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Por estar haciendo lo que no debe de hacer, el estado peruano deja de hacer lo que debe de hacer. ¿Proposición simple? Afirmativamente. Y empero no cabe duda que ese es el principal problema que enfrentan hoy los peruanos para mejorar su calidad de vida, y –de paso- es el problema que seguiremos enfrentando, ya que nues-tros actuales gobernantes están –literalmente- en otra.
El mercado no intervenido es el único espacio donde los individuos podrán transar beneficiándose ambos en la transacción realizada; la intervención del estado solo puede beneficiar a uno en perjuicio del otro. Por ello, quienes creemos en la libertad individual creemos que el estado debe cumplir tres roles fundamentales: la de-fensa de la nación del uso de la fuerza por parte de ter-ceras naciones, la defensa y el orden interno, y la admi-nistración de justicia.
Empero, incluso quienes crean que el estado debe parti-cipar en otros campos, protegiendo industrias o subsi-diando a productores, deben por lo menos aceptar que estas tres funciones son primordiales, y que por lo tanto –en todo caso- de ser necesario priorizar las diferentes atribuciones del estado, éstas deben ser las primeras. ¿Cómo el estado podría subsidiar a agricultores si no defiende la vida de algunas personas primero?
Y la realidad, siempre cruel, nos demuestra entonces lo contrario. Los ejemplos de la intervención del estado en la economía, sobran y bastan; los de las personas muer-tas en escenas donde el estado brilla por su ausencia, igualmente. O el estado está mal, o la sociedad se debe replantear qué figura de estado desea para alcanzar la paz y el orden social.
Jugar a la banca de fomento, al regulador de mercados, y a tantas otras posiciones inoportunas e innecesarias le ha permitido al hampa campear alegremente. La seguridad de los individuos y de las empresas hoy es tan ri-gurosa como los delincuentes anhelan que sea: nula. La vida se ha convertido, así, en un lujo: es escasa y onerosa.
La decisión no puede seguir en manos de los mismos que medran hace tantos años de esta realidad. Para ellos -la clase política- los objetivos son puntuales: man-tenerse mientras puedan en el poder. Y para eso requie-ren del estado, para poder comprar conciencias y necesidades.
La vida no puede ser segunda en las prioridades del es-tado; para eso, ahorrémonos a esta burocracia inmunda y subastemos a empresas privadas dichas funciones, tal cual proponen Friedman (David), Rothbard, Block, Hoppe y tantos otros librepensadores.
04/05/2007 |
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