpetuarnos en un peligroso limbo.
Como si los tiempos estuvieran como para dejar que todo pase delante de nuestras narices. Ello tiene su costo. Cuando Merino se hizo de la jefatura del gabinete los peruanos vivíamos abrumados con una carga impositiva asfixiante y perversa que ahora se ha ahondado a través de una bancarización que no solo nos despojará de nuestro escaso dinero y nos alejará de la formalidad, sino que nos robará la libertad de decidir cómo pagar lo que compramos.
¿Eso es lo que la autodefinida liberal asumía como modernización del Estado? ¿No era que había que devolverle la iniciativa al los peruanos? Lamentablemente, la “doctora recaudación” nos estará dejando un Estado más antisocial y burocrático de lo que encontró en julio de este año. Ello si se va, más pensando en guardarse de otros mini-escándalos hasta el 2006 que otra cosa, pues, total, no será ni la primera ni la última en pecar, ni mucho menos ni la primera ni la última regresar.
|