Yo, Hernando
De Soto ha excluido a sus colaboradores de la autoría de “El Otro Sendero”. Ni Enrique Ghersi ni Mario Ghibellini aparecen en las últimas ediciones del reconocido libro. Como en un proceso de olvido estaliniano, han ido siendo desaparecidos de la portada y del texto original.
Que ello ocurra entre socialistas no es noticia (acostumbrados estos a vivir de lo ajeno, como propugnan en su ideario). Pero, entre liberales, el respeto por la propiedad privada es sagrado. Y la autoría intelectual obviamente lo es.
Esos tijeretazos al libro, no obstante, son defendidos por oportunos aliados de cuño comunista. Bajo la premisa de «los enemigos de mis enemigos son mis amigos», Mirko Lauer, por ejemplo, ha alquilado su columna diaria para desmerecer a dos de sus adversarios ideológicos.
Quien allí aplaude el despojo no llega al arte del libelo, pero sí se vale de su propia ignorancia en temas legales para practicar el insulto y la descalificación. No tienen más argumentos.
Los derechos de autor no son los derechos de copia o copyrights. El fundamento moral (y jurídico) de los primeros exige el reconocimiento de la paternidad y la inalterabilidad de la obra. Los segundos son consagración mercantilista de un privilegio para la difusión o distribución de la obra. Los primeros son inalienables, los segundos no.
Ghersi y Ghibellini pueden haber cedido o no sus derechos sobre los segundos en ciertas ediciones a favor del ILD, el Instituto de De Soto, pero no sobre la autoría. Nuestra legislación ampara la colaboración como coautoría.
Paradójicamente, el propulsor de la protección de los derechos en registros estatales pretende desconocer la validez de su propia inscripción. Si él mismo declaró con su puño y letra ante el Registro la colaboración de sus por entonces jóvenes investigadores, algo más que una simple conversación debieron aportar estos a la creación y alumbramiento del libro. De lo contrario hubieran debido figurar en los agradecimientos, no digamos en la dedicatoria.
Un detalle es revelador: De Soto es economista. El estilo y la prosa de “El Otro Sendero” le deben su poder de convicción al tono legal y literario en el que está escrito. Ghersi es abogado y Ghibellini literato. Entonces, no fue gratuito el reconocimiento a sus aportes. Comparadas con sus posteriores producciones intelectuales, las diferencias se hacen evidentes. Más aún, la falta de brillo de “El Misterio del Capital” se debe precisamente al razonamiento y redacción propias del económetra. Por algo Carlyle llamaba a la economía la lúgubre ciencia, el “El Sastre Remendado”.
Con todo, pretender atribuirse solo los créditos de una obra de creación colectiva, más que una transgresión legal es un acto abiertamente inmoral. El poder seduce hasta la corrupción. La soberbia envanece. Y la vanidad de querer ser el único en llevarse los lauros para la posteridad (o la platea) transforman al yo individualista del liberalismo, en el “Yo, el supremo” de Roa Bastos (o el “Yo, Claudio” de Robert Graves).
Obra del marketing, no del pensamiento, De Soto debe recordar (aunque prefiera olvidarlo) cómo entró al selecto grupo de personalidades influyentes en el orbe. Una revisión de “El Pez en el Agua” de Mario Vargas Llosa nos recordará cuál fue su técnica de ascensión.
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