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Castigando la libre iniciativa
(mejor no tengas éxito)


ROBERTO NÚÑEZ OTÁROLA



Para poder evaluar nuestro nivel de (des)inteligencia suele resultar un ejercicio muy interesante el ver cómo nuestro sistema tributario, y en general nuestro sistema socio-económico, se esmera en castigar y desincentivar la iniciativa privada y los éxitos que devienen de ella.
Es en estos tiempos cuando se torna más necesaria la iniciativa individual, la cual, en reemplazo de las desfasadas creencias de un estado benefactor y todopoderoso asignador de recursos, nos puede brindar un adecuado camino hacia las libertades económicas y comerciales, las que, en justa medida, decantarán en una mejora de nuestro nivel de vida y por ende en la reducción de la pobreza.

¿Nos hemos puesto a pensar en la innumerable cantidad de trámites documentarios que una persona tiene que hacer al momento de querer montar una pequeña bodega en la cochera de su casa? ¿Hemos identificado la cantidad de horas/hombre que se pierden haciendo estos trámites? El grado de ridiculez llega a tal punto que se tiene que solicitar un permiso “especial” hasta para colocar un toldo sobre ella anunciando la existencia de la referida tiendecita.

Hace algunos días conversaba con un amigo quien, muy orgulloso, me comentaba la felicidad que sentía por haber podido comprarse un pequeño departamento. Cuando la conversación fue avanzando y se llegaron a tocar temas relacionados a los impuestos por pagar el grado de desazón que se apoderó del ambiente fue indescriptible.

La municipalidad castiga al comprador (como si no fuera ya suficiente castigo con las enormes tasas de interés que se tiene que pagar por este tipo de créditos) imponiéndole pagos por conceptos absolutamente reñidos con la moral. Vendría a ser algo así como el dictamen de un viejo inquisidor (al cual le resulta más rentable perseguir iniciativas de éxito que perseguir herejes) gritándote a la cara: “Ya que tú tuviste la osadía de comprarte un inmueble pues te condeno al castigo de tener que pagarme –sin hacer yo el mínimo esfuerzo- todos los años una tasa por el simple hecho de tenerlo”.

Es el castigo por tener algo. Ejemplos abundan por doquier, pudiendo destacar entre ellos los relacionados a las regalías, a los impuestos por las sobre ganancias, a las detracciones y al mismísimo impuesto a la renta, el cual moral y jurídicamente no tiene el más mínimo sustento.

¿Qué tienen en común todos estos ejemplos? Pues simplemente que en lugar de castigar un delito castigan una iniciativa. ¿Por qué alguien que comete un crimen va a la cárcel?, pues porque tal es el castigo que tiene que pagar por el delito o fraude que ha cometido. ¿Porqué entonces la iniciativa privada tiene que sufrir estos castigos tributarios si ya de por sí paga un impuesto a las ventas (por cierto, uno de los más altos de la región)?

En otras palabras, se pone a un nivel cuasi delictivo e inmoral el hecho de que una empresa arroje utilidades; y lo que es peor, en esta última campaña electoral (electorera como prefiero llamarla) han habido algunos candidatos que inclusive solicitaban incrementar estos tributos y crear unos nuevos bajo el supuesto pecado de “ya haber ganado bastante”, argumento por demás ridículo y vacío.

Se alzarán las voces que pretendan tildar estas líneas de individualista (obviamente los que no saben acerca de Paretto) o poco solidarias, a lo cual habría que responderles con argumentos tan simples como el hecho de cotejar la realidad. ¿Ha sabido el estado ser un correcto asignador de recursos? ¿Ha podido el estado, mediante la “confiscación legal” de parte de nuestros ingresos (mediante el clasista impuesto a la renta), poder aliviar la pobreza? ¿Dicha concentración de recursos no ha sido acaso la culpable de inmensas corruptelas?

La reflexión sobre estos comentarios va por el lado de tratar de entender que no debemos ser facilistas al momento de intentar buscar recursos. Obvio que el camino más sencillo es ahorcar a quienes forman parte de la masa laboral o que son empresas legalmente constituidas, pero ¿acaso no podríamos detenernos a meditar que la solución no va por ahí? ¿No creeríamos que la iniciativa privada (nacional o extranjera sin el más mínimo distingo) se multiplicaría si nuestra estructura tributaria fuese más accesible? ¿Acaso esta medida no redundaría directamente en la creación de nuevas empresas? ¿Acaso esto no elevaría considerablemente el nivel de empleo, siendo que con dicho incremento en el nivel de ocupabilidad de la población no estaríamos también incrementando su capacidad de consumo? ¿Por cierto, dicho incremento no redundaría en una mayor captación de recursos por concepto de impuesto a las ventas? Y así, un sin fin de preguntas que llevarían como única respuesta a un rotundo “SI”.

Nosotros pertenecemos a una sociedad que viene creciendo bajo la errada idea de que mientras más se castigue el éxito (entendido como utilidades o acumulación de activos) mayores ingresos se tendrán, lo cual el día a día se encarga de enseñarnos que estamos absolutamente equivocados. Dejo estas reflexiones bajo la idea de poder pensar sobre ellas y entender que mientras más simple y moral sea un sistema tributario más desarrollada y próspera será la sociedad en su conjunto, y ejemplos nos sobran.

   

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