EL MITO DEL “PERÚ, PAÍS AGRARIO”
Quien diga que el Perú es un país propicio para el agro sólo puede lindar entre el campo del completo ignorante o el del total farsante. Siendo que de ambos vive el sinvergüenza. Así es, aquí no hay término medio. Por ello no es casual que el primer nicho lo abandere el mismísimo inca-presidente y el segundo lo posea en exclusividad el hiperinflacionario y roba-ahorros Alan García Pérez, mientras que por el otro lado presenciamos el olímpico silencio de los empresarios agrícolas.
Vaya trío. Mientras ahora estos últimos dejan de hablar del libre mercado y de la competitividad porque los incentivos asoman para su provecho, por el otro el aprendiz de firma decretos comienza peligrosamente a coincidir con aquellos que mostraron sobrada destreza para hundir al país en las últimas tres décadas: la izquierda y el Apra.
Sueños de opio (o de coca)
El que un buen sector de la población haya optado por dedicarse históricamente al cultivo de la tierra solo nos puede indicar una muy elemental vía de sobrevivencia. Ello es lo que son los cocales. De este modo, el concebir que el agro es la panacea y que por ello debemos de dedicarle todo nuestro esfuerzo es un despropósito que únicamente podrá se disfrutado a sus anchas por lo aprovechadores de siempre, menos por los cientos de miles de campesinos de nuestro agreste país.
Ello deberíamos de saberlo muy bien todos los peruanos, pero a veces la desesperación nos invita a creer en la errada convicción de que nuestro suelo es generosamente cultivable. Nada más falso. El Perú, desde antiguo, siempre ha estado en una constante pugna por vencer su áspera naturaleza. Cierto, nuestro territorio es escasamente fértil, con un más que complicado manejo de las aguas y con una climatología cruelmente caprichosa y fiera.
Ello siempre lo supieron los antiguos peruanos, pero no los modernos. Desde que en el siglo XIX se incubó el mito de “Perú, país agrario” el grueso de la opinión pública ha apuntalado esta por demás onerosa falacia. La fracasada reforma agraria del velazquismo, la misma que precisamente se hizo al impulso de esta fábula, sólo pudo obsequiarnos una involución que aún hoy nos agobia.
De la yuca al choclo
Desde ese influjo lo único que se consiguió fue la descapitalización del campo. Si el Banco Agrario benefició a alguien ese sólo pudo ser al burócrata que cada gobierno de turno colocaba detrás de la ventanilla. El crédito sin interés que se le obsequiaba al humilde parcelero sólo supo servir para financiar cualquier cosa, menos al agro. Incluso ese dinero sirvió para que el proceso de migración del campo a la ciudad sea menos traumático.
Sensata decisión, sabían que esos soles no podían desperdiciarse en una tierra que necesitaba un mayúsculo nivel de inversión. El drama de estas gentes fue puntualmente aprovechado por todos aquellos politicastros y rentistas que durante décadas vivieron de nuestros impuestos.
¿Ello es lo que se quiere resucitar con este enésimo y dizque ahora definitivo relanzamiento de la agricultura? Con ello se estaría condenando a toda una nación a una nueva farra monetaria, pues para la campaña agrícola se necesitan US$ 2,000 millones por año. Acaso se quiere remedar la tontería de los países ricos.
Recuerden pirañitas, nosotros no somos Europa ni Estados Unidos como para andar financiando con nuestro escaso dinero los muy particulares intereses de unos cuantos. Si los cooperativistas de Casagrande, Pomalca y Cayaltí se resisten a la capitalización y modernización de sus empresas ¿por qué hay terminar colocándolos como el ejemplo a seguir? Al fin de cuentas ese es el mensaje que se está lanzando: fracasa y serás seguido y premiado.
desbordecapital@hotmail.com |