LOS POLÍTICOS Y SU LEY DE PARTIDOS
Desde el inicio de su mandato el presidente Alejandro Toledo tuvo a las encuestas (y a las encuestadoras) no precisamente como un aliado. Ello se comprobó escasos meses después de su instalación oficial en la casa de Pizarro. Mas ahora, casi a la mitad de su debut presidencial, la tendencia es incuestionablemente evidente: su manera de gobernar como su propio programa político y económico —si es que lo tiene—, causan en un grueso sector de sus connacionales un inmediato rechazo.
Esto, en el acto, se configura como una constante altamente relevante para comprender tanto el nivel de nuestra política en general como la naturaleza de las instituciones estatales en particular. Factores que, a la luz de los sondeos de opinión, son desbordados una vez más por esa muy latina propensión y sensibilidad con respecto a los defectos personales del primer mandatario. Algo que por cierto sabe adsorberlo todo. Es el karma de un caudillismo que únicamente exige protagonismo al máximo sin importarle nada algo parecido a lo constitucional, como es que se acostumbraba resaltar hasta hace unas décadas, o a lo institucional, como es que se reclama en el presente.
Ahí tenemos que, entre la poca propensión a cumplir con sus promesas (trabajo para todos y aumentos de sueldo), pasando por sus desafortunadas declaraciones públicas (contra Saraí), su escasa y/o contradictoria firmeza en ciertos temas (su posición con respecto a la guerra en Irak), hasta llegar a su falta de liderazgo (con relación a los congresistas de su partido), el nivel de porcentaje que empuja a desaprobar la gestión de este régimen bordea, en el balance total, los 80 puntos porcentuales.
Realmente todo un reto el que se tiene que cumplir. Del cómo Toledo y su equipo resuelvan esta percepción ciudadana dependerá el futuro inmediato del régimen y del país. No podemos proseguir en este, por demás, peligroso limbo, el mismo que se torna más incierto cuando es que comprobamos que no son precisamente los esquemas propiamente morales y jurídicos (supremacía del contrato y de la propiedad privada) los que se imponen, sino lo netamente político y coyuntural. Así, por esta causa, el peor remedio que se podría asumir sería la demagogia y el facilismo. Ya es harto negativo el tener que soportar la presente carga tributaria y el endeudamiento como para retroalimentar esa manía regalona que es concomitante a los políticos desesperados.
Además de ser ello una costumbre generadora de desequilibrios fiscales, también es un mecanismo que, al ser permitido desde la propia estructura legal estatal, lo único se estaría propiciando sería una institucionalidad bufa, hecha a la medida del momento, justamente de lo que tenemos que curarnos de una vez por todas.
Con el dinero ajeno cualquiera es generoso. Ese es el riesgo de tentarse a remontar una opinión pública adversa. Recurrir al populismo no podrá ser jamás ninguna solución ni efectivo remedio contra nuestros males. Ello es el mal que la vigente legislación tolera. ¿Hasta cuándo tendremos que depender, como país y como individuos, de los afanes, delirios y hasta arrebatos de una persona y su corte? Pensemos solamente en el “súbito” viraje del jefe de estado con relación al tema de la renta básica de Telefónica; se pasó de lo constitucional a lo inconstitucional con la misma rapidez como la caída del sol da paso a la noche.
¿A eso se lo puede catalogar de institucionalidad? Ojalá que no nos dejemos llevar por los facilismos que en los ochenta nos hizo conocer las puertas del infierno. Que no se repita la historia, estamos tiempo. Por ello, la mejor forma de colocarles cepos a las desmesuradas y perennes apetencias de los políticos desesperados, y también a los no tan desesperados pero siempre políticos, es a través de un esquema de efectivo respeto a los derechos individuales y al de una economía libre. Algo que, obviamente, jamás podrá ser viable si es que no ponemos sobre la mesa del debate nacional la tan postergada reforma del Estado. Sólo ahí es que se podrá cotejar qué es lo que le pertenece a esta amalgama de seres y sociedades que es el Perú y qué es lo que les atañe a aquellos que, cada cinco veranos, suplican nuestros votos.
|