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César Girón Atoche

 

Los costos del Estado

La apuesta por políticas de apertura y mercados abiertos siempre están en directa colisión con el Estado, ciertamente el primer obstáculo que enfrenta cualquier empresario con una idea de negocio a cuestas. Desde la propuesta de empresa más modesta hasta aquella más entusiasta y de mejor perfil de mercado, todas deben pasar por la prueba ácida de las ocurrencias y antojos de los políticos que medran a costas del Estado. Esa costra que obviamente sólo sabrá “incorporarse” a los negocios de los demás no precisamente como un socio facilitador inserto en reglas claras y perdurables, sino como todo lo contrario.

Ello es lo que son los impuestos, las licencias y reglamentos, los salarios mínimos, los aranceles y permisos, además de un largo etc. Exactamente todo aquello que debe asumir el empresario. Si tales costos fueran mínimos o inexistentes ganaríamos todo, pero el imperio de lo estatal y de la política no es ninguna broma. Ambas tienen rostros visibles, a la vez que unas manos muy largas, acaso propias a las del irracional expedidor de licencias y permisos y las del desfalcador que funge de dador de discutidas normas. Obviamente la hechura de un “servidor” que no responde a los intereses de los consumidores (el proclamado “pueblo”), pero tampoco al de los empresarios.

Así es, mientras el empresario se esfuerza por llevar adelante sus negocios (sopesando costos fijos, evaluando inventarios, rotación de mercaderías, mejores precios de venta, nuevas oportunidad de negocios, ampliando su giro o invirtiendo en activos), el político tira hacia la dirección contraría (crea requisitos “imposibles”, cobra impuestos, determina la naturaleza laboral de los trabajadores, establece regulaciones municipales, etc.). Sin lugar a dudas, toda una rareza. Pues se juzga “social” pero no responde a sociedad alguna, salvo la de su propia cofradía. Esa que atrapa el poder casi con el único fin de cerrarle el paso a los creadores de riqueza. Constante muy propia de aquél que bajo el discurso de la defensa a los más pobre termina hundiéndolos más en su pobreza.

He ahí los que viven de la pobreza (y de la extrema pobreza). Ya quisieran los pobres vivir de ellos también. Pero ello es imposible. Alguien tiene que vivir de la decadencia y de la miseria. De su perpetuidad dependerá la hegemonía de lo político y de los políticos. Sólo así pueden perennizarse en el poder, ese Estado que existe que para su exclusivo goce y disfrute. Un antro siempre presto a ensañarse con el débil y aprovecharse del que intenta progresar. La guarida de los que no desean ninguna competencia y de los que utilizan a la ley para construirse un mundo al margen de los demás. Tienen el monopolio de la fuerza, de la emisión de dinero, de la justicia. Son una mafia en todo el sentido de la palabra.


19/09/2006



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