¿QUIÉNES SON LOS VERDADEROS PIRATAS?
Los distribuidores y exhibidores películas así como las casas de alquiler de videos y de DVDs se han unido en campaña contra la mal llamada piratería. Reclaman la intervención del Estado en favor de sus lucrativos intereses alegando la clandestina reproducción fonográfica, fílmica, editorial y de software es equiparable a la labor que un reducidor.
Señalar esto es una total desproporción. Se fuerzan figuras delictivas con el único fin de justificar los siempre odiosos privilegios.
No reparan que, de tener éxito en sus pretensiones, estarán castigando el magno proceso difusión de ideas. Incuestionable, la civilización ha arribado a este nivel gracias a que nadie ha tenido el monopolio del saber. Lo expresado no es meramente un alegato moral sino también jurídico.
Así, mientras los derechos surgen de la vida en sociedad, las prebendas y privilegios constituyen una negación de los mismos. Estos, de por sí, son todo lo contrario a lo legítimamente jurídico. Son su antípoda. Ello es lo que son los llamados copy rights o derechos de copia. Su origen dista mucho de ser un impecable producto social. Para nada, este no es más que el obsequio de los políticos y legisladores
En ese sentido, quiénes son realmente los piratas. Que yo sepa la realidad y los hechos, como el propio derecho, no es medible desde lo oficialmente establecido. Sopesar la vida en sociedad a través de lo que prescriben los códigos y leyes es medir lo imperante desde las apetencias de unos cuantos antes que las de la generalidad.
De esta suerte, cuando cualquier mortal requiere alegar sus derechos no necesita blandir ningún texto legal ni nada parecido. Empero, ello no acontece con los portadores de patentes y de copy rights. Justamente, son estos los que, por pura y entendible conveniencia, defienden una legalidad nacida, antes que del derecho, de una antojadiza fabricación.
Como se infiere, los verdaderos piratas son aquellos que, inventándose unos soportes seudojurídicos, eluden los rigores de la competencia y del mercado. Aquí, contra lo que se acusa, no hay transgresión a propiedad alguna. El derecho del autor (el inventor) queda a salvo. Este no tiene por qué sentir merma en su propiedad.
Lo que han querido hacer los defensores de las patentes y de los copy rights es ligar ambas esferas con el único objetivo de brindarle idéntico peso a sus posiciones, mas ello no tiene equivalencia. El sólo hecho de sostenerse en lo político delata lo espurio de su progenie.
Si se ansía alcanzar el progreso y el bienestar esta no será la vía más indicada. Es verdad que el grueso se las naciones tienen legislación sobre la materia, pero ello no cambia su calidad de normas realmente marginales de lo que a ciencia cierta es el derecho.
En tal medida, cuando escuchamos las quejas de los empresarios “formales” denunciando que por culpa de los piratas sus negocios se van a pique hay que tomar las cosas por donde vienen. Innegablemente, sobrevendrá una merma en su expectativa de ganancias, pero esta distará mucho de ser fruto de una ilegalidad. Todo lo opuesto, será parte de una inesperada pero procedente competencia.
Esto es lo que se busca proteger y no otra cosa. Los sectores “afectados” sencillamente anhelan proseguir en ese estado de gracia que el poder político, desde la legislación, les ha dado. Así cualquiera hace negocios. Con ello se crean mercados cautivos y se excluye a la competencia, o como en este caso, se condena a los consumidores a pagar sus elevadas expectativas de lucro.
Cuando se da la posibilidad que otros agentes intervengan en el proceso de la oferta y la demanda, en el acto, se suscita una eclosión. Ello es lo que está sucediendo con los mal llamado piratas, pues por ellos economías como la peruana no sólo aún respiran y subsisten, sino que logran colgarse del generoso impacto que ofrece tecnología, el conocimiento y, por sobre todo, esas subterráneas economías en países como el nuestro.
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