|
Permiso para plagiar
Alfredo Bryce volvió a copiar su indefendible fórmula para que lo quieran más sus amigos y ha sido ampayado una vez más. Hay que decirlo con humor, para que duela menos: los artículos, cuya autoría otros reclaman, le han gustado tanto que los ha vuelto a escribir… para que se lean mejor.
«Lo grave –dice la cazadora de 18 de sus (probables, casi casi idénticos) 32 plagios, la chilena María Soledad de la Cerda— es que el artículo “Un latido llamado Ségolène”, fue publicado en la revista mexicana Nexos, número 352, en Abril del 2007, cuando ya habían sido denunciados otros casos similares». Esto es, cuando ya nadie lo esperaba.
El periodista catalán Francesc-Marc Álvaro i Vidal, autor de “Ségolène, de corazón”, publicado en La Vanguardia, el 20 de Noviembre del 2006, debe sentirse halagado. Su prosa e ingenio sobrevivirán al olvido, pues un escritor, consagrado, ha reescrito su artículo, para que la humanidad se deleite. Que Bryce Echenique cobre luego por los copyrights, es solo un detalle prosaico que no debería deslucir el roce de la eternidad.
Alfredo Bryce, autor del Quijote
Desde que despreciara la primera denuncia hecha por su propio amigo Herbert Morote, Bryce ha culpado y exculpado, sucesivamente, a su secretaria, a la mafia fujimontesinista, a su tembladera y a la mala fe del director de un diario local (cuyos caricaturistas, simplemente, lo han hecho leña).
Ha sido justificado y defendido por sus amigos, uno de los cuales, Mirko Lauer, le echó la culpa de sus calcos a la Internet. En respuesta, desde la blogósfera, desengañados y navegantes argumentaron (y, prueban) que Alfredo Bryce no se alimenta de los artículos de opinión especializados ajenos, se los traga.
Salvando las distancias y las alegorías, como el Pierre Menard de Borges, podría decirse de él que: «No quería componer otro Quijote –lo cual es fácil— sino el Quijote. Inútil agregar que no encaró nunca una transcripción mecánica del original; no se proponía copiarlo. Su admirable ambición era producir unas páginas que coincidieran –palabra por palabra y línea por línea— con las de Miguel de Cervantes.»
Es plagio y punto.
No hace mucho, en Octubre del 2005, Alfredo Bryce, autor de 24 libros (y, sospechoso de 32 plagios), desató en Madrid una campaña contra el “monstruoso crecimiento de la piratería editorial en el Perú”. Y, exigió la cárcel para los culpables de que, por lo menos, seis séptimas partes de sus lectores puedan conocer su obra.
Irónicamente, si se lee bien el artículo 219º del Código Penal peruano –que castiga el plagio como delito—, el creador de Julius y del amanerado Jimmy (que tanto le gustó a Velasco), podría acompañar buen tiempo a sus difusores, que nunca saben ni sabrán cuánto cuesta escribir un libro o una sencilla carta a sus respectivas madres.
Así pues, a diferencia de los copyrigths o “derechos de copia”, que son prebendas mercantilistas que aseguran un monopolio “legal” a favor de un determinado reproductor, los derechos intelectuales o de autor, protegen la autoría o paternidad de la obra, así como su inalterabilidad. ¿Cuál de ambos derechos cree que es más importante? Que lo diga Nicolás Yerovi, otra víctima del Indecopi.
* Abogado. Instituto de Defensa de la Propiedad. |