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LA OTRA PERUANIDAD

¡Oh, escándalo! Fujimori repunta en las encuestas y los “humala” crecen. Lo demás sigue igual: El APRA con su histórico tercio electoral, Toledo como un completo error estadístico y Lourdes Flores intacta y virginal, nadie la conoce.

Que ello no nos deprima. Simplemente estamos respetando nuestra historia. Por lo menos a algo le somos fieles: Olvidamos lo que no tenemos que olvidar pero recordamos lo que “debe” de ser olvidado. Como quien lee a Proust, pero al revés.

Quizá ahí, en esa rareza, esté el por qué personajes harto discutibles destaquen con frecuencia. Ello no más que parte de ese desesperado imaginario que el grueso de nuestros compatriotas se inventa. Y lo hacen a consciencia. Sarita Colonia y Melchorita no son casualidades. Ellos saben muy bien que su afecto y clamor por la demagogia y el autoritarismo es un absurdo, pero, con relación a su propia vida, qué cosa no lo es. Al fin y acabo, se dirán, nunca hemos tenido nada.

Este es el resultado de una arraigada tradición de despropósitos. De allí pueden salir, como conejos de sombrero de mago, blancas posibilidades, lo estupendo, lo mejor, pero también lo inverso: un huaico de plagas o el definitivo final.

Vaya riesgos. La línea divisoria entre lo procedente y lo improcedente, entre lo viable y lo inviable, es más que frágil, no existe, no está. Por eso, en este valle de desilusiones y de desilusionados, cualquier amago de escape y de huida de la realidad gana aplausos. Ello es lo que le permite a don Alan (García Pérez) sacar el cuerpo y pretender calmar a los asustados diciéndole que se resiste a creer que sea verdad que los peruanos vuelvan a votar por quien les robó y lanzó a la miseria.

Claro ejemplo de desmemoria. Soslaya el ex mandatario que él casi regresa a Palacio por ese mismo electorado que cada cinco años es obligado a votar. Es más, él aun mantiene ese halo de elegante pero bananero Mesías que juega a achuntarla a la próxima sin importarle un rábano las acusaciones de asesino y de ladrón que lo acompañarán de por vida por no haber comparecido ante la justicia.

No se haga el loco don Alan. Usted, como el que más de nuestros hombres públicos, es uno de esos tanto culpables por este singular escepticismo que nos alberga. Un escepticismo que, a diferencia del de los prácticos anglosajones, lleva el ancestral karma del aborigen atosigado tanto por los “temblores” de la naturaleza como por lo que saben provocarles sus gobernantes.

Pura impotencia y desencanto. Empero, jamás un desencanto racional. Ni por asomo. Eso para otros pueblos, para el nuestro, abrazado por los sobrecogedores infortunios, las burlas del destino tienen sabor a ají y mazorca, pase de cuy y chicha fermentada.

Sólo ello nos alivia. Sólo ello nos comprende. Así es como le damos vuelta a los sinsabores. En ese sentido, la racionalidad de Occidente nos resbala. He ahí el problema: el derecho, la propiedad privada, la democracia liberal, el gobierno constitucional y otras “baratijas” de las europas nos llega.

Sacamos pecho de este acervo. Y desde él es que queremos atrapar la senda que conduce al primer mundo. Patente muestra que adoramos los imposibles. Anhelamos atrapar el nivel de las naciones desarrolladas importándonos un comino los valores que aquello exige.

Esto siempre ha sido así. Esa es la causa de este marasmo de disparates que nos agobia. Obviamente, un campo propicio para prontuariados y embaucadores. Precisamente, lo que nos arrastra a depender de otros, de buena o de mala manera, pero depender de otros y no de nosotros mismos.

Puntualmente, un drama análogo al de aquella doncella que, de tanto celo y disforzamiento, apostará por la quimera del azulado príncipe; y así, los más procaces e imperfectos chulos irán en búsqueda de sus respectivos disfraces. Esto, innegablemente, no es accidental.

 

   

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