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¡Qué equivocado estabas Walter!

ROBERTO NÚÑEZ OTÁROLA


Corrían los últimos años de la década de los ochenta y el inicio de los noventa significaba para nosotros, jóvenes idealistas provenientes de un colegio de clase media, el inicio de una nueva forma de ver el mundo; léase, las afiebradas proclamas de mis amigos de sentirse poco menos que supermanes en pos de la igualdad mundial y el destierro del nefasto capitalismo. Eran, sin duda alguna, una suerte de paladines justicieros merecedores de mejores destinos de lo que algunos de ellos tiene hoy en día.

Pieza importante de dicha forma de entender el mundo por parte de mis amigos era atribuible, indubitablemente, a la forma de educación que recibíamos a diario en nuestro querido colegio. En dichas aulas éramos tres bandos bien definidos: 1) Los rabanitos (rojos solamente por fuera),  buscadores de la igualdad social sobre la cual discutían mientras se refrescaban la garganta con un delicioso sorbo de una bien helada copa de Ricadonna. 2) Los indiferentes y en último término (por número de adeptos), 3) los que no creíamos en intervenciones de ninguna índole.

En dichos años teníamos un profesor bastante respetado que más allá de la relación profesor-alumno que primaba en la escuela supo ser amigo; y parte de esa amistad nos daba licencia para tocas otros temas más allá de las raíces cuadradas y los logaritmos neperianos.

Entre nosotros conversábamos mucho de política. Él era un joven dirigente del Sutep y sus bases marxistas lo elevaban a la categoría de comunista recalcitrante.

Cuando en aquellos años hablaba con nosotros de la igualdad, del producto social, de la necesidad de controlar e intervenir en la economía, de lo nefasto del poder yanqui opresor de los pobres países subdesarrollados, etc., denotaba no solamente repulsa a todo lo que el mercado se refería, sino también cierto desconocimiento de los nuevos rumbos que el mundo venía tomando ya para dichas fechas (no olvidemos, por ejemplo, que el muro cayó en el 89).

¿Qué quería decir esto? Pues simplemente que nuestra dirigencia sindical (por citar solamente algún ejemplo) venía ya desfasada desde los años ochenta.

¿Se imaginan? El mundo derrumbando el muro de Berlín y el Sutep exigiendo a voz en cuello (desde ese entonces) mayores centralismos y hegemonía sobre el control de la educación de nuestros pequeños. ¿Qué podemos esperar entonces veinte años después? Por lo menos seguir en la cola en educación.

Señores, la perorata y retórica del Sutep sigue siendo la misma hace más de veinte años. ¿Las “bases” de dicho gremio han tenido la opción de hacer oír su voz o simplemente han “dejado” que sus (pésimos) representantes hablen y decidan por ellos? ¿Cuál es el aliciente de cualquier profesional al momento de decidir seguir estudios complementarios a su carrera, llámese maestrías, especializaciones, postgrados, etc.?

Más allá de la satisfacción personal, está, indiscutiblemente, el plano económico, dado que a mayor capacitación mayores oportunidades de percibir un mejor salario o mejores oportunidades de poder cambiar de trabajo o, por último, combinar las dos alternativas anteriores.

¿Esto garantiza el Sutep? Creo que no. Hoy por hoy los profesores son un producto homogéneo sin ninguna diferenciación que nos permita distinguir a los realmente capaces de los realmente incapaces.

¿Alguna de las universidades o centros de estudios que forman profesores puede decirnos, con la cabeza en alto, que no está politizado?. Lamentablemente, tampoco creo que no.

¿Porqué un maestro que gana setecientos u ochocientos soles buscaría sacrificar tiempo y dinero en seguir capacitándose si al final igual seguirá recibiendo la misma suma de dinero?

¿Acaso es ésta la única profesión en la cual no se premia el esfuerzo individual y más bien se busca diluir todo (lo bueno y  lo malo) dentro de la inmensa maraña de lo colectivo?

Señora Montes, usted en su calidad de empresaria de la educación (que por supuesto aplaudimos y celebramos) sabe perfectamente que la mejor forma de retener a un buen maestro es brindándole ciertos alicientes, y siendo así, en su justo derecho retiraría de sus colegios a los profesores que demuestren no ser buenos.

¿Nos equivocamos acaso? ¿Cuando su hijo tenga la edad suficiente para poder decidir sobre su futuro universitario, acaso usted no hará todo lo humanamente posible para que él se prepare en el centro preuniversitario que considere ser el más adecuado?

¿Porqué las licencias sindicales en el Sutep superan en más de cuatro veces a las propias licencias sindicales de la CGTP si aparentemente luego de la última gran huelga de maestros se lograron obtener muchos de los puntos que ustedes habían considerado prioritarios?

¿Porqué tanta oposición a las evaluaciones a los docentes? En lugar de proteger en el anonimato a los incapaces ¿porqué no premiar a los realmente capaces?

¿Usted está en contra de incentivar lo bueno? ¿Si este año su hijo ocupa el primer lugar en su promoción, estaría usted en contra que reconozcan su esfuerzo mediante la entrega de un diploma por considerarlo como algo que discriminaría a los demás? ¿Debemos desprender entonces, por su forma de actuar y de pensar, que las becas son discriminatorias y por lo tanto deben desaparecer? ¿Los subsidios otorgados voluntariamente por los centros privados a sus alumnos con mejores rendimientos académicos son sinónimo de diferenciaciones que usted no está dispuesta a tolerar por considerarlos como una patraña fascistoide? ¡Eso es! Sigamos así, sigamos siendo los primeros, pero empezando por el último lugar. He ahí un “éxito” que tenemos que reconocerle indiscutiblemente a usted señora Montes y a todos los antisociales que la rodean y que bajo el paraguas de la reivindicación sindical nos han llevado al mayor caos sectorial del cual nuestra historia republicana tenga memoria.

¡Eso es! Siga con esas posturas desfasadas y seguiremos compitiendo por los últimos lugares a nivel mundial, luchando codo a codo con el grueso de los países africanos. Siga así señora Montes, que de Caridad sólo tiene el nombre. Siga así y nuestros colegios seguirán siendo cantera de jóvenes sin mayores aspiraciones como lo son ahora. ¿Qué espera? Siga así, va muy bien......total, ¿qué son veinte años de desfase entre sus pensamientos y las realidades de otras latitudes que para bien de ellos ya  retiraron la palabra “colectivo” y sus derivados de sus diccionarios?

Señora Montes, amigo (profesor) Walter, si el mundo es un conjunto de individuos, ¿porqué entonces empeñarnos en desconocer las habilidades y potencialidades de los mismos?

En la medida en que cada uno se haga responsable de sus obligaciones y derechos seremos mejores seres humanos y por tanto dejaremos de ser el furgón de cola de la región.

La solidaridad es un tema que no se tiene que imponer por decreto. La solidaridad es un tema inherente a cada uno de nosotros, no debiendo ser penada su ausencia ni premiada su presencia (dado que dejaría de ser voluntaria, puesto que obedecería a otros intereses).

Estimado Walter, qué equivocado estabas cuando dirigías las huelgas de profesores en un colegio cooperativo, qué equivocado estabas cuando pensabas que el “todo” justificada al individuo, qué daño te hicieron las historias contadas a medias acerca de la revolución del pensamiento socialista y marxista, en qué forma te distorsionaron la óptica cuando creías que había alguien con mayores capacidades que las tuyas para elegir sobre tu propio futuro.

¿A dónde te condujo eso?. Sólo tú lo sabes. Qué equivocado estabas Walter......

18/01/2007


   

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