RECUERDOS DE LA PAZ
Mientras estaba en Beirut el año 2004 presenciando el intercambio de un soldado israelí muerto por varios libaneses vivos, se oían hasta allá los rumores y revelaciones del estado de inquietud e inestabilidad en Bolivia.
Luego de unos meses viajé a La Paz a visitar a la comunidad shiita en formación, como director cultural, función realizada brevemente, algo más de un mes, que me permitió ver cuan poca seguridad se tenía en ese país. Cuan frágiles son sus instituciones y costumbres democráticas. Allá tiene un fuerte arraigo la corrupción, las críticas a la selección de personal y la obtención de puestos de trabajo, inclusive en empresas privadas son bastante conocidas. Al serme sustraídos mis documentos personales la policía de turismo se inventó unos trámites para cobrarme la presentación de la denuncia, luego de unos días me enteré que eran gratuitos.
Pero lo que me resultó alucinante fue hallar a jóvenes estudiantes de derecho hablar de la necesidad de transformar su “anacrónica sociedad”, copiada de los moldes europeos para retornar a la estructura de los ayllus. Trate de asimilar esa propuesta, asumiendo quizás con cierta inocencia que ellos pretendían establecer un sistema de justicia basado en la tradición, algo que se asemejase al Common Law, pero no era así, incluso fui invitado a conocer una comunidad indígena (ellos dicen originaria).
Pasamos por caminos solo reconocibles por quienes los transitan, llegamos a unas lomas y elevaciones a orillas del Titicaca, con una vista magnífica, pero de una pobreza apabullante, se notaban los restos de una hermosa y gran construcción, me informaron que eran los restos de la hacienda de la familia que fue propietaria de esas tierras, se les expropió hacía unas tres décadas. En esa época hasta sembraban manzanas con tecnología moderna que servía para aclimatar los injertos, algo que bien recordaban los mayores, pero los más jóvenes ni siquiera soñaban en poder recuperarla.
Desde la casa de uno de los “nuevos dueños” divise unos palotes que se hundían en las orillas del lago, ¡Oh dolor! Eran los restos del muelle del puerto que disponía dicha familia para su comercio, nada más y nada menos, que con los peruanos. Ahora solo era un lúgubre recuerdo.
Tenían divididas las colinas sin orden ni concierto, sin servicios de agua o desagüe, con una escuela arrinconada en la parte baja sobre la cual, obviamente en tiempos de lluvia, discurrían agua y lodo. Ellos mismos reconocían que antes habían vivido mejor, que podían sembrar y cosechar frutos que ahora no podían obtener más que viajando a la Paz.
Estaban tan acostumbrados a echarle la culpa a los “otros”, a los ricos. Hace más de veinte años son dueños y señores de esas tierras y solo han empeorado su condición de vida, se han aferrado a la tierra sin convertirla en más productiva, parecen en cambio sus parásitos.
Eso es intolerable, su miseria y esperanzas están en total contradicción. Esperan que desde el Estado la vida les sea arreglada, querían un buen gobierno, y un justo gobernante, el Mesías pensé yo. No se les ocurría que al dejar en libertad a los comuneros ellos mismos podrían darle un mejor uso a sus tierras, cuando las privatizasen. Pero ellos ven la propiedad privada como un atentado contra su modo de vida, es casi esquizofrénico que pretendan tener nuestro modo de vida y sistemas de producción tan arcaicos.
Los integrantes de las comunidades indígenas requieren que se les explique como funciona la propiedad privada, incluso utilice el ejemplo de los caminos privados (existen zonas residenciales privadas en San Miguel, La Paz) y como podían hacer uso de su propia legislación para apoyarse en ella y no ser rechazados. Ese es el temor que esgrimen, que cada medida que desarrollen será bloqueada por “grupos de presión oligárquicos”, sea cierto o no, solo el Estado de derecho puede serles útil.
A la luz de los últimos acontecimientos, solo puedo creer que los bolivianos quieren llegar al nuevo milenio retrocediendo cada vez más en el tiempo, negándose a aceptar que son una mixtura y que su herencia es múltiple. Tal actitud sólo les dejará más divididos y al final les debilitará. Si es que no provoca por reacción situaciones similares en los países fronterizos.
Debemos analizar con cuidado lo que ocurre y la evolución de los hechos. No es casualidad que el Alba se haya introducido casi subrepticiamente a través de la zona altoandina. Es menester modernizar la administración estatal en dichas zonas. El dinamismo económico del que son capaces por tradición no debe ser coactado ni reprimido, debe ser utilizado en beneficio de ellos mismos, solo así se percataran que las respuestas a sus necesidades parten de sus propias decisiones y acciones.
MARTIN H. PORTILLO C.
(HUSAIN ABDULHAQ)
Jesús Maria, 6 de noviembre
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