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EL PERFECTO IDIOTA PERUANO

Jorge Luis Ortiz Delgado

No nos engaña. El perfecto idiota peruano sabe muy bien qué desprecia a la hora de ir a las urnas. La ceguera cívica a la que refieren analistas como razón de hostilidad hacia la democracia está dando paso a un mayor convencimiento sobre la intención de menoscabo y estropicio que los votantes blanden contra un sistema –imperfecto, es cierto pero más efectivo con la vigilancia crítica de sus gobiernos– que los mantiene insatisfechos y tangiblemente alejados de sus beneficios. El oportunismo civil tanto de los electores como de sus ofertantes y sus fábulas ridículas configuran (o bien desfiguran) el espacio favorable para la instauración de regímenes opresores e inmunes ante la disminuida porción fiscalizadora.

El perfecto idiota peruano y su sed de venganza hacia una oligarquía difuminada en los espacios vinculados con la banca y las transnacionales lo han dotado de una responsabilidad de defensa frente a las arremetidas de las “élites” que, con tanta virulencia, los mensajeros de la insurgencia popular se han encargado de encumbrar. Élites por las que  el pastor de idiotas guarda nostalgia, y aprovecha coyunturas electorales para encender la llama de sus posibilidades palaciegas. Alan García, vocero de un populismo cuya licencia moral le da un país necesitado de dispensas a su pobreza no escatima recursos ni decoro cuando atribuye el atraso peruano a esa derecha local, a la que demasiada atención le brinda en su discurso, ahora, sutilmente antiimperialista. Mañoso y con un nulo horizonte de político jubilado –¿a qué otra cosa puede dedicarse quien no supo vivir más que de mantener, cual corifeo, soporíferas evoluciones partidarias? –, García vocifera, sin descanso, reproches que tristemente se contradicen entre sí. Llama ricos a los que generan pobreza en el país, y luego, son esos mismos ricachones quienes con modestas aportaciones de cien, doscientos y quinientos soles o dólares entregan, en un día de confraternidad aprista,  a la campaña del mesías de la justicia social.

Las convulsiones que debieran haber sido, desde hace más de seis décadas, de revolución en el Perú con sus constantes intentos dictatoriales, sólo han engendrado más regresiones que rumbos cambiados. El Estado como instrumento de redención, es el Estado al que García –nuevamente– apela para reivindicar a los explotados de los intermediarios en las contrataciones (conocidos como services), a quienes sus partidarios ubicados en varias alcaldías del país acuden para contratar servicios, como lo constató, días antes de las elecciones presidenciales, un medio periodístico. Otra penosa incongruencia de este tibio dirigente. Pero cuando el mal llega al cerebro (digámoslo así) es el organismo entero el que recoge todas las disfunciones motrices y nerviosas, y responden inútilmente ante una programación cerebral averiada. Producto de esta expansiva enfermedad, los desvaríos se hacen persistentes, y vemos así cómo los miembros de la célula aprista, por ejemplo, afincados como inmigrantes exitosos –con hijos seguramente ya nacidos bajo la tutela de las leyes americanas– en la capital financiera del mundo reviven ese espíritu hayista iniciando cada una de sus sesiones apristas con las increíbles letras incólumes del antiimperialismo en su himno partidario. Sí, en el mismo corazón del imperio contra el que entonan su afrancesado ritmo.

La vía insurreccional para abolir toda forma de explotación capitalista, modelo puesto al servicio sólo de las minorías dominantes, no sólo es propiedad de los grupos organizados de poder que llevan en su doctrina el concepto de lucha de clases como motor del progreso social. El perfecto idiota peruano también sabe improvisar, y los espacios espontáneos de esta urgente reivindicación son tomados por asalto –literalmente– por quienes mejor fueron entrenados para empuñar el rifle y las granadas. A ello debemos el gran valor de ex militares que en plena concordancia con su ánimo reformista convocan admiraciones populares gracias a su predisposición a quebrar el estado de derecho insulso y trivial para alimentar a los hambrientos y enriquecer a los pobres (o empobrecer a los ricos). Ollanta Humala, capaz de reunir elocuentes ventajas de adhesión por su discurso beligerante y revanchista, ha expuesto al mundo entero ese infatigable odio ciego que protesta perpetuamente contra el país opresor o el rico usurero, ambos culpables, también perpetuos, de la casi irreversible pobreza peruana. Casi, salvo por el nacionalismo, tan imbuido de superioridad, donde los mitos en los que se asienta la hipocresía de sus principales voceros (cuyos gastos de campaña electoral no son nada austeros) no bastan para desconfiar de los principios que proclaman contra las desigualdades.

Jean-François Revel sostiene que la ideología es una máquina de rechazar los hechos, cuando éstos podrían obligarla a modificarse. Pero también sirve para inventarlos, cuando le resulta necesario perseverar en el error. Error que el perfecto idiota peruano inadvierte cuando es celosamente aturdido sobre las razones reales del fracaso en la historia económica de su país. Porque el idiota no necesita de lógica histórica, sino de alguna teoría de conspiración contra él. Conspiran los empresarios, la CIA, los banqueros, Estados Unidos, los medios de comunicación, las encuestadoras, la armada chilena. Y cada uno de estos pretextos le sirven al nacionalista ex militar para absolverse de sus propias carencias intelectuales y grotescas irresponsabilidades morales. El culpable es otro, el agresivo es otro. La excusa será siempre del idiota. Y la facilidad con que se asumen tales postulados exime al seguidor de idiotas de sacudirse de su automatismo, sin prever que pone a disposición de sus votos la generación de una nueva oligarquía, aunque redentora para su gusto.

El idiota, como titula este artículo, tal vez no sea perfecto. Sino más bien perfectible, mejorable. No hay aun límites de perfección para aquél que en su incoherencia política es inconsciente de sus acusaciones, y de sus tragicómicas sospechas. Lo sorprendente en el idiota es su temible incapacidad de reconocimiento de errores cuando los hechos, que tanto han bañado de sangre y pobreza el mundo, se muestran sin cortapisas. Ahora, por lamentable que sea no es posible aglomerar al idiota en un solo país como en el Perú, donde ya más de un treinta por ciento de su población glorifica el desbordamiento social para igualarse en términos de decadencia civil, sino, por el contrario –y  contraviniendo su médula nacionalista–, transgrede las fronteras y ya lo vemos compartir ardientes sermones y apretadas tolerancias en Venezuela, Bolivia, Ecuador y hasta donde el idiota se sienta cómodamente amenazado y astutamente exacerbado. No. El idiota no nos engaña.

Arequipa, 17 de Abril de 2006.

 


Jorge Luis Ortiz Delgado
Arequipeño. Licenciado en Administración de Empresas, egresado de la Facultad de Ciencias Económico Administrativas de la Universidad Católica de Santa María en Arequipa. Realizó estudios de Segunda Especialidad en Comunicación Literaria en la Universidad Nacional de San Agustín. Ha sido miembro del Instituto del Ciudadano, auspiciado por la Fundación Friedrich Naumann. Actualmente prosigue los estudios de Maestría en Relaciones Internacionales Aplicadas de la Universidad Internacional de Andalucía, Huelva, España. Es colaborador en el semanario El Búho de Arequipa

   

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