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¿A QUÉ JUEGA LA IZQUIERDA EN EL PERÚ?
Réplica a Nicolás Lynch (“La agenda negada de América latina”)1
Jorge Luis Ortiz Delgado
Cuando el talento académico no es garantía de lucidez política aparecen los intelectuales de lo absurdo, que además de caer en la estulticia no dejan de ser cómicos. En un reciente artículo publicado en un diario peruano, el ex Ministro de Educación, Nicolás Lynch ha dejado fluir el monótono ritual de la izquierda mediocre e irresponsable del antiamericanismo. Adjetivos del todo pertinentes ya que sí existe una izquierda sensata y responsable de sus logros como los alcanzados (a pesar de ciertas reticencias y crisis de gobierno) en Brasil y, sobre todo, Chile. Países cuyos mandatarios, Lula da Silva, la proclamada Michelle Bachelet, o Tabaré Vázquez quien ya ha encargado las tratativas para un acuerdo de libre comercio con Estados Unidos; Lynch ha ubicado en la misma línea junto a Hugo Chávez y Evo Morales cuando de afrontar los exigentes tiempos de América latina para plasmar una nueva agenda se ha referido al final de su artículo.
Según Lynch, ha sido el fracaso del “Consenso de Washington” y la imposición de políticas económicas de Estados Unidos los que han impedido que América latina tenga una economía de bienestar. Es evidente que quien se autoexculpa en esas líneas y muchos otros haciéndolos en marchas de protesta, no tienen en cuenta que muy poco tienen que agradecer los países pobres a la lejanía comercial que se pretende endurecer hacia Estados Unidos, principal comprador del Perú y del mundo, que no contentos con los grandes miramientos de su Congreso para la firma de tratados de libre comercio, azuzan una mirada revanchista hacia un país que ha logrado superarse tanto económica como institucionalmente. Es cierto que la mala voluntad de los países ricos hacia las exigencias negociadoras de los pobres a la hora de reducir su proteccionismo acarrea desigualdad en las oportunidades de crecimiento, pero es precisamente este hecho -el del ostracismo económico, al que se le debe arremeter- uno de los orígenes de la actual pobreza, aclarando que no es la economía de mercado, sino la insuficiencia de economía mercado lo que deviene en atraso. Algo que, por supuesto, no alcanza para sensibilizar a los izquierdistas como Lynch.2
También se señala en el obcecado artículo que los despertares de la izquierda no son los mismos que los de hace 25 años, que planteaba la lucha armada como medio y la dictadura revolucionaria como su objetivo. El argumento de trasformación que invoca Lynch sobre las izquierdas muy probablemente olvida los antecedentes golpistas del presidente venezolano y su caudillismo militar, más los constantes intentos desestabilizadores de Evo Morales, paralizando media Bolivia con bloqueos y desmanes callejeros, atrincherado en sus demandas irreconciliables con la inversión extranjera. Violencia no exclusiva de los caciques revolucionarios, sino también de quienes ante la impotencia de los que reprimen resentimientos se desfogan con el único medio de que disponen para incitar a la moribunda administración pública: la huelga sindical. La caótica situación de la educación pública en el Perú da más que una radiografía de ello, en donde la imposibilidad de educar con calidad se ha visto seriamente asegurada por su deficiente (no únicamente escasa) inversión estatal y el aferrado recelo de los profesores ante la exigencia de una óptima capacidad académica. El mismo Nicolás Lynch durante el periodo de transición democrática como Ministro de Educación, después del autoritarismo de Fujimori, se adjudicó variopintos calificativos desde las acorazadas canteras del sindicato de maestros públicos cuando éste se atrevió a mencionar tan sólo la palabra meritocracia en el sector de su competencia..
El objetivo de la izquierda contemporánea, esa de la que Lynch afirma, terminará con las sociedades de privilegio y las democracias limitadas que excluyen de sus beneficios a la mayoría de la población, contendría un mejor asidero autocrítico en las nefastas reformas de los gobiernos que quiebran al país con inflaciones incontrolables, incompetencia dirigencial, cadenas de corruptelas imbricadas en los órganos decisorios, y dilapidación de los recursos, que en los “intereses del súper poder dominante de los Estados Unidos”. Pero más alucinatoria es la declaración, como de principios, que hace el ex Ministro frente a esta amenaza mundial: “Este nuevo modelo (del renovado izquierdismo) supone un grado significativo de independencia de Estados Unidos. La oposición a la hegemonía norteamericana es fundamental porque ellos (los norteamericanos) son la clave del poder que impide un curso propio para la región”. Esta afirmación presume que frente al bienhechor “modelo de la izquierda” se encuentra en oposición el malhadado “modelo norteamericano”. Le aseguro a Lynch que ninguna práctica de sensatez o sinceridad llevada a los más altos niveles lindaría con la ridiculez. Por eso, no debiera temer constatar que de aquel modelo norteamericano cabría más la posibilidad de aprender que satanizar. Que rechazar el modelo norteamericano no es más que la prolongada razón para nutrir el subdesarrollo ideológico antes que hablar de un “modelo” yanqui de nombre suntuoso.
Si el antiamericanismo, como diría Manuel Pastor en la Revista española La Ilustración Liberal, “esa enfermedad infantil del “progresismo”, no cegará la mirada histórica, los españoles comprenderíamos que el medio siglo de alianzas y amistad con los Estados Unidos de América, presenta un balance claramente positivo para los intereses de España. Y ciertamente, como indica en esa misma tesis, el desarrollo económico que experimentó la sociedad española desde finales de los cincuenta llevaba incoado un cambio en la cultura política, al que contribuyeron también los intercambios educativos, culturales y científicos con los Estados Unidos. La sociedad civil emergente se liberalizó, lo cual hizo posible la transición política y la consolidación democrática posterior 3. La mentada globalización, culpable de la pobreza y de la oscura uniformidad de los pueblos es otra de las grandes excusas que sirven de pancarta izquierdista para luchar contra la injusticia social. La globalización (de apellido norteamericana, de seguro) ha permitido no sólo que los quejidos de esta marea roja se expandan por los confines del planeta, sino que ha hecho posible que las fronteras se vayan haciendo más abstractas que divisorias, la globalización diversifica y no recluye. No por ello vamos a dejar de señalar medidas, como la propuesta por la Cámara de Representantes de Estados Unidos para la construcción de un muro en la frontera mexicana, de xenofóbicas e irracionales. Práctica que sin duda está apoyada cuando se da peso académico a teorías expuestas como las del renombrado Samuel Huntington y su ya famoso “Choque de civilizaciones” al pretender vender una idea de la “auténtica identidad cultural” de su país. Autor al que, por cierto, muchos izquierdistas recurren como escudo de escaramuza. Pues bien, como decía, ese mismo fenómeno (globalización) ha permitido que entre las principales razones por las que en América latina se ha reducido la pobreza se encuentren las mejores condiciones económicas (seguridad de la propiedad privada, libre comercio, desarrollo hacia fuera, ¿qué nombre le ponemos a este modelo?¿norteamericano o modelo del sentido común?) y las remesas enviadas desde el exterior. Aunque sigue siendo motivo de enorme preocupación el nivel aún alto de pobreza, ésta ha ido disminuyendo progresivamente bajo las mencionadas condiciones. Muy bien haría Nicolás Lynch en revisar los estudios que la CEPAL (no conocida por su afinidad al liberalismo, claro está) ha emitido en sus recientes estimaciones sobre el Panorama Social de América Latina 2005, o al informe del Banco Mundial 4 en donde se señala que buena parte del fracaso en la provisión del servicio a los pobres en el Perú se debe a sistemas de provisión cuyo diseño está inherentemente sesgado en contra de los pobres, como la mala adecuación entre el servicio y éstos; el costo de acceso a los servicios públicos; y los malos incentivos.
La gran interrogante luego de este diagnóstico es: ¿Cuánta culpa de este fracaso político y administrativo en el Perú tiene, realmente, Estados Unidos? Estoy seguro que la respuesta la encontró ahí mismo, sí, en Estados Unidos, cuando el ex Ministro hizo su Ph.D en Sociología en el New School for Social Research de New York o cuando fue profesor visitante en la John Hopkins University, en donde también, como es evidente, acogió las principales reprobaciones contra el país que en medio de sus errores es el primer crítico de su gobierno. Algo de autocrítica Dr. Lynch deberíamos tratar de imitar. ¿O también “ellos” nos negaron esa agenda?
29 de Enero de 2006
1 Artículo aparecido en el diario “La República” de Perú, el 26 de enero de 2006. Opinión p.13.
2 Me permito resaltar el adjetivo izquierdista no con ánimo insultante, sino para considerar que esta visión, afortunadamente, no es la que predomina en los actuales regímenes de tal tendencia.
3 “Las relaciones hispano-norteamericanas en perspectiva”. Manuel Pastor. La Ilustración Liberal. Núm. 18.
4 “Un nuevo contrato social para el Perú”. Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento / Banco Mundial. 2006
Jorge Luis Ortiz Delgado
Arequipeño. Licenciado en Administración de Empresas,
egresado de la Facultad de Ciencias Económico
Administrativas de la Universidad Católica de Santa
María en Arequipa. Realizó estudios de Segunda
Especialidad en Comunicación Literaria en la
Universidad Nacional de San Agustín. Ha sido miembro
del Instituto del Ciudadano, auspiciado por la
Fundación Friedrich Naumann. Actualmente prosigue los
estudios de Maestría en Relaciones Internacionales
Aplicadas de la Universidad Internacional de
Andalucía, Huelva, España. Es colaborador en el
semanario El Búho de Arequipa
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