UN PERÚ AL MARGEN DE LA POLÍTICA
Hay algo fascinante en medio toda esta febril apetencia por treparse en la cima del poder político. Claro, lo fascinante no está en aquella prolífica muestra de amor por el país y por los pobres. Allá los que se tragan esos cuentos.
Sería ingenuo, sino bobo, concebir que estas aficiones filantrópicas y asfixiantemente querendonas sean limpias y sanas de cabo a rabo. Para nada, lo positivo no puede estar en esas caretas ya bastante ajadas y despintadas, sino en el exclusivo hecho de este desborde de subjetividad y de energía. Esto es lo único rescatable, lo demás sobra.
Así es, esto último debería llamar nuestra atención. Es más, deberíamos comenzar a repensar el Perú desde aquí. El bullidor interés por secuestrar para sí las riendas del Estado es un síntoma de desesperante vitalidad que a la vez nos advierte del peligro de caer por enésima vez en manos de los desfalcadores de siempre.
Como se ve, bailamos al unísono al ritmo de lo moderno y de lo antimoderno. Poco importa si los redentores provienen de la naftalínica derecha, del melindroso centro, de una izquierda de pantalones acampanados y de camisas de kilométrico cuello. Mucho menos interesará si es que estos “desprendidos” vienen de “todos los lados”, como es que dicta la moda.
¡Y guarda con los “predestinados”, esos son los peores! Si tuviéramos una institucionalidad lo suficientemente elemental como para hacer que este conglomerado de chuscos posesos afecten mínimamente al dinamismo que desde lo privado se pare, otra sería nuestra suerte.
Obviamente, aquello que en otros lares llaman derecho jamás nos tocó ni por asomo. Todo lo opuesto, ello no fue más que el viperino producto de esos tipos que hoy más que nunca se decantan como los auténticos marginales: los políticos del ITF, de los sueldos indexados y de la escolaridad rabulesca.
El aprovechado y delincuencial proceder de estos sujetos nos ha empujando a la convicción que la mejor forma de salvar al Perú es “no salvándolo”. Dejar que todo fluya puede ser una alternativa a la cual no sólo sería afecto un liberal ortodoxo o un libertario, sino también uno de esos “informales” que nunca se enterará de esa cosa llamada “bancarización”.
A pesar que estos últimos son los que hacen marchar nuestra economía y permiten desde su no-oficialidad que el Perú no desfallezca, a pocos ideólogos y publicistas se les ocurriría establecer aquel mundo aparentemente anómico como un norte a seguir. Esto es medular. Si el país tiene un serio problema de desapego a lo formal (a lo legal), por qué insistir con un soporte abiertamente hostil a ese “dejar hacer y dejar pasar”. ¿Cuál es el negocio de mantener las cosas como están?
Así, los auténticos marginales vienen a ser todos aquellos que desde el poder ansían abonar en favor de un orden que jamás podrá siquiera aproximarse a lo que en la mera realidad acontece. Innegablemente, el Perú de hoy es tan distante a lo que desde el poder se pueda inferir que lo único que se advierte es que lo falsamente acusado de marginal es desde hace ya buen tiempo un esquema insoslayable.
Quien ose darle las espaldas a esta “vieja novedad” simplemente estará obviando el ritmo de vida de un peruano que ya no quiere saber de asistencialismos, sino de sí mismo. Ello es lo que debería de alegrarnos.
El inconveniente se suscita cuando ese “sí mismo” comienza a apetecer involucrarse en una esfera distinta a lo señaladamente privado. Ahí es donde uno puede decir con absoluta propiedad: ¡fuera los corruptos!
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