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CRISIS POR EL INTERVENCIONISMO:
SOCIALIZANDO LAS PERDIDAS
El Fondo Monetario Internacional (FMI) fue fundado en Bretton Woods, en 1944, con el único objetivo de controlar el funcionamiento del sistema de cambios fijos. Sin embargo, la razón de ser de ese plan desapareció cuando el sistema de cambios fijos dejó de existir en agosto de 1971. El FMI debió de ser liquidado, pero en lugar de desmantelarlo, las grandes naciones optaron por dejar que siguiera existiendo, volcando su mirada hacia el tercer mundo y dándole una nueva función, para convertirlo en un organismo de asesoría económica para países con problemas, el que, en lugar de cobrar por la asesoría, otorgaba dinero.
Así, este organismo consiguió muchos "clientes", aunque la generalidad de sus asesorías no siempre fueron buenas, todo lo contrario. Peor, su existencia motivó a varios países a continuar políticas poco sensatas e insostenibles que requerían cada vez de mayores cantidades de dinero. Pocos programas han consumido tantos recursos con tan pocos resultados favorables como los del Fondo y demás organismos multilaterales. Si bien algunos programas específicos han funcionado, existe poca evidencia, a pesar de la presunción del término "programas de asistencia", que la transferencia de dólares -ya sea bilateral o multilateral- puede lograr realmente alcanzar el crecimiento o la estabilidad del mundo en desarrollo.
Las lecciones de los burócratas de los organismos multilaterales son, en cualquier caso, de dudoso valor si analizamos sus expedientes en la promoción del crecimiento económico de su clientela. En cuanto a sus antecedentes en recuperación de créditos, el historial es peor aún. Si el Fondo o el Banco Mundial (BM) fuesen bancos privados ya hubieran arruinado a sus accionistas, obligándolos a cerrar sus puertas.
La asistencia de estos organismos ha ayudado a crear y agravar problemas en muchos países, especialmente subsidiando y manteniendo en el poder a dictadores que arruinaron sus naciones. No existe ninguna razón válida para creer que una mejor administración de esos recursos puede hacer que las naciones pobres del mundo encuentren el camino del crecimiento económico sostenido.
La crisis global que hemos vivido y de la cual estamos saliendo no es evidentemente el resultado de fallas del mercado sino de la intervención gubernamental tratando de sustituir al mercado, tanto internamente con préstamos, subsidios, impuestos y demás impedimentos; y, externamente, por el FMI, el BM y otros organismos. No se han apartado del camino y permitido la evolución de un orden espontáneo de mercado, aportando más bien la infraestructura institucional requerida por los mercados libres e individuos libres.
Ya es hora de que se termine con todas las políticas socializantes que tienden a socavar el sistema capitalista. Cuando se apoya a ciertos inversionistas, banqueros y empresarios que están acostumbrados a enriquecerse, a costa de los gobiernos, cuando los negocios andan bien, pero que recurren al Estado en época de crisis para "socializar" las pérdidas, se está apoyando un procedimiento inaceptable e inmoral. La justificación de la ganancia empresarial es lograr el eficiente uso de recursos satisfaciendo al consumidor a través de los bienes y servicios que este requiere. Cuando los gobiernos y los organismos multilaterales eliminan el elemento de riesgo respaldan a empresarios privados con dinero de los contribuyentes, hacen que desaparezca la justificación de la utilidad empresarial y desde un punto de vista ético, no hay mayor diferencia si el dinero del "rescate" proviene de los contribuyentes locales o de los contribuyentes de los países industrializados para prestarle a gobernantes del mundo subdesarrollado.
Bastante se ha hablado sobre los "rescates" del FMI y el problema del "riesgo moral" cuando se hacen inversiones a sabiendas que si salen mal, los contribuyentes pagarán los platos rotos. Los préstamos del FMI o del BM terminarán siendo pagados con el dinero proveniente de los impuestos de ésta o de sucesivas generaciones. Mientras tanto, los problemas de liquidez son frecuentemente resueltos imprimiendo billetes y causando inflación. Los EE.UU. y otras naciones miembros del FMI son culpables por permitir la utilización de dinero de los contribuyentes para subsidiar a bancos privados y demás instituciones financieras. La política del FMI es tan clara como dañina, sus "rescates" fomentan el "riesgo moral" al premiar y fomentar malas políticas por parte de los gobiernos y la toma de excesivos riesgos por parte de los bancos. Pero lo que es especialmente preocupante de los "rescates" es que son diseñados por un reducido número de funcionarios del FMI sin participación de los afectados. Los burócratas del FMI pocas veces conocen las estructuras y sistemas financieros de los países donde intervienen.
Como si esto fuera poco la receta aplicada por el FMI invariablemente incluye aumentos considerables de los impuestos, lo cual debilita aún más el sector privado de estas naciones destruyendo la creación de puestos de trabajo productivos a la vez que concentra mayor poder en las manos de los políticos causantes del desorden.
La pregunta fundamental es si los gobiernos van a dejar operar a los mercados, concentrándose en establecer el marco legal del libre flujo de capitales y dinero confiable o, si por el contrario, van a encargar a los supuestamente "mejores y más inteligentes" a crear instituciones que aumentan la discrecionalidad oficial y el poder del Estado.
Para que el capitalismo sea sostenible hay que reforzar las instituciones que preservan el orden. El respeto a los derechos de propiedad es vital para los mercados libres y se puede argumentar que el más fundamental de estos derechos es una moneda sana. Claro que, el valor mercado de cualquier activo varía constantemente en función de la oferta y de la demanda. Pero si la unidad usada para medir el valor no es confiable, trasmitiendo señales falsas, entonces los individuos no pueden tomar decisiones económicas racionales. Una moneda sana y estable debe ser vista como un derecho humano fundamental. Mientras los gobernantes no comprendan que devaluar la moneda es equivalente a devaluar el trabajo y la dignidad de los ciudadanos, seguiremos sufriendo de periódicas crisis financieras y políticas.
Lo más importantes que las naciones industrializadas pueden hacer para ayudar a los países más pobres es, antes que todo, no hacerles daño. Se debe terminar con la ayuda económica a otros gobiernos, lo cual ha afianzado regímenes mercenarios. Al mismo tiempo deberían eliminar sus barreras arancelarias y cuotas a las importaciones, las cuales impiden a naciones pobres exportar sus productos al más grande de los mercados.
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