CUANDO LA REFORMA NO REFORMA
Partiendo de lo que vendrá con el paquete tributario bien podemos vislumbrar con claridad lo que se está cocinando como reforma del Estado. A todas luces, ello no es más que el rumiar de una criatura que no sólo se resiste a desmantelar sus amorfas gracias, sino que también demanda mayores dádivas que, ¡oh sorpresa!, son promovidas desde la batuta de una liberal bastante extraña.
Verdad, doña Beatriz Merino es toda una rareza. Quizá eso se deba al exotismo de nuestra tierra o de repente a ese no se qué que los años dentro del Estado sabe regalar. Su burocratizada visión de la sociedad y de lo público nada tiene que ver con la doctrina del “dejar hacer y del dejar pasar”.
Para alguien que aspira a que cada peruano mute en un contribuyente ducho con los formularios, las cosas no pueden abandonarse así por que sí a lo privado. “No sentirse esquilmados, sino que estamos contribuyendo al desarrollo del país”, es la arenga de quien, desde su podio ministerial, osa hablar “en nombre de todos los ciudadanos del Perú”.
Bajo esta óptica, ¿podemos realmente aguardar algo medianamente interesante de la tan mentada “reforma el aparato estatal”? Difícil. En el fondo se sigue asumiendo que la existencia de aquello que llamamos “Estado” es casi gratuita.
No es de extrañar. Ello no es más que una breve muestra de la irresponsabilidad que le es concomitante a ese universo de seres que se creen salvadores y/o redentores de la patria. “Salvadores” y/o “redentores” que, obviamente, viven a expensas de los demás.
Así, pues, sea uno muy pobre o muy rico, pasando por toda la gama de variedades sociológicas que pudieran darse en medio de estos extremos, nadie se salva a la hora de cotizar en favor de este engendro.
Según el Diccionario Real Academia Española un “engendro” es una “criatura informe que nace sin la proporción debida”. Esto es sumamente importante, especialmente cuando este tema ha terminado por reducirse al campo de las singularísimas opiniones. No se toma en cuenta que aquí hay un piso jurídico que acusa, desde el viejo precepto romano, que nadie puede dar lo que no tiene.
Justamente el principio que desde el Estado se torna imposible de respetar. En ese sentido, quienes hablan que el Estado debe dedicarse “únicamente” a específicas cuestiones (salud, educación, seguridad, justicia e “infraestructura básica”) no hacen más que balbucear un clamor bastante vago e impreciso que no contesta a la interrogante que debe de hacerse antes que iniciar tamaña tarea: ¿Puede un engendro tener límites?
“Del modo cómo me respondas te diré quién eres”. Los que dicen “sí” poco les importará los absurdos y las incoherencias. Al fin y al cabo, pensarán parodiando a Mao, con el poder en las manos todo es posible.
Sin duda alguna, quienes aleguen tales “razones” estarán apostando por soluciones estrictamente políticas. En su cavilar no estará presente ni una pizca de respeto hacia los derechos y economías de las gentes.
Todo lo contrario es lo que se dibuja en aquellos que coligen que el Estado, por sí mismo, está impedido de colocarse candados y cepos. Infieren que la única manera de lograr un efectivo freno a las apetencias y desafueros del Leviathan es poniendo en preeminencia las libertades y bienes de las personas.
He aquí un genuino clamor constitucionalista. Únicamente desde esta senda es que ese dechado de impertinencias y arbitrariedades que es el Estado se aplacan. Será desde lo civil que lo estatal y lo político se redefina, jamás desde una propuesta distinta.
Concebir las cosas al revés sólo ahondará esta situación de anomia (ausencia o contradicción de lo legal) que nos acompaña desde nuestros republicanísimos orígenes. Insistir que a través de un Estado brioso y saludable la sociedad entera alcanzará la dicha no es más que un exabrupto de aquellos que buscan sacarle el mejor de los provechos a su promesa de “cambio” que nunca cambian nada.
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