|
LA EMISIÓN DE DINERO, OTRO MONOPOLIO
La noción de competencia se dispersa por todos los asuntos humanos, y unos mercados u otros son más propensos a tolerarla. La búsqueda de un empleo adecuado, adquirir un bien, vender una idea, implementar un programa político coherente, entendidos como procesos competitivos, se irradian a todas las iniciativas individuales a modo de idea fuerza. Ignorar la trascendencia inherente que encierra un fenómeno tan concreto como es la realidad del mercado es incurrir más en un error de perspectiva que de concepto.
Las reformas en sectores poco permeables a políticas de mercado como el control en la emisión del dinero, la aplicación de contribuciones, las formas de elegir a nuestros representantes en instancias de gobierno, la elaboración de las normas que rigen el buen actuar de los individuos, la delimitación de derechos de propiedad, entre otras, enfrentan nuevos retos a la luz de la idea de mercado. De primera intención, el reto se convierte en un desafío para sus defensores.
La emisión de dinero de curso forzoso, es decir, la obligatoriedad por parte de los ciudadanos de un determinado ámbito económico, geográfico, histórico, cultural o lingüístico, a utilizar la unidad monetaria que emite una específica institución de origen gubernamental, ha devenido en el monopolio de la moneda.
El mercado del dinero, como la mayoría de los mercados, refleja los deseos, necesidades y carencias de consumidores y productores. Los consumidores -los que demandan el medio de intercambio- y los productores -los que ofertan el medio de intercambio- concurren en su formación, y la manera en que se manifiesta el precio del "medio de intercambio" es cuanto más se puede adquirir con él. A su vez existe un contrato implícito entre los emisores y los poseedores del medio de intercambio, y la utilización de un "medio de intercambio", más que "otro", es resultado de la libre competencia de los mismos. Ahora bien, el "medio de intercambio" a utilizar dependerá del valor -siempre subjetivo- que los consumidores le atribuyan a tal o cual medio, sin importar la naturaleza del mismo.
Una situación ajena al orden del mercado, en cambio, evidencia una posición de monopolio autorizado vía legislación. Mediante la amenaza de la coacción y el uso de la fuerza, siempre por virtud de la norma positiva desde donde se violenta la libre elección de los individuos, se instituye la emisión monopólica de dinero. Ya no son las personas directamente interesadas las que eligen qué medio de intercambio les parece más adecuado para sus requerimientos, sino que otras, más preparadas y competentes, son las que realizan la elección por usted y por mí.La preparación y competencia de tales sujetos tienen consecuencias: inflación, tasas de interés irreales, expansión crediticia artificial y precios relativos ficticios. Estos son los derivados de políticas monopólicas en la emisión de dinero. Desde aquí no se asume que el dinero es un bien, y que por ello se somete a los supuestos del mercado. Se valora en más y se desprecia, se atesora o se derrocha, se intercambia o regala, se gana o se pierde. Discernir sobre su naturaleza es el principal propósito de la economía.
El valor del dinero expresa la importancia de los demandantes por el mismo, y no es resultado directo de una norma o cualquier otro instrumento gubernamental. Así como la Ley de Gresham -la mala moneda expulsa del mercado a la buena- es un fiel reflejo de la intervención gubernamental, ya que en ausencia del mismo las dos monedas competirán con poderes adquisitivos diferentes; la importancia del dinero, es un efecto directo de la libre competencia de monedas, establecida por los individuos que la emplean.
|