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Mágico realismo argentino

Jorge Luis Ortiz Delgado



El traslado ocurrido en caravana de los restos del militar y político argentino, y luego tres veces presidente de su país, Juan Domingo Perón, hacia un mausoleo construido en las afueras de Buenos Aires terminó en una violenta y multitudinaria manifestación de peronistas que exaltaban la mítica figura de su líder y entonaban marchas y vítores llenos de añoranza y reivindicación. Las imágenes fueron transmitidas en directo por varias señales televisivas; los reportes informaban sobre cientos de heridos producto de los golpes y algunos balazos, para sorpresa de los espectadores, detonados en un rito funeral. Las imágenes mostradas parecían escapar de alguna novela bucólica, con rivalidades atrapadas en el tiempo, bandos en pugnas salvajes, y todo envuelto en un paisaje de mágico realismo impresionante.

La historia, como la juventud, suele reponerse de sus desbordes con la llegada de la madurez, el sentido común, la edad de la razón. Cuando la historia olvida su lugar y se cuela por los resquicios que el presente deja expuestos gracias a su frágil y gratuita condición nostálgica, el mañana se hace impresentable. Los argentinos y, en general, quienes fuimos testigos aquél día del clima de conmoción y pena alrededor del ataúd de Perón no pudimos tal vez registrar de inmediato, en la memoria, los hechos que envolvieron los mandatos de este ex gobernante que antes que lágrimas, balas, y demás homenajes, pudieron haber merecido mayor autocrítica y lecciones aprendidas.

Aunque la razón no dispense la aflicción de peronistas y otros que, a pesar de no serlo, extrañan la compasiva mano de uno de los más memorables corporativistas de la historia latinoamericana, bien valdría la pena saldar una cuenta pendiente con la veracidad de la historia que no necesariamente coloca a Perón en un sitial de gratitud argentina. Los gobiernos de Perón siempre mantuvieron una línea intervencionista en la economía. De otro lado, no hay duda que el crecimiento argentino registrado en la época de su primer régimen fue incentivado en gran parte por su auge exportador, produciendo excedentes comerciales durante la segunda parte de la década del cuarenta, y hasta se cumplió con el pago de la deuda exterior argentina, emitiéndose ostentosamente una “Declaración de Independencia Económica”, muy parecido al que el presidente Néstor Kirchner (del Partido Justicialista, bastión del peronismo), en una audiencia, manifestó sus intenciones de cancelar anticipadamente el total de la deuda argentina con el Fondo Monetario Internacional en un solo pago, que aunque en la práctica no tuviese un efecto inmediato favorable en lo económico, según los expertos –salvo un ahorro de intereses–, sí derivaba en un importante factor político puesto que se conseguía “emanciparse” del organismo con sede en Washington. Sin embargo, las medidas populistas de Perón (reducción de la influencia extranjera en la economía, aumento del control del Banco Central sobre los activos monetarios de propiedad extranjera y nacionalización de la compañía de teléfonos, muelle y ferrocarril) y las promesas del renacimiento de una “Nueva Argentina”, no pudieron contener el sombrío panorama económico que le deparaba la crisis mundial de la posguerra. La excesiva dependencia de una economía de extracción y la ciega confianza puesta sobre su agricultura no eran las únicas víctimas del descenso de los precios de exportación; para variar, la política peronista empeoraba la situación por el control de precios que sostenía sobre sus productos agrícolas, desanimando así la producción.

Los malgastados años del peronismo también opacaron un mejoramiento de vida política con ambiciones que, en la actualidad, parecen acercarse mucho a los proyectos de refundaciones nacionales que rompen todo intento de constancia en las democracias emergentes. El control político de aquél entonces no conocía de límites legales o consensos sociales para prolongar el gobierno mesiánico de Perón. En 1951, con una Constitución reformada para facilitar la reelección presidencial, Perón es nuevamente elegido gobernante, y se acentuaron las medidas autoritarias de su mandato como aquella en la que expropiaron a uno de los principales diarios de la oposición, La Prensa. Si bien, luego, la retórica peronista se hizo más estridente pero con algunas medidas nacionalistas tardíamente invertidas, la insatisfacción en varios sectores de la sociedad, una clase media y empresarial disgustada, y un sector militar descontento, el caos no tardaría en llegar.


El retorno de Perón para su tercer mandato no se diferenciaría en sustancia de los que lo precedieron. El autoritarismo tenía en la represión su principal arma contra las fuerzas de oposición que, principalmente, estaba conformada por la izquierda; y el populismo entre otras apetencias, no dejaba de complacer a los sindicatos de la CGT (Confederación General del Trabajo) con cuantiosos “aportes” económicos para mitigar la creciente presión de sus dirigentes.

Mientras en Argentina, durante el traslado de los restos de Perón, se sucedían estos hechos de mágica veneración a una antigua realidad disfrazada, en Chile, su país vecino, se preparaba la promulgación del Acuerdo Estratégico Transpacífico de Asociación Económica suscrito con Nueva Zelanda, Singapur y Brunei, que permitirá la expansión de los mercados para los productos y servicios chilenos y derecho de propiedad intelectual en un área de libre comercio, además de propiciar compromisos en cooperación tecnológica y científica entre estos países. Y menciono Chile en este caso por una razón, la histórica –aunque ya estemos acostumbrados los últimos años a coger este botón de muestra latinoamericano–, porque los antecedentes de dictadura y populismo alcanzados por este país sureño en décadas pasadas no han reducido ningún esfuerzo tangible para soñar ahora con niveles de pobreza cada vez menores, condiciones de vida más aceptables y envidiable bienestar económico. Los chilenos no han encontrado otra eficaz manera de reparar su historia que en la construcción de un presente prometedor, sabiendo que la única manera de apagar los incendios de su memoria es brindándole a sus hijos la cabida para un futuro con menos errores y mayores oportunidades de integración al desarrollo, del que ahora gozan otras regiones con peores infiernos vividos.


Dentro del Mercosur, Argentina no ha podido todavía despegar económicamente tal y como lo venía esperando desde la creación de este bloque comercial. Claro está que la crisis del 2001 ha mermado sus expectativas iniciales, por lo que hasta ahora viene recuperándose, pero también es cierto que no hay suficientes razones para creer que todo pueda mejorar en el corto plazo en esta tierra famosa por sus carnes y admirada por su tango. Ya la clase política argentina viene sintiendo la gravedad con que podrían verse enfrentados ante una ola de exportaciones masiva proveniente de China, porque está visto que este país asiático ha pasado a ocupar el tercer lugar en el ranking de proveedores argentinos, después de Brasil y Estados Unidos. Cuestión que no debería preocupar sino más bien animar, pero el caso es que la realidad no ayuda a ser optimistas debido a que la competitividad en Argentina está más cerca de ser una ficción que una evidencia irrefutable. Contrariamente, en China, favorecidos con su economía de escala, han basado su participación en el mercado con la producción e inversión en tecnología.

Entretanto Argentina, así como otras economías extractivas, persista en fundar sus intercambios comerciales en productos primarios, agrícolas o combustibles, la piedra de toque de su crecimiento no verá la luz de lo que ahora le exige el mercado mundial, que es olvidarse del control de precios, abrirse progresivamente a más mercados y no confiar en los bloques cuando estos no permiten generar desarrollo en común, si muy por el contrario, obstaculizan las oportunidades de avance e inversión extranjera necesaria.


La historia de Argentina debe ser la de un destino de primer mundo, único mundo tolerable, perseguido como un verdadero anhelo de todas las jóvenes democracias, mundo al que alguna vez este país perteneció, durante su periodo de prosperidad, cambio social y crecimiento económico. Pero los disparos, el conflicto y la persistente mirada hacia un rancio hábito de inestabilidad, ajeno al tradicional orgullo argentino, sólo puede servir para que esa parte de la historia, además de afligir el recuerdo de los que la padecieron en sus peores momentos, llegue también a convertirse nuevamente en el único camino que un presente obtuso y sin imaginación vuelva a reclamar.


Arequipa, 25 de Octubre de 2006.

   

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