DOÑA BEATRIZ MERINO Y SU MINISTERIAL SOLEDAD
No lo se, pero si doña Beatriz es partidaria del estoicismo quizá pueda disfrutar a sus anchas el variopinto gabinete que le ha tocado presidir. Y digo “tocado” porque, como se infiere, ella no participó en ninguno de los nombramientos. Y también digo “variopinto gabinete” porque en él hay de todo, salvo una autoproclamada libera: ella.
Saben, cada vez que alguien se coloca en plan de sacrificado o se arroga alegremente gratuitas representaciones me entran las dudas, en este caso no precisamente de su capacidad, sino de algo mayor, su honestidad. Sí claro, debo partir confesando mi total escepticismo en cuanto a los políticos. No los paso. Me causan repulsión. En principio, según mi quizá enfermizo imaginario, no hay político recto y ni sincero. Lo tengo como ley de fácil y contundente demostración moral pero por sobre todo empírica.
Poco me importa si es que son de izquierda o de derecha, rojos, verdes, azules o blanco, mucho menos si, para animarme, me recitan el tipo de discurso que tanto me complace. Gracias a la labor de esas criaturas poseo una severa alergia y rechazo para todo aquel (en este caso aquella) que ostente un gramo de poder político. Para mi los políticos buenos y decentes sólo están en los libros. Libros escritos por los amigos de los políticos o subvencionados por estos. Ese es uno de los muy fuertes y fundados motivos para que el Estado no se meta en los temas del arte y de la cultura.
Unas cosas es leer y oír de las grandes y púdicas hazañas de los gobernantes en un lejano país, y de otros tiempos, que el padecerlos en vivo y en directo. Debe ser algo así como ver por televisión la algarabía del público que abraza a su sudoroso ídolo deportivo luego de una soberbia faena que el tener que estar ahí, in situ, soportando sus pringosos afectos y aromas.
Lo siento, doctora, no es nada personal, pero el sólo saber que usted es parte del esquema que mutila mi propiedad y mi salario me enerva, me rebela, me turba. Escaso o nulo sentido tiene que usted se defina como liberal cuando veo que su jefe inmediato, don Alejandro Toledo, prosigue repartiendo a diestra y siniestra arengas contra el mercado libre y el capitalismo. Y no sólo el Jefe de Estado es reacio al régimen de dejar hacer, dejar pasar, sino que también sus colegas de gabinete y ni hablar de los impresentables parlamentarios de Perú Posible (y del resto de bancadas).
Así, pues, cuando me refería al estoicismo no era por otra cosa sino por la soledad que, obviamente, habrá de perseguirla señora premier. Cierto, y sin ánimo de deprimirla, quizá el autismo termine siendo su consuelo, pues, a propósito de una entrevista radial, el también novel Ministro de Salud, el doctor Álvaro Vidal, se ha estrenado con unas declaraciones que no se si han pasado desapercibidas o es que ya estamos tan acostumbrados a las proclamas y peroratas controlistas y estatistas de nuestros hombres públicos que ya nadie repara en ellas, salvo unos cuantos “despistados” y “paranoicos”.
De boca del ministro Vidal salió esa consabida tonadita del control de precios. Se refería, en sus propios términos, a la instauración de una franja de precios para las medicinas. Vaya agudeza. ¡Qué profundidad de análisis! Quizá don Vidal piense que porque él es honesto su controlismo no caerá en ponzoña de la corrupción ni de la antieconomía. Un criterio análogo al de doña Beatriz y su autoproclamado liberalismo.
De repente piense que asumir ello es suficiente para inyectar confianza, pero no es así doctora Merino, y usted como mujer inteligente lo sabe, por ello, y para que vea que no hay mala leche en mis palabras, le recomiendo un buen libro, La soledad del corredor de fondo de Alan Sillitoe, y si no tiene tiempo, por su recargada agenda, entonces vea la película
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