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Liberalismo sin Estado

Ansiar la extinción del Estado no es una apetencia exclusiva del programa anarquista. Buscar que los individuos estén exentos de este armatoste absolutista es un viejo anhelo liberal. Que yo sepa el liberalismo es una doctrina que pugna por un esquema de convivencia social donde los individuos tengan el control de su propia suerte y destino. Nunca supe que tal filosofía política apostase por la vía contraria.

Así, por qué entrar en pánico cuando concluimos que el Estado no debe de existir. Por qué entrar en miedos cuando juzgamos que es justo y legítimo valernos por nosotros mismos y dejar de depender de terceros. ¿Acaso tal premisa no es la lógica consecuencia del credo que reivindica la autonomía individual, la propiedad privada y el contrato entre las partes? ¿O es que todavía el fantasma hobbesiano del hombre como lobo del hombre sigue haciéndonos dudar de los alcances del laissez-faire y del laissez-passer?

Ciertamente que la acumulación de siglos de déspotas y de tiranos montados sobre nuestros somas y recuerdos nos han forjado la costumbre de tener que soportarlos con la mayor naturalidad. Claro, como si fuesen un elemento innegablemente “necesario”. Ese apabullante pater que nos “cuida” y “vigila”, un Moisés o un Bismarck que nos guía y nos hace ver la luz.

Toda la mitología política está llena de estos padres fundadores que desde su talante antiindividualista nos cincelan la convicción de que sin ellos no somos nada. Una anacronía total, premodernismo que el liberalismo supo minar con magistral eficacia. Al fin y al cabo el absurdamente vituperado constitucionalismo anglosajón del siglo XVII nacía para frenar al Leviathan, jamás para justificarlo. De esta suerte es como los hombres obtuvieron mayores espacios para dar rienda suelta a su hasta entonces mutilado yo. Un yo que desde la irrupción de la Modernidad ha demostrado ser civilizador en grado sumo. A todas luces, una virtud que el anarquismo no puede mostrar ni por asomo.

Y ello por una razón muy simple: el anarquismo asume que es posible plantear un orden de convivencia al margen de todo tipo de institucionalidad y gobierno. En tal medida, no podemos hablar de “orden anarquista” sin que a la vez no se caiga en una contradicción. Así, el anarquismo es un imposible total. Ya únicamente adquiere “realidad” de manera verbal, pero nunca de modo fáctico. Si ello se diera, dejaría de ser un “orden anarquista”.

En cambio desde el liberalismo se entiende que es precisamente en virtud de estos factores (institucionalidad y gobierno) que el Estado no es necesario, pues juzga que el hombre está en condiciones de fundar su propio soporte político. Un concierto nacido directamente de su voluntad y de su relación con sus semejantes, el que por ende existe en franca proporción a sus derechos y libertades. Es decir, un universo o jurisdicción que no lo desborda, que no escapa de su control. Exactamente lo opuesto a lo que acontece con el Estado, ese ser cada vez más extraño y oneroso que nos oprime y explota y que lo torna todo desmesurado y irracional.

15/02/2006

 

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