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¡REFORMA DEL ESTADO YA!

De boca del propio Toledo, el país y su gobierno, se encuentran en un “punto de quiebre”. Esta expresión, que bien puede causar la gozosa excitación de un tablista, sólo sabe arrastrar a la incertidumbre a quienes, desde el llano, estamos sometidos a los caprichos y designios de quienes, sin la menor consideración y respeto, nos acogotan y aporrean con sus disposiciones y mentiras.

Como se ve, en la lista de remedios expuestos por los grupos políticos de todos los sectores no está presente un tema que desde fines de los años ochenta está pendiente entre nosotros: la reforma del Estado. Obviamente es la pura conveniencia y el calculado interés, junto con la histórica irresponsabilidad de nuestros políticos, lo que retrasa y hasta quita de la agenda nacional esta importantísima cuestión.

De seguro a nadie le gusta saber ciertas verdades, sobre todo cuando se ha vivido, durante décadas, inmerso en una tremenda mentira. Siendo que esta no es otra que la que concebía que el Estado, como cual inacabable cornucopia, era el magnífico y dadivoso dispensador de riquezas y favores. El que todo lo solucionaba. El médico, el policía, el juez, el tutor, el nutricionista y hasta el administrador del circo y el más gracioso de los payasos.

Vaya tiempos aquellos diría algún deshonesto nostálgico. Y digo deshonesto porque ello no puede ser llamado de otra manera. Quienes justificaban ese tipo de coyuntura sabían muy bien de dónde provenían esos fondos y dineros, precisamente lo que ahora escasea, no sólo en las arcas del Estado, sino, y ello es lo más deprimente, en las bolsas y cuentas de los privados, de los particulares de toda condición.

La sociedad peruana, el país entero, desde comienzos de los años sesenta, ha venido descapitalizándose de una manera por demás escandalosa. A ello nos han conducido los regímenes populistas que desde entonces nos han gobernado. Las dimensiones que desde entonces ha adquirido el Estado va en directa proporción con la ausencia y huida de inversionistas. Ya sólo el oportunismo de los mercantilistas de siempre, de la mano con los corruptos que el sistema estatal sabe propiciar, sumado a una legalidad autista y distante para con lo acontece en el día a día, nos han vedado la posibilidad de vencer la endémica pobreza que nos acompaña desde la misma Independencia.

A estas alturas de la historia resulta extremadamente cruel insistir en perpetuar este status quo que, desde su instauración, sólo ha servido para que unos cuantos (los políticos), aprovechándose de la carencia de nuestro derecho e instituciones, terminen por edificar ese insano armatoste que hoy nos reprime y anula.

Es sintomático: muy a pesar de la complicada hora que nos toca vivir, nadie, sea desde el mismo gobierno como de la oposición, ha puesto sobre la mesa del debate el tema de la reforma del Estado. Ello no debe de sorprendernos. De estos seres no podemos esperar nada. Recuérdese que aquí los despistados e informales, en suma, los marginales, no somos los que vivimos fuera de los muros del poder y de la política; todo lo contrario, son ellos, los que están sumergidos en ese universo de privilegios y extensiones, los que vienen a ser los antisociales.

Únicamente la reacción de la opinión pública y de la toma de conciencia del grueso de la población sobre este verdaderamente fundacional asunto es lo que podrá empujar a los que hoy detentan las riendas del Estado y de la cosa pública a planearse una seria revisión del piso en el que se mueven. No hay otra salida. La magnitud de lo que significa replantear el tamaño de la injerencia de lo político (lo estatal) en la vida de las gentes es de tal envergadura que bien podríamos estar colocándonos en una segunda y mucho más verídica causa libertadora.

 

   

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