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Martín Portillo

EDUCACIÓN POPULAR Y LIBERTARIA

Los defensores de las tradiciones populares confían más en el Estado para proteger tales tradiciones, pero son las propias familias las que han mantenidos por generaciones dichas costumbres y valores. El proceso educativo permite que los conocimientos y valores de las generaciones previas sean transferidos y adaptados por las nuevas generaciones para su propia supervivencia. Hemos olvidado, quizás, que todo conocimiento que se ha heredado por vía tradicional ha sido en su momento un conocimiento importante, en muchos casos imprescindible para conservar la vida del clan, de la familia, del individuo. Finalmente, hemos creído que los conocimientos más recientes son capaces de otorgarnos la seguridad total y la certeza absoluta sobre cómo debemos conducirnos en la vida. Este pequeño error de apreciación ha provocado que abandonemos valores tradicionales y conocimientos de milenario origen, apuntalados sobre las primeras chozas. Surgidos antes y junto con las primeras aglomeraciones urbanas que vislumbraron el sentido del respeto a ciertas “normas”, devenidas en valores y tradiciones. El respeto a la propiedad, a la vida ajena y a la libertad de los semejantes, son demasiado nuevos en la historia de las civilizaciones como para tener asidero en las cosmovisiones más tradicionalistas, más “humanistas”. Abocadas a proteger mecanismos de toma de decisiones colectivistas, tratan de anular la capacidad individual para desobedecer las tradiciones, para desafiar mediante las transgresiones el orden establecido y crear ámbitos de libertad con respeto por las libertades ajenas.

Los procesos de transmisión de las experiencias acumuladas por los individuos y sus comunidades, y los valores que las sustentan, fueron hasta bien entrado el siglo XIX de exclusivo interés familiar. Pero la intervención del Estado Benefactor (su proto modelo) surgía en la Alemania de Bismarck y empezó a difundirse la idea de fomentar tan solo ciertos valores considerados deseables, ya no por los habitantes simples y llanos, sino por el Estado, encarnación última de la voluntad del santificado pero invisible: Pueblo.

Así las cosas, el proceso educativo devino en una suerte de adoctrinamiento para enaltecer al Estado y crear en los niños y jóvenes la noción de la necesidad del mismo para resolver los conflictos de intereses que pudiesen surgir entre los habitantes. No contentos con hacer del Estado un policía físico y mental, en el siglo XX la mayoría de los intelectuales tercermundistas y sus héroes del Primer y Segundo mundos apoyaron fervientemente los ensayos de ingeniería social más extremos. Empleando la persuasión o la violencia más cruda pretendieron “enseñar” a las personas que eran deudores del Estado. Que al Estado se le debe el vivir y estar respirando. Una teología estatal surgió sin pontífices visibles. Pero el tutelante diosecillo es saludado a fuerza de gritos y órdenes en cada escuela del planeta mediante rituales: canto de himnos llamados patrios, genuflexiones ante telas de colores que simbolizan supuestos valores compartidos por la población de tal lugar, y otras incoherencias más.

Estamos enviando a nuestros niños y jóvenes al altar de los sacrificios, anulamos sus expectativas de creación al obligarlos a “amar” ciertas ideas o símbolos solo por haber nacido en tal o cual lugar. Se les niega el derecho a rechazar la estatolatría, y luego pretendemos que sean creativos, independientes y además honestos y sinceros.

Los políticos están demasiado obnubilados y no perciben que la alternativa es dejar nuevamente en manos de las personas y grupos de personas la elección y supervisión de los procesos educativos. Solo así podremos dirigirnos de una manera más efectiva hacia el logro de los intereses de cada ciudadano.


La novísima libertad para elegir el camino a seguir y los medios legítimos para conseguirlo.

Cada persona y cada familia posee en su haber, en su cúmulo de experiencias, una historia familiar y personal que es la base para elaborar su propio proyecto de vida y brindarlo a sus retoños, ese proceso no debe seguir interrumpiéndose, debemos liberar las energías creadoras de cada madre y padre de familia para establecer los patrones sobre los cuales asentará la educación de sus hijos. Las familias tienen la capacidad para sustentar la formación de sus hijos. Los más pobres, justamente por serlo, son los más interesados en ver resultados cuando sus hijos ingresan a la escuela. Pero esa escuela no siempre deberá ser un edificio lancasteriano, podría ser la propia sala de la casa, o, el patio del vecindario en el que viven. La Educación en Casa, es una alternativa de bajo costo y de gran versatilidad, es adaptable a las condiciones de vida de las familias de bajos recursos, puede complementarse incluso con las actividades económicas que los menores realizan. Pero esto no puede realizarlo el Estado, debe hacerlo la gente. Todos vemos que con la guía adecuada los padres y hasta los hermanos mayores pueden brindar apoyo escolar satisfactorio. Las experiencias internacionales (Argentina, EE.UU., Puerto Rico, Chile, etc.) lo demuestran, los niveles de aprendizaje en sistemas de educación en casa son satisfactorios comparándolos con los estándares de sus localidades. Esta modalidad permite un mayor acercamiento interfamiliar, aunque sus detractores señalan que la socialización del infante es reducida aún no se han presentado pruebas concretas de que tal hecho sea en sí mismo un problema o cause algún problema. La educación bajo el sistema de tutores fue lo usual durante la edad moderna pero solo era accesible para aquellos potentados que podían costearla, la educación en casa no es un sistema de tutorías, es un sistema que pone a la familia en el núcleo de la actividad educacional, haciéndola responsable del aprendizaje y desarrollo de las capacidades de los menores.

Hoy, el mercado de la información permite administrar diversos recursos educativos y la sobre oferta de maestros, en el caso peruano, es una fortaleza que se puede aprovechar ventajosamente. Si deseamos revertir la apatía y subdesarrollo que abundan en las aulas y rescatar del olvido los valores de la civilización, debemos promover las escuelas independientes y los hogares-escuela. Lejos de la tutela del Estado, debemos apostar por el trabajo en equipo que el entorno familiar permite y sustenta. El Estado no garantiza que los valores y tradiciones mejores sobrevivan, es la propia población la que ha decidido esto por miles de años y debemos recuperar el espacio perdido. Debemos utilizar la experiencia familiar en la transmisión y conservación de los valores de la vida civilizada, la tolerancia es un eje fundamental en este sistema y la libertad su punto de apoyo. Husain Abdulhaq (Lic. Martín H. Portillo C.)

Husain Abdulhaq

28/02/2007

   

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